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miércoles, 28 de diciembre de 2022

Celebrando la imaginación popular

Reseña del libro Historias que cuenta la gente, una compilación de relatos de ficción y crónicas negras que recrean los mitos populares en clave de misterio. El costo del ejemplar es de solo G. 10.000. Entrega gratuita en Asunción y departamento Central. Pedidos al (0992) 35 74 73.




Estos trece relatos para “no letrados” recogen las historias, mitos y creencias de la gente común. En parte el objetivo es intentar responder a una cierta demanda de un público ávido de participar en la construcción de un relato sobre la ciudad y sus lugares, en especial la narrativa oral en clave de mito y misterio, un universo que transcurre fundamentalmente por fuera de los círculos académicos.

Así, las narraciones reunidas en este opúsculo recrean hechos reales ficcionalizados, así como leyendas urbanas y experiencias de las que he tomado parte en distintos roles: testigo directo e indirecto, fabulador, protagonista, lector, entrevistador, etc.

El contexto predominante es el escenario periurbano de los 90 y principios de los 2000 que, a pesar de la naciente conciencia citadina de entonces, conservaba aún elementos típicos del costumbrismo rural.

La ficción ha cumplido desde sus principios una importante función gregaria, es decir, de unión. Esto ha fomentado la construcción de alianzas para trabajar en torno a objetivos comunes, lo cual terminó erigiendo al hombre en “rey de la creación”, siendo uno de los rasgos particulares respecto a las demás especies la capacidad de recrear el pasado a través de las palabras.

Aunque en parte el objetivo sea dar cuenta de hechos “reales” y ofrecer un retrato de época, en definitiva el ideal supremo es celebrar la imaginación popular, así como reforzar el sentido de pertenencia a una colectividad a través de la defensa de sus mitos y supersticiones.

sábado, 24 de julio de 2021

Parto de emergencia

Durante una quieta y lluviosa noche de guardia en el hospital, una enfermera recibió en su puesto a una mujer en avanzado estado de gravidez. Había algo inusual en aquella paciente.

 

Foto: Haunted hospitals

Llegó empapada al hospital y tras cambiarse se hizo un té para calentarse un poco. La compañera del turno anterior se marchó y el médico de guardia fue a darse un descanso. Terminó su primer recorrido. Se hizo otro té y se lo tomó en su puesto. Luego hizo la ronda de las diez, cambió unos sueros, administró unas medicaciones y fue nuevamente a sentarse en la guardia para aguardar si se presentaba algún caso de urgencia.

Los minutos parecían horas en aquella tranquila y lluviosa noche de sábado. Los pacientes internados dormían apaciblemente, no había ningún nuevo ingreso y hasta le pareció que ella era la única persona despierta en toda la villa, ya que afuera no se escuchaba nada más que la borrasca.

Ya era medianoche, paró la tormenta, pero seguía cayendo mucha agua. El temporal había refugiado a toda la ciudad al interior de sus casas; no hubo ningún contuso herido en alguna riña o de esos motociclistas accidentados que nunca faltan los fines de semana. Cada tanto se escuchaba a lo lejos algún carro de bomberos.

-Será algún árbol caído o cables sueltos. Solo eso y nada más –se dijo a sí misma como si su pensamiento pudiera conjurar la amenaza de una tragedia.

Sintió muy secos los ojos y los cerró un momento para descansar. Hizo un leve cabeceo somnoliento e instantes después se reincorporó con cierto sobresalto. Se había quedado profundamente dormida por unos breves segundos. Hubo un pestañeo de luz y luego escuchó que se activó el motor del generador, por lo que dedujo que hubo un corte de electricidad.

Miró el reloj y vio que eran apenas las 00:05. De pronto advirtió a una mujer embarazada que ya estaba cerca de dar a luz parada frente al escritorio del puesto de guardia. A pesar del largo espacio que la separaba de la entrada principal, en ningún momento advirtió cuando la mujer pasó a través de la puerta de blindex a pesar de que desde su lugar tenía una amplia vista hasta las escaleras.

-Buenas noches –saludó serenamente la mujer encinta sin dar ninguna muestra visible de dolor, aunque tenía el rostro tan pálido que le extrañó que pudiera mantenerse aún de pie.

-Buenas noches, señora, cómo se siente –preguntó la enfermera.

-Creo que ya voy a tener a mi bebé –le respondió.

-Siéntese ahí, voy a registrar sus datos y luego voy a traer una silla de ruedas para llevarla a la sala de partos –le indicó la enfermera. Fue rápidamente a avisar al doctor y trajo la silla para trasladar a la paciente.

Sin embargo, cuando terminó de atravesar el pasillo y llegó nuevamente al puesto de guardia, la mujer ya no estaba. Con paso apresurado fue hasta la puerta de salida y dirigió la mirada hacia todos lados buscándola, pero afuera todo estaba a oscuras y no alcanzaba a distinguir ninguna forma más allá de unos pocos metros.

-¿Viste a alguna mujer embarazada salir hace un momento? –le preguntó la enfermera al guardia.

-No, nadie entró ni salió por este acceso hace ya un buen rato –respondió el vigilante.

Antes de volver a entrar, la enfermera escudriñó hacia ambos lados de la calle como intentando perforar la negrura, pero todo estaba desierto. No se escuchaba otro sonido más que el de las gruesas gotas de lluvia que se estrellaban contra el asfalto y destellaban bajo la luz intermitente de los relámpagos.

sábado, 10 de julio de 2021

El hombre que hablaba la lengua de los loros

Un chofer de la Línea 15-1 retornaba de su último redondo de la jornada cuando una inusual pasajera tomó el bus a la altura del famoso vivero. Desde entonces las cosas nunca volvieron a ser iguales.



 

Era un domingo de una típica tarde del invierno paraguayo, es decir, hacía unos treinta grados. Conversábamos distendidamente y tomábamos tereré con una amiga en la plaza. De pronto nos interrumpe el grito de un vagabundo que corría y hacía con los brazos un movimiento como si fuera a volar.

-Rrr, rrr, rrr, rrr, rrrrrrr –refunfuñaba el hombre imitando el garrido de los loros.

Ciertamente sentí una mezcla de conmiseración y estupor, pero lo único que atiné a hacer es lanzar una risa nerviosa como para intentar desviar el asunto hacia otra cosa.

-Es el hombre que habla la lengua de los loros –dijo mi amiga con naturalidad y hasta con cierto tono de burla por mi desmedida reacción. Ella era muy aficionada al esoterismo y lanzaba las cartas. De hecho, parecía una gitana. Usaba polleras largas, aros de pluma y a veces hasta se ceñía un pañuelo a la cabeza.

-¿Querés que te cuente su historia? –agregó sin darme tiempo para responder a su primer comentario.

-Sí, claro –repliqué inmediatamente así de aficionado como soy a escuchar historias sin prestar mucha atención a si son reales o ficticias.

-Bueno, él era chofer de la Línea 15-1. Dicen que, como muchos otros también cuentan en esta ciudad, una vez tuvo un encuentro con la mujer de blanco que cada tanto se aparece a quienes la noche sorprende caminando hacia la floricultura.

Luego hizo una pausa, encendió un cigarrillo y prosiguió su relato.

-Una noche, cuando estaba volviendo del último recorrido del día, una mujer le hace la para hacia Parque Serenidad. El conductor detuvo la marcha y abrió la puerta. La mujer subió y cuando esta le extendió la mano como si fuera a pagar el boleto, el hombre vio que en lugar de dedos tenía garras de loro.

Terminó de sorber el tereré que ya hacía varios minutos tenía en la mano y continuó.

