martes, 20 de junio de 2017

El ladrón y el antifaz




Si por ahí me ven en algún video en que están linchando a un motochorro, aclaro que solo estaba cumpliendo el típico papel de curioso. Fue en la noche del sábado y a esas horas debía estar trabajando (como ahora debo estar descansando, pero nuevamente tengo insomnio). Salí unos minutos hasta la bodega de la esquina a tomarme unas cervezas. Desde un auto sonaban canciones sobre hombres cuyas amadas se marcharon con otros y que además se acercaba el fin de año. Así que no dudé en seguir a la concurrencia para presenciar ese acto de furiosa justicia comunal por manos propias. Creo que el tipo no quedó tan maltrecho después de todo. Mi barrio parece un lugar pacífico, aunque es cierto que a veces cuando camino solo de madrugada apuro los pasos. Será el miedo a la oscuridad y la sensación de que alguien nos está mirando. (Algunos entenderán de qué canción hablo). Cuentan los testigos presenciales del hecho que dos sujetos asaltaron a una pareja y que incluso gatillaron el arma, pero esta no disparó. Tras perpetrar el atraco, los malvivientes se dieron a la fuga. (Los reportes de prensa, que parecen escritos por policías, siempre repiten lo mismo por si alguien no se haya percatado aún de que uno suele huir cuando hace ciertas cosas, aunque dicen que siempre se vuelve a la escena del crimen). Pero a veces se puede no volver jamás a ciertos lugares.

Esta vez en realidad no pudieron robar a la pareja ante la rápida reacción de los vecinos, de acuerdo al relato de los testigos. Eran de una iglesia de esas medio pentecostal o algo así que –afortunadamente– no está lo suficientemente cerca de mi casa como para escuchar sus cultos, a excepción de las veces que paso por allí cuando voy a jugar fútbol. Por cierto, hace ya varios días que mi vecino no escucha a todo volumen vallenato. No es que me haga el sofisticado. Escucho y bailo cualquier porquería para divertirme, pero si son canciones depres que sean en otras lenguas para no entender nada o no tanto o al menos aprender algo de otros idiomas. (Pero no me gusta el portugués ni me importa mucho leer a Pessoa en su lengua porque ya me he hecho una construcción sonora de él y no quiero que suene de otra manera).

Sin embargo, he avanzado mucho en uno (sigo hablando de idiomas) y he quedado admirado con su periodismo. Por eso ya no aguanto el panfleto. No es que haya dejado de creer que hay injusticias abominables que hay que combatir. De hecho, me parece que lo que hago ahora (no esto) aporta mucho más –si es que escribir sirve de algo– y soy mucho mejor en mi trabajo. Esto no significa que sea más complejo, erudito ni difícil de leer, sino todo lo contrario. Soy escéptico solo poéticamente y me gusta la poesía solo cuando estoy borracho, es decir con mucha frecuencia. Tampoco aguanto más esas cosas que antes cantábamos en Filosofía. Uso esta referencia lejana para no ofender a nadie.

Lo cierto es que había una chica muy linda indignada con la inseguridad. Yo de ñembota le empecé a hablar y la verdad que no fui muy sincero. Primero me deshice de la botella de cerveza que llevaba. No le hablé del capitalismo ni la desigualdad ni de esas cosas, sino que asentía a todo lo que decía y hacía observaciones como que la calle estaba muy oscura y que seguro lo soltarían enseguida. Encima solo fue tentativa y la pena es menor. Se llama Katherine. Pienso que se vería mejor con su color natural de cabello aunque el teñido no le quedaba mal ni sé cuál es su color natural de cabello, pero estoy seguro de que es más oscuro que los tintes que usa.

Cuando Mr. Hyde se va, suelo arrepentirme de las confesiones que hago. Pero hay autores tan ridículamente autográficos, como Juan Forn en sus novelas, que me gustan solo porque son de Juan Forn y me parecerían malas si llevaran otros nombres en sus cubiertas. Sus contratapas me bastan para que yo le encuentre sentido al resto de su obra. Es como si te dieran pis en una botella de Johnnie Walker y te gusta solo porque dice Johnnie Walker. En realidad nunca me alcanzó la plata para comprar este whisky, pero no dejo pasar la ocasión de buitrear algunos tragos o muchos. (Como en el casamiento de Marco Castillo y Alejandra Estigarribia. Qué buena farra –y ceremonia– fue esa. No sé si alguna vez les dije que me parecen la pareja perfecta). Qué pinta llevaba Marco. No quiero repetir lo que ya se da por hecho: que la novia estaba muy linda.

En fin, el efecto placebo. Pero hay tanta mierda circulando por ahí que muchas veces no hay efecto placebo que valga. Volviendo al tema de las confidencias, más tarde puedo arrepentirme de decir, por ejemplo, que antes (no mucho, hasta hace unos dos años o poco más) no me importaba el dinero y gozaba de mi humilde oficio de movilero en E'a y mi pocilga en Barrio Obrero. Pero ahora solo sueño con ser un poeta asqueroso como Bukowski y cagarme de plata por puro hedonismo. Digo, por el hedonismo que da gastarla, no tenerla. Pero no solo gastarla en placeres egoístas. Aunque en parte no podemos evitar ser siempre egoístas porque si invitamos a comer o tomar algo a alguien (por poner ejemplos sencillos) es porque eso nos reporta algún tipo placer o satisfacción, sea del orden que sea. Pero aún mantengo en algo mis principios. No me importa llegar a esto si no es escribiendo, es decir solo es un deseo y me basta con desearlo aunque no se cumpla.

Pero lo que sí hice aquel sábado fue acercarme bastante para ver la cara del “sujeto reducido”. Pero no pude verlo bien de las botas del policía que le pisaba la cabeza y ya no sabía quién era quién y ambos se confundían en uno solo. Recordé, entonces, no sé si en ese momento o solo ahora, cuando era chico e iba en el colectivo con mi mamá y la policía agarró a un caballo loco, la modalidad delictiva de moda en la época. Yo intentaba hacerme lugar entre la gente para mirarlo a la cara. Yo lo defendí y dije que no podía ser un ladrón porque no llevaba antifaz como en los dibujos animados. Qué distintas son las cosas cuando uno anda por el mundo llevado de la mano por su madre y los ladrones usan antifaz.

No hay comentarios: