domingo, 12 de julio de 2020

El triplero de Villa Campeona

A menudo iba a practicar lanzamientos a la emblemática cancha del barrio San Pablo de Asunción. Cada vez que la pelota se iba hacia una parte oscura, una extraña presencia me la devolvía desde las sombras.



Ir a lanzar los domingos por la noche a Villa Campeona se había vuelto una rutina obsesiva. Salía del trabajo, tomaba la bici e iba directo a esa plaza escondida en un callejón sin salida del barrio San Pablo, entre las calles Panambi Vera e Indio Francisco, un ícono para el mundillo basketbolístico de Asunción y las sureñas ciudades vecinas del Área Metropolitana, en especial Fernando de la Mora.

El lugar fue bautizado así en honor a las campeonas sudamericanas de basketball de 1962, que ganaron el certamen de manera invicta. En una memorable final que tuvo lugar el 8 de mayo en el desaparecido estadio Comuneros, la selección de Paraguay derrotó a la de Brasil con un agónico gancho de Edith Nunes, la capitana del equipo, estando uno abajo, con marcador final de 53-52.

El equipo completo estuvo integrado por Edith Nunes, Arminda Malatesta (+), Úrsula Echagüe, Jovina Echagüe, María Estela López, África Sosa Bataglia (+), Aida González, Julia Ortiz (+), Elda Miers, Virgilia Figueredo, Olga Bikov, Francisca González, Alcira Llorens y Gladys Prieto. Foto compartida en Facebook por Enrique Gaüna.

Nunes fue también la máxima anotadora del torneo, con 166 tantos. En el partido definitorio Paraguay jugó con Edith Nunes (19 puntos); Dionisia Echagüe (4); Estela López (10); Arminda Malatesta (13); Nunila Echagüe (7); Aida González y Olga Bikov, detalla una publicación de Comunicación Integral Digital. El DT fue Jorge “Coco” Bogado.

Además, la selección paraguaya fue también la más encestadora de la competencia, con un total de 411 tantos, seguida de lejos por las selecciones de Brasil, con 347 puntos, y de Chile, con 336, detalla un reporte de D10 firmado por Pedro Lezcano.

Elsa Dionisia Echagüe, Edith Nunes, Arminda Malatesta, Nunilda Echagüe y Estelita López Mena. Foto compartida en Facebook por Enrique Gaüna.

La nota añade que en este equipo hay además dos bicampeonas, África Sosa y Aida González, que con anterioridad se consagraron en el sudamericano de 1952, que también fue realizado en nuestro país.

El gobierno de entonces, encabezado por el general Alfredo Stroessner, premió a las atletas, luego de seis años de larga espera, con una casa a cada una en este barrio, que en aquella época llevaba el nombre del dictador. Según reportes de prensa, la última que se quedó hasta el final a vivir allí fue Julia Ortiz, quien falleció en mayo del 2017 a los 80 años de edad.


Estelita López Mena y Edith Nunes. Foto: Última Hora.


En el 2009, la Secretaría Nacional de Deportes homenajeó a las campeonas con un acto y una placa conmemorativa que fue adherida a un monolito en la plaza.

“A las campeonas sudamericanas de basquetbol. A 47 años de la gran hazaña deportiva, la Secretaría Nacional de Deportes, bajo la administración del ministro, don Paulo Reichardt, rinde este merecido homenaje a quienes fueron protagonistas de tan importante logro para el deporte de nuestro país. 1962 - 8 de mayo - 2009”, reza la inscripción.


Una presencia inquietante

Este preámbulo viene a cuento de unas extrañas experiencias que me tocaron vivir en esta emblemática y mítica cancha.

Normalmente voy a jugar después del trabajo. Como mi turno termina a las 22:00, casi siempre la medianoche me pesca en el lugar. Si no caía nadie para jugar un yimi o en el mejor de los casos un partido a cancha completa, esto no me hacía desistir de quedarme a practicar lanzamientos, especialmente triples y dobles largos.

Vista del desaparecido Estadio Comuneros, que estaba en 15 de Agosto y Avenida República. Foto: Última Hora
A decir verdad, esas veces en las que nadie, más que yo, iba a jugar, en realidad nunca me sentí enteramente solo. De pronto de la nada irrumpía un fuerte olor a pety o rama quemada como si alguien estuviera fumando en torno a una fogata. Entonces un silbido largo y estridente perforaba la negrura. Los mbopi chillaban y efectuaban vuelos rasantes.

Cuando la Luna estaba a pleno y enfilaba la medianoche, la presencia se hacía más intensa. Cada vez que la pelota se iba hacia la oscura esquina de la cancha de volley, que estaba cubierta por un añoso yvyraro ya caído, una sombra informe me devolvía la pelota no a las manos, sino con un lanzamiento preciso directo al aro, que siempre entraba quemando la red.

Naturalmente esto al principio me dejó pasmado, pero poco a poco fui habituándome, aunque no por ello esto ha dejado de resultarme un tanto inquietante. No obstante, esto no me ha disuadido de ir todos los domingos por la noche.

De allí, como siempre, bajo pedaleando como una bala por De la Victoria hasta Acceso Sur, arribo lentamente a través de la tétrica 4 Mojones, los trasganados pasan casi rozándome y al terminar la cuesta empiezo a acelerar el paso directo hacia Tres Bocas. Paro en la bodega y lomitería Tío Anto, en Américo Picco y Colonia Elisa, donde atiende una beldad con ojos de lechuza.

–Lo de siempre, por favor. Un lomito sin huevo ni mayonesa y cuatro Pilsen’i.

–Sí, 22 mil, dice con una voz lisa y armónica.

–Me podés debitar, por favor –le digo mientras le paso la tarjeta. 

–Sí, no hay problemas –dice con una sonrisa moderada y corta.

Me siento. Enfrente está la Comisaría 11 Arroyo Seco y en la mesa de al lado hay una humareda terrible de cigarrillo que me alejo lo más que puedo. Los tragamonedas están repletos de apostadores que aprietan furiosamente los botones de las máquinas. El vallenato suena a todo volumen. Me pongo los audífonos. El pucho sí que huele bien distinto a lo que fuma el triplero de Villa Campeona.

Tomo el primer trago. Luego la otra botellita y la otra, el lomito y, finalmente, la última. Sin embargo, el mismo pensamiento ocupa toda mi mente.

–¿Quién será el triplero de Villa Campeona? –no paro de preguntarme.

jueves, 2 de julio de 2020

Las extrañas andanzas de las ánimas de Sanidad Kue

La historia de Kelly, una mujer que recibió una misteriosa visita durante una calurosa siesta. ¿Quién era y de dónde provenía?

Ilustración: Noelia Centurión

Se habían casado hace no mucho. Él era un funcionario de medio rango de un banco y cansado de vivir en alquiler decidió sacar un préstamo para comprarse una casa fuera de Asunción, en el barrio Mbocayaty de Villa Elisa, aunque eso le valiera casi cuatro horas diarias atrapado en el caótico tránsito. Esa bella mujer de cabello ensortijado y de aires caribeños bien valía eso y mucho más.

Ella se llamaba Kelly y él, Rubén. Ambos estaban cerca de los 30. Ella era una pelirroja voluptuosa de piel dorada y él un tipo normal, trigueño de estatura promedio, más o menos de 1,72. A ella la pandemia la dejó sin trabajo, mientras que él de a poco iba retornando a su rutina laboral. Sin embargo, muchas veces llegaba un poco más temprano cuando lograba crear una excusa verosímil para escaparse de la oficina antes de que el tráfico se vuelva insoportable.

La casa era uno de esos típicos chalets estilo Conavi con ventanas de blíndex y estaba cerca del lugar conocido como Sanidad Kue (Ex-Sanidad), un antiguo dispensario médico que funcionó como hospital de heridos en la retaguardia del Ejército paraguayo durante la Batalla de Ytororó, que tuvo su epicentro a unos 6 kilómetros hacia el sur, en la actual Ypané, durante la Guerra de la Triple Alianza.

En el barrio abundaban los relatos sobre movimientos extraños en torno a la vieja edificación, que hacia los años cincuenta funcionó también como refugio de enfermos de tuberculosis. Según la leyenda, estos llegaban hasta el alejado puesto para beber de las aguas del arroyo y escupir luego en su curso esperando que se obre el milagro de que la corriente se lleve consigo esa tos con sangre, la fiebre, la fatiga y los escalofríos.

-Ápeko heta oĩ omano’asyva’ekue. Lasánima osẽjipi ojeporeka tembi’úre, cañare ha heta vece ombohyeguasu kuñáme. Ojuka mymba ajeno avei (1) –cuenta Abuelo’i, un viejo poblador del barrio, mientras fuma su cigarro y le da un trago a la caña.

La casa de Kelly y Rubén no era ajena a estos acontecimientos misteriosos. En varias ocasiones, especialmente durante las noches, les despertó el ruido de la descarga de agua de la cisterna del baño, como si alguien estirara la cadena, además de portazos y corridas al interior de la habitación. Había momentos en que la luz se prendía o apagaba como si nada.



Los antiguos pobladores de la zona aseguran que se registran extraños eventos en torno a la vieja edificación de Sanidad Kue.

Si bien habían intentando no prestar mucha atención a estos eventos, la aprensión ciertamente crecía. Aquel día Rubén llegó inesperadamente más temprano de lo habitual, poco después del mediodía. Kelly ya había almorzado y se aprestaba a tomarse una siesta. El agobiante calor la había agotado. Era lunes y la casa quedó hecha un desastre tras la visita de unos amigos para el asado del domingo. Esa mañana cayó un aguacero y el quincho estaba lleno de colillas de cigarrillo, latas de cerveza y hojas y ramas esparcidas por la lluvia y el viento. Con la humedad que había, el sol era aún más sofocante.

Ella acababa de cerrar los ojos cuando escuchó que Rubén entraba a la habitación.

-Hola, mi amor. Qué temprano viniste hoy –dijo ella.

-Estaba con dolor de garganta y me enviaron de vuelta –le explicó.

-Se te escucha un poco ronco –agregó ella.

-Sí, me cuesta un poco hablar –se excusó para cortar la conversación.

Se acostó a su lado y la abrazó desde atrás. Empezó a acariciarla suavemente desde la cintura, bajó por sus muslos, recorrió debajo de su vestido hasta subir nuevamente hasta sus hombros. A pesar del calor, Rubén tenía las manos heladas y un aliento gélido.

-Ayy, tus manos están congeladas –se quejó Kelly.

Él no respondió y siguió en lo suyo. Le hizo a un lado el cabello, le besó el cuello, bajó hasta su espalda. La puso boca para abajo y la empezó a desnudar.

-Ahh, ahh, ahh –gemía ella. Él jadeaba mientras se metía entre sus piernas y le lamía suavemente la oreja. La penetró con firmeza. Ella encorvó al espalda y empinó las caderas. Luego se puso boca arriba, abrió las piernas y lo aprisionó como un pulpo hambriento. Hicieron el amor intensamente como si no lo hubieran hecho en mucho tiempo, especialmente él. Estaban empapados de sudor. Hacía casi 40 grados y el acondicionador de aire apenas brindaba un poco de tregua ante el sol inclemente de esas horas que se filtraba por los cristales de la ventana.

Luego de terminar, se quedaron abrazados en la cama sin decir nada. Luego él se levantó. Ella le preguntó adónde iba, pero Rubén salió de la habitación sin emitir palabra alguna.

-Quizá haya salido un rato a comprar algo –pensó ella.

Sin embargo, pasó casi toda la tarde hasta que, cerca de las 18:00, Kelly escuchó el sonido de la llave abriendo la puerta y vio a su esposo entrando a la habitación con la misma camisa y corbata que se puso esa mañana para ir a trabajar.

-¿Por qué te cambiaste de nuevo? –le preguntó.

-¿Adónde te fuiste que tardaste tanto? –agregó sin darle tiempo de responder la primera pregunta.

-Cómo qué a dónde, ahora estoy llegando de trabajar. Qué hay para comer, estoy muy cansado –le respondió casi sin ganas.

Ella se quedó desconcertada y sin saber qué decir. No quiso hablar más del asunto. Ahora está embarazada de tres meses, exactamente el mismo tiempo que transcurrió desde aquella extraña visita que tuvo durante esa calurosa siesta.

Nota:
(1) Muchas personas tuvieron aquí una dolorosa agonía. Las ánimas suelen salir a rebuscarse por comida, caña y muchas veces embarazan a las mujeres. También matan animales ajenos.

Advertencia: Ambientación en Paraguay de una experiencia compartida por la venezolana Kelly Rojas en un grupo virtual de relatos de misterio.

sábado, 27 de junio de 2020

Muerte en la noche de San Juan

Una mañana de domingo los vecinos del barrio Centro de Villa Elisa denunciaron a la Policía el hallazgo de un cuerpo al costado de un camino apenas transitado a unas cuadras de la plaza Von Poleski. El informe forense indicó que el fallecido había recibido 27 puñaladas. ¿Quién era y por qué semejante ensañamiento?

Foto: paraguay-nembosarai.blogspot.com

Corrían mediados del año 2006 y hacía apenas un tiempo que Remigio había llegado a la ciudad de Villa Elisa desde Areguá. Dicen que andaba en la clandestinidad a raíz de que estaba involucrado en el asesinato del hijo de un policía. También recuerdan de él que tenía nueve entradas a la cárcel, la mayoría por casos de hurto agravado.

Indagando superficialmente sobre su prontuario, se encuentra un reporte periodístico del 22 de octubre de 2004 en el que se lee que Remigio, quien entonces tenía 27 años, cayó junto con otros dos hombres luego de intentar asaltar a una pasajera de la Línea 30 en pleno microcentro de Asunción. Los voceros policiales informaron entonces que los tres contaban con antecedentes penales por distintos delitos.

Por este y otros hechos se fue construyendo la fama atemorizante de un delincuente decidido a jalar el gatillo, fuese o no necesario. El primer calificativo que evocaba era el de “peligroso”. Remigio era de estatura media, de tez morocha, bien curtida por el sol, de cabello oscuro y abundante cortado al estilo taza. Ese día vestía sus tradicionales jeans, remera, una campera de cuero negra y una llanta deportiva. Sus conversaciones, refieren quienes lo conocieron, giraban siempre en torno a riñas y frecuentemente se jactaba de los rastros de machetazos que tenía en distintas partes del cuerpo. Tenía el mote de “Mala energía” y actuaba como si fuera inmortal.

Aquella noche de sábado había una fiesta de San Juan en el “poli”, un establecimiento deportivo ubicado en el límite entre los barrios Centro y Mbocayaty de Villa Elisa. En horas nocturnas era un punto de encuentro para la fumata, las pastas, la coca y el alcohol. No obstante, para aquella fiesta se anunciaba la presencia de Quemil Yambay, por lo que todo el vecindario se dio por convocado en el lugar para presenciar la actuación del popular humorista.

Ese día había una fiesta de San Juan en el “poli”, que durante las noches era un punto de encuentro para la fumata.

Allí estaban en corro, entre otros, Eduardo, Luis y Ricardo, que empezaban una nueva noche fría en el barrio sin sospechar aún el trágico desenlace que marcaría de un momento al otro sus vidas para siempre. En esa ronda también estaban Tamara y Berenice, unas chicas desconocidas a las que encontraron por el camino y que de mero intentar invitaron a la fiesta y que inesperadamente aceptaron. 

Aunque presumían de rockeros, no podían evitar dejarse llevar por el ritmo pegajoso de la cumbia villera flexionando las rodillas siguiendo el ritmo de la cumbia y cada tanto alzaban los brazos y cantaban eufóricos cuando alguna letra interpelaba. “El que quiere una tuca fumanchar / que levante las manos”. El vaso de vino con coca corría de boca en boca así como los cuartitos de clona. Entre el porro y tanto jugo loco los pasos falseaban cada vez más. De pronto se pusieron a recorrer todo el local pidiendo monedas. Luego surgió la merca. A levantar bien a fondo y a seguir la fiesta como si nada.

La patrullera de la 13 pasaba y pasaba. La paranoia empezó a asomar, por lo que Luis decidió guardar su 38 en una esquina oscura donde las malezas cubrían casi todo el alambrado. Llevaba un arma consigo, aunque su oficio no era el de asaltante. El revólver fue apenas una ganga irresistible que surgió durante un rescate en Republicano y que no pudo desaprovechar. Era una Smith & Wesson niquelada con una empuñadura con detalles de madera. Además de hacerle sentir confiado, el arma era un poderoso elemento disuasivo ante las abundantes amenazas que acechan la vida de loco. Dispararla en plena noche hacia la nada era un pasatiempo que ha menudo se tomaban y que a los tres les hacía sentir poderosos.

La música sonaba estridente a través de los viejos altavoces desplegados en el improvisado escenario armado para el show. El ansia de la concurrencia crecía y todos esperaban que al fin aparezca el artista de la noche para hacer su número y dar un momento de distracción y risas en medio de la monótona rutina del barrio, donde no abundaban los espectáculos en vivo.

De súbito irrumpió Emilio, quien, con una ira apenas contenida, contó que en el paredón contiguo hacia el tape po’i Remigio le apretó con un cuchillo y le quitó todo el dinero que tenía, provocándole además una raspada que le causaba un cierto escozor. Quedaron en que arreglarían las cuentas después de la fiesta.

"Bendición" de San Juan


Remigio hizo una pequeña pelota con los billetes para acomodarlos en su bolsillo, encendió un cigarrillo y se puso a observar atentamente todo a su alrededor recostado por la pared esperando el momento oportuno para toquear algo más. Cuando se aprestaba a picar la yerba para un faso, pudo ver cuando Luis fue a dejar algo hacia el yuyal. Esperó un momento y se aseguró de que nadie lo estaba mirando, caminó rápidamente hacia el lugar y se encontró con la sorpresa de que era nada más y nada menos que un fulgurante revólver calibre 38, grande y potente. Dos golpes rápidos y ya había salvado la noche.

-Bendición de San Juan –pensó. Luego se retiró raudamente del lugar en dirección al bajo. Sin embargo, Ricardo, quien lo había estado vigilando mientras recogía el arma, lo siguió silenciosamente sin decir nada a los demás.

De repente se acercó a la ronda un hombre, pequeño y viejo, y le dijo a Luis:

-Remigio ogueraha amo ñanandýgui pe nde reñongatuva’ekue (Remigio agarró eso que guardaste en el yuyal).

Luis y Eduardo se miraron y automáticamente giraron la cabeza en todas direcciones buscando alguna señal que indique por dónde se había ido Remigio. El rápido golpe de mirada no reveló nada en aquella noche de invierno en la que una brisa levemente fresca creaba el ambiente propicio para el mbeju, el pastel mandi’o y otros manjares de esta época del año.

Por las dudas fueron a examinar nuevamente el lugar, pero solo pudieron corroborar que el arma ya no estaba.

-Jaha ógape jagueru kyse ha upéi jaha jaheka chupe (Vamos a casa a buscar algún cuchillo para ir a buscarlo) –propuso Eduardo, a lo que Luis asintió inmediatamente. Ambos salieron eufóricos y enojados. Estaban resueltos a recuperar el arma, más aún sabiendo que solo tenía dos balas y que a veces solía fallar.

Eduardo despertó a toda su familia con el tremendo alboroto que armó mientras hurgaba entre los enseres de la cocina buscando el cuchillo ideal para enfrentar a un temido bandolero que ya no tenía nada que perder, excepto la vida misma. Salió con un cuchillo de asador en la cintura y otro más pequeño en la mano para dárselo a Luis. La pesadez de los hipnóticos con alcohol se disipaban y la sangre empezaba a hervir.

Pensaron que la primera movida que haría Remigio era sacarle el jugo al arma: asaltar a alguien o empeñarla. La forma más rápida y segura de llegar sin ser advertido a la plaza central de la ciudad, donde podría encontrar más fácilmente una víctima o alguien a quien empeñarle o venderle el arma, es un camino intransitable para los vehículos por la erosión del suelo causada por los raudales, al costado mismo de la actual Ciudad Mujer, que en aquella época era un baldío que hacía las veces de vertedero.

Repentinamente, en medio de la pálida luz del día que despuntaba, advirtieron que Remigio y Ricardo estaban forcejeando. En un momento dado, Remigio logró sacudirse, tomó cierta distancia, sacó el arma y apuntó en varias direcciones sin poder enfocar bien su objetivo, ya que le costaba mantenerse de pie. Sus perseguidores se tiraron a un costado del camino buscando ocultarse entre los yuyales e instantes después la boca del fuego del cañón emitió un fuerte estruendo, pero la bala no dio en nadie.

Entonces se dispuso a ajustar la puntería, directo hacia Eduardo, pero el golpe del martillo se quedó corto sin alcanzar con suficiente fuerza el tambor para expulsar el proyectil. Cuando se predisponía a jalar de nuevo del gatillo, Eduardo saltó de su escondite y hundió la hoja de la Tramontina hasta el mango directo en la yugular de Remigio. Este emitió un grito apenas audible y cayó al suelo moviéndose apenas y con las dos manos se presionaba el cuello intentando inútilmente parar la hemorragia.

Cuando cayeron en la cuenta de lo que habían hecho, se asustaron y asumieron que estaban en un gran aprieto. Sin embargo, antes que desistir, el temor a una más que segura represalia se impuso, por lo que los tres, cada uno a su turno, le asestaron otras tantas puñaladas al cuerpo ya inerte entre el pecho, las costillas y el abdomen.

-Kóa oikovérõ oúta ñandejuka. Jajuka porã manteva’erã (Si este vive, va a venir a matarnos. Tenemos que matarlo bien), exclamó Eduardo, quien estaba temblando y apenas podía pronunciar las palabras. Estaba pálido y a punto de desmayarse.

-Sí, kóa jaasegurava’erã o si no hendýta ñane ndive (Sí, a este tenemos que asegurarlo o si no se va a complicar nuestra situación), apoyó Luis.

La claridad del nuevo día se hacía cada vez más nítida. A lo lejos se acercaban personas caminando. La mayoría volvía de alguna fiesta, probablemente del desaparecido balneario Vera Cruz, actualmente convertido en sucursal de una cadena de supermercados.

-Qué loco ko personaje, moõpio ou ñanderecha’i (Qué loco este tipo para venir así a querer hacernos de menos) –repetía nerviosamente Luis como intentando justificar ante sí mismo lo que habían hecho. Luego se pusieron a discutir sobre qué harían con el cuerpo. Primero pensaron en tirarlo a una zanja para que no amanezca en pleno camino a la vista de todos. Pero bruscamente emergió otro contratiempo, que al final provocaría que todos cayeran a pesar de que el amanecer lluvioso ofrecía sus mejores oficios para ocultar las eventuales pistas que pudieran delatarlos.

-Ndéra kóre, ho’a che cédula (A la gran puta, se cayó mi cédula)–exclamó Ricardo.

La situación empezaba a salirse de control. Se olvidaron por un momento del cadáver y empezaron a rastrillar con las manos bajo los primeros albores del nuevo día. Los vecinos empezaban a percatarse de que algo fuera de lo corriente estaba ocurriendo, que allí había algo más que la típica escena de jóvenes veinteañeros tratando de llevar a casa a un amigo borracho.

-Nde, amboviajáta kóa avei. Kóa ho’áta ha ocantáta ñande rehe (A este también le voy a hacer viajar. Este va a caer y nos va a delatar) –amenazó Luis mientras desenfundaba el arma y miraba de manera desafiante a Ricardo.

-No, mba’éichapio ejapóta péa. Tuicha problema jarekomavoihína (No, cómo vas a hacer eso. Ya tenemos suficientes problemas)–insistía Eduardo intentando hacer desistir a su amigo de cometer otro asesinato empeorando una situación que de por sí ya se presentaba complicada.

-No, mba’éichapio oitýta la icosa (No. Cómo va a echar sus cosas)–se ratificaba Luis en su propósito de eliminar a su cómplice para borrar las pistas.

-Jaha katu mombyry porã (Mejor vamos de aquí bien lejos a escondernos) –reiteraba Eduardo hasta que finalmente logró convencerlo de huir del lugar.

Ricardo asumía su culpa y no emitía ninguna palabra mientras se discutía su suerte. Decidió marcharse en silencio y fue rápidamente hacia su casa a cambiarse la ropa totalmente ensangrentada que llevaba puesta. Intentó dormir un poco, pero no pudo. Lo mismo Luis. Además del implacable insomnio después de la cocaína, la idea de que habían hecho algo grave no dejaba de rondar y la sombra de que un gran problema se les vino encima acosaba sin cesar. Entonces vacilaban entre quedarse y actuar como si nada hubiera pasado o esconderse.

La fuga


Eduardo llegó a su casa con la firme determinación de preparar unas pocas cosas y huir lo más rápido posible. Iría junto a su madre, quien vivía en Coronel Oviedo. Ya lo había decidido.

-Mba’épio la ejapova’ekue? (¿Qué fue lo que hiciste?) –le pregunta Leticia, su hermana, cuando este atraviesa la puerta de la casa.

-Sarambi eju ko de madrugada ejapo ápe. Napépe oîmbáma la policía hína (Viniste a hacer desastre de madrugada. En la otra cuadra ya está toda la policía) –le reprendió de nuevo.

Una vez listo su pequeño equipaje, Eduardo bajó sigilosamente por el tape po’i (1) y se escabulló a través del patio baldío para ver qué ocurría al otro lado de la cuadra. Entonces observó que Ricardo ya estaba esposado y estaba siendo subido a la patrullera. Su cédula había amanecido caprichosamente enredada entre las ropas del cuerpo tendido boca arriba e impregnado de barro.

En la casa de Ricardo, además de rastros de sangre en sus ropas, se encontró el champión del fallecido. De allí todo fue en cadena. El siguiente en caer fue Luis, quien decidió adoptar la estrategia de quedarse y actuar como si nada hubiera ocurrido. Ya la policía iba rumbo a la casa de Eduardo cuando este se encontró casualmente en la calle con Mauricio, quien iba a bordo de su moto.

-¿Qué pio pasó anoche? –le inquirió.

-No, no sé, yo me tengo que abrir –dijo Eduardo cortando bruscamente la conversación.

-Bueno, subite y vamos –se ofreció Mauricio.

Al girar la esquina divisaron la patrullera, que ya iba rumbo a la casa de Eduardo para arrestarlo. Se salvó por unos segundos. Los policías ubicaron rápidamente la casa de los tres, a quienes ya los conocían debido a que en varias ocasiones fueron cachados fumando porro en la plaza.

Asustado, Mauricio condujo directo hasta la casa de su cuñado, Julio, quien agotaba los últimos gramos de la bolsa que rescataron con Brave. Prepararon dos líneas para los visitantes y entonces Eduardo se puso a relatar los detalles de lo que había ocurrido entre la noche anterior y la madrugada. Todos escuchaban entumecidos.

De golpe Julio dejó la silla y se puso a hurgar entre sus cosas. Luego le tendió a Eduardo un par de billetes, que totalizaban unos 40.000 guaraníes, para que se fuera lo más lejos posible de inmediato.

-Tomá, andate, no sé dónde, pero andate – le espetó.

Eduardo subió nuevamente a la moto con Mauricio, quien lo llevó hasta una parada sobre la avenida Américo Picco, donde tomó un micro directo a Calle Última a fin de abordar un bus que lo llevara hasta Coronel Oviedo, su lejano escondite. Pero alguien ya había anticipado sus pasos. Apenas se aprestaba a acomodarse en un asiento de un colectivo de la Ovetense, observó con sorpresa que su padre también se estaba subiendo al mismo bus.

-Sentate vamos a hablar –se limitó a decirle don José. Esa mañana lluviosa de domingo el colectivo estaba casi vacío, por lo que durante el trayecto pudo ponerle al tanto de los pormenores del caso. Luego de escucharlo atentamente, don Pepe, como también se lo conocía, le encargó que no le cuente nada a su madre.

Llegaron a la terminal y fueron directo a tomar un taxi para abandonar rápidamente la estación de buses. Una vez que llegó a la casa de su madre, esta sintió una sospecha inmediata ante la inesperada visita de su hijo, quien además llegaba en compañía de su padre, el exmarido de ella, lo cual abonaba aún más el mal presagio que tenía. El instinto de una madre no podía fallar.

-Mba’épa la oikova’ekue la eju hag̃ua nde túandi ko’a peve? (¿Qué habrá pasado para que vengas hasta acá con tu papá?) –inquirió doña Marta.

-Mba’eve, mamá. Ajúnte porque ndavy’ái (Nada, mamá. Vine solamente porque no estaba contento por allá) –mintió inútilmente.

Las corazonadas que le indicaban que algo andaba mal se confirmaron unas semanas después cuando el nombre de Eduardo salió en el diario. Era señalado como el único prófugo por el caso del brutal asesinato de un hombre, cuya vida fue segada de 27 puñaladas, y que la Fiscalía lo citaba por segunda vez para prestar declaración indagatoria, declaraba su rebeldía y ordenaba su captura.

La entrega


Así anduvo más de cinco meses hasta que cedió a la insistencia de su madre de entregarse para aclarar la situación a fin de que su nombre no quede manchado para siempre y ante la zozobra permanente del riesgo de caer preso en algún retén policial.

Así lo hizo y volvió a Villa Elisa para comparecer en el día y hora que señalaba la citación. Declaró ante la Fiscalía y luego fue derivado al calabozo de la Comisaría Trece. Allí estuvo casi un mes. La cena de Navidad de ese año la compartió con los policías hasta que fue trasladado a Tacumbú, donde recibió el 2007.

-Che ndaroviái que peê pejapo kóa. Máa ojapo? Ere porã chéve (Yo no creo que ustedes hayan hecho eso. Decime bien quién fue) –le sondeó una vez el oficial Gutiérrez.

El que la sacó más barata fue Luis. Su madre logró reunir el dinero suficiente para que su hijo sea beneficiado con la prisión domiciliaria. Ricardo, quien entonces tenía 17 años, estuvo unos seis meses en el "centro educativo" para menores Panchito López hasta que, cuando debía ser trasladado a una cárcel de adultos, recibió medidas alternativas. El fiscal pidió prórroga para presentar su requerimiento conclusivo y solicitó medidas alternativas a la prisión para los procesados, un pedido que fue otorgado por el Juzgado.

-Peême la pende salváva es que avavéa ndoúi odenuncia (A ustedes lo que les salva es que nadie vino a denunciar) –les dijo el agente fiscal encargado del caso al término de la audiencia, momentos antes de que sean subidos a la patrullera para ser llevados a sus casas a cumplir la reclusión domiciliaria mientras esperaban la resolución de la causa.

Del nicho erigido en memoria de Remigio solo queda la base, apenas visible entre el yuyal.
Sin embargo, nunca nadie fue convocado de nuevo para la audiencia preliminar ni mucho menos para un juicio. Al cabo de cierto tiempo, el padre de Eduardo fue a averiguar sobre el estado de la causa, pero le dijeron que ya estaba extinguida, que se olvidara de ello.

Aunque ya el caso haya fenecido y pocos lo recuerden aún, en esas charlas de invierno en torno al brasero, aderezadas con tragos de Ari con pomelo, no faltan los relatos sobre extrañas visiones que asaltan a los transeúntes que toman por la noche ese oscuro atajo. Hay quienes aseguran que, a la altura misma del derruido nicho erigido en memoria de Remigio, se les apareció la imagen de un hombre que emitía un grito de agonía apenas audible para luego terminar sucumbiendo al sonido suave, pero implacable, del metal atravesando la piel y golpeando los huesos como un martillo.

Nota: 

(1) Sendero estrecho 

Advertencia: todos los nombres, excepto el del fallecido, son ficticios. En resguardo del anonimato de las fuentes se agregaron detalles fantasiosos a la narración.

domingo, 17 de mayo de 2020

La bicicleta, una alternativa de movilidad en la pandemia

En momentos en que la mayoría de los países del mundo empiezan a desescalar las medidas de confinamiento dispuestas a fin de frenar la propagación del COVID-19, un tema clave a solucionar es cómo evitar los contagios en el marco de la normalización de las actividades. La bicicleta puede ser una solución viable para descongestionar el sistema de transporte público.   

Don Emilio, a sus 83 años, es un ejemplo y una inspiración para la comunidad de ciclistas del Paraguay.

Los primeros días de la llamada “cuarentena inteligente” se han caracterizado, sobre todo, por la aglomeración de personas en el transporte público, en contra de todas las recomendaciones para evitar los contagios. Las empresas transportistas, que venían amenazando con un paro si no se les otorgaba un subsidio por la merma de usuarios, transgredieron la disposición de que solo pueden llevar pasajeros sentados y con sus correspondientes tapabocas. 

Teniendo en cuenta además que el miedo a contraer la enfermedad exacerbará el uso de vehículos individuales en una red vial ya sobrecargada e incapaz de recibir mayor flujo de tráfico motorizado, una opción viable para responder a esta situación de crisis es la bicicleta. Conscientes de esta situación, varios gobiernos del mundo han llamado a sus ciudadanos a utilizar la bicicleta para transportarse diariamente con el fin de evitar las peligrosas concentraciones de personas. 

A nivel latinoamericano, la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, instó a los ciudadanos que, en caso de que deban salir, lo hagan en bicicleta. En este marco se habilitaron 117 kilómetros de bicisendas a fin de reducir el uso del saturado sistema de autobús TransMilenio, una importante ampliación de la ya existente red de 550 kilómetros de sendas exclusivas para quienes transitan en dos ruedas. En tanto, en Francia la primera medida ha sido la asignación de 50 euros por ciudadano para gastos de reparación de biciclos.   

Consultado al respecto, el arquitecto Carlos Zárate, coordinador del área de Teoría y Urbanismo de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Arte (FADA) de la Universidad Nacional de Asunción (UNA), señaló que “ya mucho antes del contexto pandémico, la bicicleta empezó a ser considerada con seriedad en muchas ciudades del mundo, pero las ciudades paraguayas están bastante atrasadas en esa conversación. La bicicleta como medio de transporte tiene ventajas en cuanto a salud, pero también en cuanto a lo económico y a la imagen de la ciudad, sobre todo cuando desplaza la presencia de automóviles que ocupan mucho espacio y contaminan el aire con gases y ruidos. Para poner en marcha iniciativas como estas la municipalidad debe definir una red de circulación, determinar qué vías serán compartidas entre distintas modalidades de transporte y qué vías serán exclusivas para las bicicletas, establecer reglamentaciones específicas así como sanciones y gestionar los recursos necesarios para el acondicionamiento de esas vías”.


La ciclovía de Boggiani está constantemente obstaculizada por peatones.

