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sábado, 30 de mayo de 2026

El aleteo de la guitarra de Juan Adolfo Duarte

Hay músicos que aprenden un instrumento y hay otros –más raros– a quienes el instrumento parece elegirlos. En esos casos, la música deja de ser oficio o entretenimiento y se convierte en una forma de destino. Algo semejante ocurre con Juan Adolfo Duarte González, más conocido como Juancho por sus allegados. 



 

Aquel muchacho que en los años noventa tocaba heavy metal en la banda villaeliseña Over Dreams, surgida al calor de aquellos festivales Lamentando el 2000 que reunían a una generación todavía empeñada en creer que el ruido podía ser también una forma de belleza, terminó siendo absorbido por completo por la guitarra clásica.

La historia de Juan Duarte parece atravesada por esa extraña tensión entre estruendo y silencio. Aunque ser guitarrista clásico es muy distinto a tocar en una banda de heavy metal, en el fondo ambas músicas comparten algo esencial: la búsqueda de intensidad. Tal vez por eso el tránsito de un género al otro no constituye una ruptura, sino una metamorfosis. Como si toda aquella electricidad juvenil hubiera terminado refinándose en otra clase de fuego.

Aunque nacido en Asunción un 30 de mayo de 1984, creció en Villa Elisa, ese territorio intermedio entre la ciudad y la memoria provinciana donde todavía abundan el trino de las aves, las siestas soporíferas y árboles frondosos capaces de contener el tiempo. Hay algo profundamente paraguayo en la obra de Duarte: la sombra, el calor, la lentitud de la tarde, la noche silenciosa y el sonido lejano de una radio.

A los doce años vivió una de esas revelaciones que después organizan una vida entera. Caminaba por el Instituto de Bellas Artes rumbo a una clase con el profesor Eduardo Benítez cuando encontró al maestro sentado bajo la sombra, haciendo sonar una guitarra para combatir el sopor de la siesta asuncena. Las clases habían sido suspendidas. Entonces ocurrió algo mínimo y decisivo: el maestro empezó a tocar “Las abejas”, de Agustín Barrios.

Hay momentos así: instantes diminutos que cambian para siempre la percepción del mundo. El adolescente que escuchó aquella obra no solo descubrió a Mangoré; descubrió también que una guitarra podía contener selvas, insectos, melancolías y vértigos. Que unas pocas cuerdas podían producir el temblor secreto de la naturaleza. Desde entonces, Barrios pasó a convertirse en una presencia tutelar.

Toda tradición verdadera funciona como una memoria viva. Duarte comprendió temprano que la música paraguaya posee un lenguaje propio, un modo singular de respirar. Y entendió también que cada generación debe volver a descubrirlo. De ahí esa búsqueda constante que él mismo describe como la necesidad de identificar un lenguaje para luego expresarlo musicalmente. En el fondo, toda obra artística es un intento de responder una pregunta sencilla y terrible: ¿cómo suena un país?, ¿dónde habita el alma de una cultura?

Quizá por eso sus discos poseen algo más que virtuosismo técnico. Son también ejercicios de memoria.

“La guitarra en Paraguay”, presentado en 2012, funciona casi como un acto de restitución histórica. Allí aparecen Agustín Barrios, Felipe Sosa y Quirino Báez Allende dialogando entre sí a través de la interpretación de Duarte, como si las generaciones de guitarristas paraguayos formaran una larga conversación interrumpida apenas por el tiempo.




En 2014 llegaría “Panamby raity”, obra cuyo título contiene ya una poética. La mariposa aparece allí como símbolo de transformación, pero también como metáfora del arte mismo. Porque toda creación implica metamorfosis: convertir experiencia en sonido, memoria en armonía, tristeza en belleza. Duarte parece fascinado por esa idea del aleteo capaz de alterar el mundo a distancia, esa antigua teoría según la cual el movimiento de una mariposa puede desencadenar tempestades al otro lado del planeta.

La imagen no deja de ser apropiada para definir la música paraguaya: un arte aparentemente pequeño, nacido en un país periférico y silencioso, pero capaz de conmover auditorios lejanos con una intensidad inexplicable. La guitarra de Barrios ya había demostrado eso un siglo atrás. Duarte, de alguna manera, prolonga ese mismo vuelo.

En sus composiciones abundan las siestas, los arroyos, los recuerdos y las conversaciones amorosas. Títulos como “Bajo el mango y la siesta” o “Ysyry ñembosarái” revelan una sensibilidad profundamente ligada al paisaje emocional paraguayo. Pero no se trata de folclorismo decorativo ni de nostalgia vacía. Hay en esas piezas una voluntad de traducir estados interiores, de capturar algo inasible: la textura sentimental de la memoria.