 -Al mirarle a los ojos, dicen aquellos que hablaron con él antes de que pierda el juicio, vio unos círculos de fuego en sus pupilas. Dicen que es el alma en pena de una mujer que fue arrollada por un colectivo en esa zona y que vive entre las aves del vivero, pudiendo tomar la apariencia de cualquiera de ellas.

Mientras revivía la experiencia, al tratar de contar la visión que tuvo, el chofer perdió la razón. Desde entonces anda como si la lengua se le hubiera trabado, sin poder pronunciar las palabras, al menos así como lo hacen los humanos -finalizó mientras lanzaba la última bocanada de humo y apagaba la colilla del cigarrillo contra el banco de madera.

Tras escuchar toda la historia, me volteé para observar nuevamente al hombre, quien con gesto desesperado trataba de decir algo en la lengua de los loros haciendo graciosos ademanes, pero nadie puede entender de qué se trata.

sábado, 22 de mayo de 2021

Una aparición

Una noche fría y lluviosa, cuando volvía a mi casa en colectivo, al pasar frente a la floricultura advertí la presencia de una extraña mujer vestida enteramente de blanco. Hasta ahora pensé que todo pudo haber sido solo un sueño, pero no soy la única persona a la que se le ha aparecido... 


Imagen ilustrativa: de 24con.com

 

Esto que les voy a contar me ha ocurrido hace mucho tiempo, ya hace casi veinte años, mientras viajaba de regreso a casa a bordo de la desaparecida Línea 25. Yo entonces estudiaba en Asunción y para volver a Villa Elisa tomaba el último bus que salía de Sajonia a las diez de la noche.

Luego de la larga travesía, llegaba casi invariablemente cerca de la medianoche. Incluso en días normales, el último tramo del trayecto lo hacíamos apenas unos pocos pasajeros. Sin embargo, en aquella noche fría y lluviosa solo quedábamos el chofer y yo.

Durante todo este tiempo he intentado convencerme de que se trató solo de un sueño, pero en los últimos días he leído en las redes el relato de muchas personas que narran una experiencia similar a la que yo viví aquella noche al cruzar en colectivo frente al famoso vivero, más conocido como la floricultura.

Hay varias historias sobre personas muertas en circunstancias trágicas en esa zona, desde una mujer de avanzada edad que fue arrollada por un micro hasta ahorcados en las ramas de un enorme árbol ubicado a la vera de la calle que hace una intersección en cruz con la avenida Américo Picco, a medio camino entre el predio de un cementerio privado y la comisaría.

Siempre fui muy escéptico y nunca presté importancia a las historias sobre apariciones o las visiones sobre presencias luminosas a manera de fuegos fatuos que supuestamente se manifestaban a los transeúntes nocturnos.

Pero les decía que era tarde, hacía frío y caía una fuerte llovizna. Yo cabeceaba débilmente aletargado. De repente me desperté luego de pegarme un golpe en la cabeza contra la ventanilla a causa del brusco giro realizado por el conductor al salir de la calle empedrada del cementerio para tomar el asfaltado rumbo al centro de la ciudad.

Hasta el momento en que el chofer aceleró la marcha para hacer la cuesta arriba de la floricultura no me había percatado de la presencia de una pasajera en el asiento del fondo, del otro lado de la ventanilla. 

No le presté mucha atención al hecho, pues supuse que se había subido en algún momento que me quedé dormido. Era una mujer muy vieja que estaba enteramente vestida de un blanco reluciente. Esto sí despertó mi curiosidad, pues era difícil imaginar cómo alguien pudiera llevar la ropa tan pulcra en medio de los charcos y el barro.

Estaba pálida e inmóvil hasta que de pronto sacó un cigarro del bolsillo de su vestimenta y se puso de pie dirigiéndose hacia mí.

-Nde mitãkariaʼy, ikatúpiko jaipurumi nde rata. Apitamíta porque che ro’yeterei –me dijo la anciana extendiendo su cigarro como pidiéndome que lo encendiera.

Sin tomarlo, hurgué en mi mochila en búsqueda de un encendedor. Cuando al cabo de unos segundos que parecieron eternos al fin lo encontré, lo prendí y, mientras me aprestaba a dirigir la llama hacia el cigarro de la mujer, de súbito advertí que en el colectivo no había nadie más que el chofer y yo.

 

Captura de pantalla de uno de los tantos videos compartidos en los grupos de Facebook de Villa Elisa por personas que aseguran haber visto presencias fantasmales en la calle de la floricultura.  


 

sábado, 5 de diciembre de 2020

La leyenda del mitã’i soldado

El 6 de diciembre de 1868, 6.000 paraguayos resistieron la acometida de 12.000 soldados brasileños en defensa del paso de Ytororó en lo que vino a llamarse las Termópilas Paraguayas. Desde entonces, la leyenda de un niño cruelmente asesinado y cuyo cuerpo fue arrojado al arroyo recorre la zona.


Monumento a la Batalla de Ytororó, Ypané. Foto: IP Paraguay.

Estaba oscureciendo y caían las primeras gotas desde un cielo cubierto de nubes grises. Aceleró la marcha y superó los 100 kilómetros por hora. Se dijo a sí mismo que mantendría la calma. Sin embargo, además de que no le gustaba manejar de noche, se sumaba ahora esta llovizna, esa que deja el asfalto como si la hubieran untado con aceite.

Hace apenas unos minutos le avisaron por teléfono que su esposa, quien fue a organizar unas cosas para el fin de semana en la quinta que tenían en Paraguarí, había sido internada en un sanatorio tras un fuerte ataque respiratorio y dio positivo a la prueba del coronavirus. Aunque le dijeron que estaba estable y que no se preocupara, no podía dejar de estarlo.

Encendió la radio y la guarania que estaba sonando lo dejó pensativo. Iba por Acceso Sur y se estaba acercando a la curva del desvío al Liceo Militar y a las Tierras Malas, en Ypané, a unas pocas cuadras del monumento a la Batalla de Ytororó, la primera de la Campaña del Pikysyry, durante la Guerra de la Triple Alianza.

Luego de desembarcar en San Antonio, liderados por el duque de Caxias, las fuerzas aliadas se dirigieron rumbo al paso ubicado sobre el arroyo Ytororó con el plan de sorprender a la retaguardia paraguaya destacada en el cuartel de Lomas Valentinas, en Villeta, que se replegó hasta ese punto conocido como Itá Ybaté tras la caída de la fortaleza de Humaitá.

Enterado de esta estrategia, el mariscal Francisco S. López envió un regimiento a cargo de Bernardino Caballero para ocupar el puente, epicentro de un valle rodeado de colinas y una densa espesura. El 6 de diciembre de 1868, las tropas brasileñas, compuestas por unos 12.000 hombres, acometieron contra 6.000 paraguayos parapetados en ese estratégico punto. Tras ser repelidos tres veces, los invasores tomaron el puente haciendo valer su superioridad bélica y numérica. Las estimaciones sobre las bajas varían tanto entre sí que algunas llegan a proporciones homéricas. Los cálculos más conservadores refieren unos 1.800 brasileños caídos frente a poco más de 1.100 paraguayos.

Este combate fue bautizado como las Termópilas Paraguayas, en referencia al episodio de la Segunda Guerra Médica en el que los griegos, ampliamente superados en número por los invasores persas, se atrincheraron en un estrecho paso para enfrentar al enemigo.

Mezclados con los datos históricos que tenía frescos en la memoria, se puso a recordar las historias sobre la guerra que le contaba su bisabuela, Ña Juana, quien a su vez las había escuchado de su madre, Paulina, que vivió en carne propia cuando era niña los estragos de las postrimerías de la contienda. Toda su familia era originaria de este pueblo.

Las historias de póra y otros mitos que escuchó de niño lo fascinaban tanto que ahora se encontraba investigando los pormenores de las batallas que se libraron en la Ypané natal de su bisabuela.

