Hay músicos que aprenden un instrumento y hay otros –más raros– a quienes el instrumento parece elegirlos. En esos casos, la música deja de ser oficio o entretenimiento y se convierte en una forma de destino. Algo semejante ocurre con Juan Adolfo Duarte González, más conocido como Juancho por sus allegados.
Aquel muchacho que en los años noventa tocaba heavy metal en la banda villaeliseña Over Dreams, surgida al calor de aquellos festivales Lamentando el 2000 que reunían a una generación todavía empeñada en creer que el ruido podía ser también una forma de belleza, terminó siendo absorbido por completo por la guitarra clásica.
La
historia de Juan Duarte parece atravesada por esa extraña tensión entre
estruendo y silencio. Aunque ser guitarrista clásico es muy distinto a tocar en
una banda de heavy metal, en el fondo ambas músicas comparten algo esencial: la
búsqueda de intensidad. Tal vez por eso el tránsito de un género al otro no
constituye una ruptura, sino una metamorfosis. Como si toda aquella
electricidad juvenil hubiera terminado refinándose en otra clase de fuego.
Aunque
nacido en Asunción un 30 de mayo de 1984, creció en Villa Elisa, ese territorio
intermedio entre la ciudad y la memoria provinciana donde todavía abundan el
trino de las aves, las siestas soporíferas y árboles frondosos capaces de
contener el tiempo. Hay algo profundamente paraguayo en la obra de Duarte: la
sombra, el calor, la lentitud de la tarde, la noche silenciosa y el sonido
lejano de una radio.
A
los doce años vivió una de esas revelaciones que después organizan una vida
entera. Caminaba por el Instituto de Bellas Artes rumbo a una clase con el
profesor Eduardo Benítez cuando encontró al maestro sentado bajo la sombra,
haciendo sonar una guitarra para combatir el sopor de la siesta asuncena. Las
clases habían sido suspendidas. Entonces ocurrió algo mínimo y decisivo: el maestro
empezó a tocar “Las abejas”, de Agustín Barrios.
Hay
momentos así: instantes diminutos que cambian para siempre la percepción del
mundo. El adolescente que escuchó aquella obra no solo descubrió a Mangoré;
descubrió también que una guitarra podía contener selvas, insectos, melancolías
y vértigos. Que unas pocas cuerdas podían producir el temblor secreto de la
naturaleza. Desde entonces, Barrios pasó a convertirse en una presencia
tutelar.
Toda
tradición verdadera funciona como una memoria viva. Duarte comprendió temprano
que la música paraguaya posee un lenguaje propio, un modo singular de respirar.
Y entendió también que cada generación debe volver a descubrirlo. De ahí esa
búsqueda constante que él mismo describe como la necesidad de identificar un
lenguaje para luego expresarlo musicalmente. En el fondo, toda obra artística
es un intento de responder una pregunta sencilla y terrible: ¿cómo suena un
país?, ¿dónde habita el alma de una cultura?
Quizá
por eso sus discos poseen algo más que virtuosismo técnico. Son también
ejercicios de memoria.
“La
guitarra en Paraguay”, presentado en 2012, funciona casi como un acto de
restitución histórica. Allí aparecen Agustín Barrios, Felipe Sosa y Quirino
Báez Allende dialogando entre sí a través de la interpretación de Duarte, como
si las generaciones de guitarristas paraguayos formaran una larga conversación
interrumpida apenas por el tiempo.
En 2014 llegaría “Panamby raity”, obra cuyo título contiene ya una poética. La mariposa aparece allí como símbolo de transformación, pero también como metáfora del arte mismo. Porque toda creación implica metamorfosis: convertir experiencia en sonido, memoria en armonía, tristeza en belleza. Duarte parece fascinado por esa idea del aleteo capaz de alterar el mundo a distancia, esa antigua teoría según la cual el movimiento de una mariposa puede desencadenar tempestades al otro lado del planeta.
La
imagen no deja de ser apropiada para definir la música paraguaya: un arte
aparentemente pequeño, nacido en un país periférico y silencioso, pero capaz de
conmover auditorios lejanos con una intensidad inexplicable. La guitarra de
Barrios ya había demostrado eso un siglo atrás. Duarte, de alguna manera,
prolonga ese mismo vuelo.
En
sus composiciones abundan las siestas, los arroyos, los recuerdos y las
conversaciones amorosas. Títulos como “Bajo el mango y la siesta” o “Ysyry
ñembosarái” revelan una sensibilidad profundamente ligada al paisaje emocional
paraguayo. Pero no se trata de folclorismo decorativo ni de nostalgia vacía.
Hay en esas piezas una voluntad de traducir estados interiores, de capturar
algo inasible: la textura sentimental de la memoria.
En 2020, en plena pandemia, lanzó “Estaciones”, quizá su obra más errante y contemplativa. El
disco toma al ferrocarril como metáfora central, y no resulta casual. En
Paraguay, los trenes pertenecen más al territorio de la evocación que al de la
realidad. Son ruinas afectivas, restos de una modernidad inconclusa. El
ferrocarril representa aquí el viaje imposible hacia el pasado y, al mismo
tiempo, la obstinación de seguir buscando horizontes.
El
primer track, “El último tren”, dialoga además con el universo de Augusto Roa
Bastos y con “Hijo de hombre”, novela donde el tren aparece como símbolo de
fatalidad y esperanza colectiva. De nuevo surge esa conexión entre música y
memoria nacional: Duarte no compone únicamente melodías; construye paisajes
emocionales donde el Paraguay se reconoce a sí mismo.
Escucharlo
tocar produce la impresión de asistir a una conversación íntima entre épocas
distintas. En sus manos sobreviven ecos de Mangoré, resonancias populares,
armonías contemporáneas y cierta melancolía latinoamericana hecha de viajes,
despedidas y sueños demorados. Pero lo más notable quizá sea otra cosa: la
serenidad con que ha construido una voz propia sin necesidad de romper
violentamente con la tradición.
Tal
vez por eso su música transmite la sensación de un viaje continuo. No el viaje
espectacular del virtuoso que busca exhibirse, sino el desplazamiento interior
de alguien que todavía se deja sorprender por el sonido de una guitarra en
medio de una tarde calurosa.
Muchos
artistas creen que la originalidad consiste en negar el pasado. Duarte parece
entender lo contrario: solo quien escucha profundamente sus raíces puede
encontrar una voz verdadera.