En 2020, en plena pandemia, lanzó “Estaciones”, quizá su obra más errante y contemplativa. El disco toma al ferrocarril como metáfora central, y no resulta casual. En Paraguay, los trenes pertenecen más al territorio de la evocación que al de la realidad. Son ruinas afectivas, restos de una modernidad inconclusa. El ferrocarril representa aquí el viaje imposible hacia el pasado y, al mismo tiempo, la obstinación de seguir buscando horizontes.




El primer track, “El último tren”, dialoga además con el universo de Augusto Roa Bastos y con “Hijo de hombre”, novela donde el tren aparece como símbolo de fatalidad y esperanza colectiva. De nuevo surge esa conexión entre música y memoria nacional: Duarte no compone únicamente melodías; construye paisajes emocionales donde el Paraguay se reconoce a sí mismo.

Escucharlo tocar produce la impresión de asistir a una conversación íntima entre épocas distintas. En sus manos sobreviven ecos de Mangoré, resonancias populares, armonías contemporáneas y cierta melancolía latinoamericana hecha de viajes, despedidas y sueños demorados. Pero lo más notable quizá sea otra cosa: la serenidad con que ha construido una voz propia sin necesidad de romper violentamente con la tradición.

Tal vez por eso su música transmite la sensación de un viaje continuo. No el viaje espectacular del virtuoso que busca exhibirse, sino el desplazamiento interior de alguien que todavía se deja sorprender por el sonido de una guitarra en medio de una tarde calurosa.

Muchos artistas creen que la originalidad consiste en negar el pasado. Duarte parece entender lo contrario: solo quien escucha profundamente sus raíces puede encontrar una voz verdadera.

 

martes, 22 de noviembre de 2022

Una guitarra en la que resuena el legado mangoreano

Con motivo del Día del Músico, que se conmemora el 22 de noviembre, quiero rendir un homenaje al guitarrista clásico paraguayo Juan Duarte, un heredero y continuador de la herencia musical de Agustín Barrios.




De ser guitarrista de la banda villaeliseña de heavy metal Over Dreams, que debutara en la escena en aquellos pioneros festivales Lamentando el 2000 de los años noventa, Juancho, como lo conoce la mayoría, pasó luego a convertirse en un virtuoso de la guitarra clásica, tanto en su calidad de intérprete como compositor.

Juan Adolfo Duarte González nació en Asunción el 30 de mayo de 1984, aunque desde muy pequeño fijó residencia junto con su familia en la ciudad de Villa Elisa. En el 2004 compuso una obra en homenaje a este distrito con la cual ganó el segundo premio de un concurso organizado por la Academia Olímpica Paraguaya. De esta forma, cuando contaba con apenas 20 años, irrumpió ante el público en su nuevo rol con una muestra de talento y técnica depurada formada a lo largo de intensos años de estudio en el dominio del instrumento.

Posteriormente, en el 2009 ganó el premio al video más votado de la primera edición del concurso Barrios WorldWideWeb, organizado por la prestigiosa guitarrista paraguaya Berta Rojas, por su interpretación del “Allegro sinfónico” de Agustín Barrios. En ese mismo año se recibió de profesor superior de guitarra clásica en el Conservatorio Nacional de Música, recibiendo la medalla de honor por su excelente desempeño académico.

Duarte cuenta que su primer contacto con Mangoré se dio cuando tenía 12 años, específicamente una tarde en el patio del Instituto de Bellas Artes. Mientras se dirigía al salón para la clase del día con el profesor Eduardo Benítez, se encuentra con que este estaba sentado en el patio ensayando unos acordes en la guitarra. Por alguna razón las clases fueron suspendidas y para romper el letargo del calor asunceno se puso a tocar varias piezas de Barrios al hilo. Una de ellas fue “Las abejas”, ante la cual el joven aspirante a músico quedó deslumbrado.

Así, Barrios dejaría en él una impronta profunda que aún perdura siendo, de hecho, la influencia más importante en su formación y producción musical. A esta fuente se añade el amplio acervo de la música paraguaya a través de una “búsqueda y estudio constante de nuestro lenguaje siguiendo la línea de maestros que desde tiempos atrás han sobrellevado la inmensa tarea de identificarlo para luego expresarlo musicalmente”, precisa.

Intérprete y autor

Duarte es autor de tres discos, el primero de ellos en carácter de intérprete. Se trata de “La guitarra en Paraguay. Compendio de obras paraguayas para guitarra clásica”, que fue presentado en el 2012 en el auditorio Manuel de Falla del Centro Cultural de España Juan de Salazar (CCEJS) y en el que ofrece obras de Agustín Barrios, Quirino Báez Allende y Felipe Sosa.