Cuando era chico e iba a pasar las vacaciones a la casa de su bisabuela, esta siempre le advertía que después de almorzar debía dormir la siesta y no salir, ya que si andaba correteando por allí en esa hora de reposo podría salirle el póra del mitã’i soldado. Según la leyenda, este vivía en una cueva debajo del arroyo Ytororó y no le gustaba escuchar ruido durante las calurosas horas del sueño meridional.

-Aníke che memby ekarupa rire esẽ pérupi ekorre pe asaje mbytére. Mitã’i soldadópe ndogustái oñemolesta la oke aja (1) –le advertía siempre una vez que terminaba de comer.

Cuando hacía frío, se sentaba en torno al brasero al lado de su bisabuela para calentarse mientras ella tomaba su mate y mascaba su tabaco. En uno de esos anocheceres, ella le contó la leyenda del mitã’i soldado.

Antes de empezar su narración, la anciana de blanca caballera y gruesas peinetas acomodó la lata con ceniza que tenía a su lado, escupió en ella y se volvió a recostar en el sillón de mimbre.

El mitã’i soldado, según le dijo, era un niño de 10 años que padeció horribles torturas y murió cruelmente a manos de los soldados brasileños, que luego tiraron su cuerpo al cauce del arroyo.

-Oparire la ñorairõ, mitã’i soldado ohecha la isy ho’aha umi invasor pópe. Oho ombyasuru pe ibayoneta peteĩ oficial ryére. Ho’a omanoite, pero iñirũnguéra ojagarra mitã’ípe, ojokua chupe peteĩ yvyramátare ha oinupã chupe hikuái omano meve. Upéi omombo hikuái hetekue ysyrýpe (2) –le narró una vez.


Viejo sendero que conduce al arroyo Ytororó ubicado detrás del monumento.

Mientras escuchaba el relato, no podía evitar fijar la mirada en la pupila de cristal de su bisabuela, a quien le habían extirpado el ojo izquierdo para aliviarle el dolor del glaucoma que la había dejado ciega los últimos veinte años de su vida. Sentía como si ese ojo artificial tuviera vida propia y lo observaba con una expresión grave.

Así estaba distraído en sus pensamientos cuando de pronto escuchó el sonido de los tambores como de un desfile estudiantil. Repentinamente, vio que un niño disfrazado de soldado con una bayoneta en la mano cruzaba la ruta sin mirar. Se sacudió el sopor, pisó el freno hasta el fondo y dio un golpe al volante, pero no pudo evitar la colisión. A raíz de la brusca maniobra perdió el control del auto, que dio varias vueltas antes de quedar clavado a un costado de la ruta, cerca del cauce del arroyo.

Los bomberos llegaron rápidamente al lugar, lo asistieron de inmediato y tras brindarle los primeros auxilios lo trasladaron en estado inconciente al Hospital de Trauma, donde pasó varios días en cuidados intensivos. Cuando al fin despertó una mañana ya en una sala común del hospital, preguntó con voz temblorosa.

-¿Qué pasó con el niño?

-¿Qué niño? –le preguntó la enfermera que lo atendía.

-El niño que salió a la ruta y al que atropellé –le respondió.

-Según los testigos, no había nadie más. Dijeron que perdiste el control del auto vos solo, no hubo otro involucrado en el accidente –le refirió sobre aquella tarde en la que empezaba a oscurecer y la llovizna dejaba el asfalto como si la hubieran untado con aceite.

Notas

(1) Después de almorzar, mi hijo, no salgas a corretear por allí en plena siesta. Al niño soldado no le gusta que se lo moleste mientras duerme.

(2) Después de la batalla, el niño soldado vio que su madre cayó en las manos de los brasileños. Se dirigió hacia ellos y hundió su bayoneta en el vientre de un oficial. Este cayó muerto, pero los otros lo agarraron, lo ataron a un árbol y lo azotaron hasta que murió. Luego tiraron su cuerpo al arroyo.