Al respecto explica que “el espíritu de esta obra es recopilar el tesoro de la música paraguaya. Por ejemplo, Quirino, contemporáneo de Agustín Pío Barrios, es un músico cuya memoria no está lo suficientemente valorada. Es más, permanece injustamente como en las sombras. Pero ahora hay un despertar del interés hacia su obra y está figurando cada vez más en los programas de conciertos”, señala y luego añade que su disco es una suerte de continuum de la “Guitarra paraguaya” de Felipe Sosa. En este material discográfico Sosa interpreta a Barrios y Quirino. “A su vez, yo toco obras de estos autores, además de las del propio Felipe”, sintetiza.

Las composiciones incluidas en este disco son: “Danza paraguaya”, “Londón karape”, “Ha che Valle”, “Julia Florida”, “Villancico de Navidad” y “Las abejas” de Agustín Barrios; “Frenesí”, “Oración”, “Tus recuerdos”,”Villa Alondra” y “Suite paraguaya - Amo a mi patria”, de Felipe Sosa; “4 de junio”, “Cariño maternal”, “Fortín Vanguardia”, “Fortín Isla Po’i”, de Quirino Báez Allende.

Alegoría de una búsqueda

Luego, en el 2015, en un concierto realizado en la sala Baudilio Alió del Teatro Municipal lanzó “Panamby raity”. Sobre la obra que le da el nombre a su segundo disco, acota que “Panambi raity” es una danza en homenaje a la “Danza paraguaya” de Mangoré. La composición, que tiene movimientos floridos y contrapuntos, es un tributo al conjunto del legado mangoreano que ejerció una profunda influencia en su formación y escritura musical.



Respecto al sentido del título refiere que “se trata de la alegoría de una búsqueda, principalmente de transformación de la vida y de los sueños. Para muchas culturas el panambi (mariposa) simboliza la metamorfosis, el transitar de un huevo, a una larva, a un capullo que luego adquiere alas y vuela. También hay una intención de sacudir la quietud, retomando esa famosa figura de que el aleteo de una mariposa puede generar un tsunami al otro lado del mundo”.

Además del proceso personal, Duarte subraya la importancia del raity (conjunto), que en definitiva es una apelación a lo colectivo y a un proceso simbolizado por la transmutación a un ser vivo que representa el cambio y la libertad a raíz de su vuelo y luminosidad.

El disco se completa con “Bozzolo”, “Soliloquio”, “Bajo el mango y la siesta”, “Ysyry ñembosarái”, “Bohemias asuncenas”, “Romanza di un sole”, “Poema de amor”, “Pequeña arpa de seis cuerdas”, “Ñemongueta mborayhúre”, “Adiós Papillons” y un reprise de “Soliloquio”.

Travesía musical

En abril del 2020, en plena cuarentena por la pandemia, Duarte lanzó a través de las plataformas digitales su tercer disco, “Estaciones”. En este material el autor ofrece obras que fusionan el 6/8 tradicional de la música paraguaya con matices armónicos y momentos musicales contemporáneos con un repertorio que incluye un vals venezolano y otros ritmos populares latinoamericanos.



El autor explica sobre “Estaciones” que es la metáfora de un anhelo que tiene como inspiración y fuente el ferrocarril, ese lugar común del techaga’u paraguayo que resume las remembranzas del pasado y la búsqueda constante de nuevos confines donde recomenzar todo de nuevo. A lo largo de este viaje –agrega– se narran múltiples vivencias y se ofrecen paisajes variopintos.

El primer track, “El último tren”, fue compuesto originalmente para un documental sobre la vida y obra de Augusto Roa Bastos. Así, se basa en pasajes de “Hijo de hombre”, obra en la que el ferrocarril ocupa un lugar central. Las demás estaciones de este trayecto están compuestas por “Más allá de sus ojos”, “12 Días”, “Lago Lemán” (compuesta en homenaje a su viaje a Suiza, donde realizó una audición en el marco de una feria sobre cultura paraguaya), “Laila”, “May’s love” (que evoca un episodio de su aventura en Brasil como músico itinerante), “Las tardes de mi soledad”, “Summer charm” y “Grillos y encantos”, una obra que se destaca por su luminoso optimismo y uno de los más reproducidos en las plataformas digitales.

Sobre sus nuevos proyectos, Duarte adelanta que además de composiciones propias, en su próximo material quiere homenajear a algunos de sus colegas más entrañables con arreglos para guitarra, en este caso de piezas de los arpistas Ismael Ledesma y Cristóbal Pedersen, así como composiciones de los guitarristas Felipe Sosa y del inglés Richard Durrant.

“Mi objetivo es rendir un homenaje a músicos que en su momento me acompañaron en este camino y a los que siento que debo tantos aprendizajes y ricas experiencias”, concluye.