No obstante, hace la observación de que la factibilidad depende de la distancia a ser recorrida, ya que para garantizar un uso masivo esta no debería exceder los 15 kilómetros. 

“La bicicleta se revela conveniente como alternativa de transporte cuando las distancias son menores a cinco o hasta quince kilómetros, cuando no hay necesidad de transportar mucha carga y cuando no es necesario llevar compañía. El caso asunceno tiene algunas particularidades como, por ejemplo, que alrededor del 70% de sus puestos de trabajo están ocupados por personas que residen en ciudades vecinas. No se puede pretender que estas personas recorran en bicicleta 20, 30 o hasta 60 kilómetros a la ida y otros tantos a la vuelta todos los días. Pero sí podemos preguntarnos cuántas de estas personas llegan diariamente a Asunción para seguir trasladándose dentro de ella como parte de su trabajo”, sostiene. 

Un cambio de paradigma

Además de la falta de infraestructura adecuada, Zárate pone el acento en que se requiere un cambio estructural que promueva un cambio cultural y de mentalidad, pues en la mayoría de los casos el ciclista es percibido como una molestia o no se asume que también tiene el derecho de estar en la vía pública.

En este sentido, hay gran cantidad de personas que regularmente hacen ciclismo por diversión o deporte, pero que no dudaría en ir al trabajo en bici si no fuera por el caótico tránsito y la inadecuada infraestructura. Este es el caso de Giovanna Pessolani, quien dice que le encantaría ir al trabajo en su biciclo, pero los caminos están en muy mal estado y en el tránsito domina la ley del mbarete. 

Integrante del grupo San Lorenzo en Bici, indica que el tramo del fallido metrobús bien puede adaptarse para la circulación de bicicletas, por lo que de darse el caso no dudaría en emplear este medio para ir hasta Asunción a trabajar.  

“Lo ideal sería  acá en Paraguay que ese sendero de la mentira mal llamado metrobús se adecue para bicisenda. Sería un ahorro gigantesco y además es más sano y ecoamigable. Pero para eso falta educación y seguridad vial para todos. Desde peatones, ciclistas, motociclistas, vehículos, camiones, buses, todos”, expresa. 

Utilizar la senda del fallido metrobús para una ciclovía podría servir a fin de descongestionar un importante corredor de acceso a la capital.


De hecho, la bicisenda de Iturbe fue inviabilizada a raíz de que los automovilistas estacionan en la zona pintada a pesar de que los carteles indican que esto está prohibido. En tanto, la ciclovía de Boggiani, además de los vehículos que no respetan la prohibición de giro que rige en muchas cuadras, está tomada por peatones que caminan distraídamente mirando sus teléfonos celulares, dificultando el tránsito por la bicisenda, por lo que muchos ciclistas prefieren bajar a la avenida y circular entre los buses y autos.

La hostilidad de los automovilistas hacia los ciclistas, la falta de infraestructura y la obstrucción de la poca existente son poderosos disuasivos que, no obstante, es posible sortear con no poco coraje y el deseo genuino de abandonar hábitos nocivos como el tabaquismo, entre otros. A más de ello, las autoridades respectivas deberían dedicarse al combate de las emisiones de humo negro, que pueden desmotivar a cualquiera de transportarse en bicicleta, ya que el balance puede terminar siendo negativo si la calidad del aire está por debajo de los parámetros. Asimismo, las empresas deberían otorgar incentivos a sus trabajadores para aumentar el uso de transportes libres de emisiones.

Un movimiento en auge 

A pesar de los múltiples escollos, desde hace un tiempo en Paraguay el movimiento ciclista está cobrando auge no solo en el ámbito de las competencias, entretenimiento u ocio, sino como transporte utilitario para ir al trabajo o cumplir otras obligaciones. Ya se ha hecho sentir en varias ocasiones por sus irrupciones en el espacio público el movimiento Masa Crítica, que promueve el uso de la bicicleta como transporte sustentable y lucha por visibilizar los derechos de los ciclistas exigiendo el respeto entre sus principales reivindicaciones.  

Un ciclista emblemático en nuestro medio y que es inspiración para muchos es don Emilio Pereira, de 83 años. A pesar de su edad, sigue transportándose en bicicleta e incluso sigue participando en competencias, al menos hasta el año pasado antes de que todos estos eventos fueran suspendidos. Si bien nació en Uruguay, vive hace más de 30 años en nuestro país. 

Sobre cómo podría beneficiar el uso de la bicicleta en un escenario pospandemia, apunta: “Sería importante incentivar la bicicleta porque va a agilizar más. Es más amigable con el ambiente, pero lo que pasa es que se debe respetar. Si se hiciera algo medio bien es importante para la gente que trabaja. El tránsito es el problema, poco se respeta. Yo toda la vida he usado bicicleta, para ir al trabajo y hace más de 40 años que compito. Hay que usar la bici. Incluso es más rápido y no se viaja incómodo apretado en los colectivos. Es especial para trayectos que no son muy largos”.

La bicicleta resulta ideal como alternativa de transporte para trayectos no muy largos. Foto: Eduardo Velázquez.

Respecto a la distancia que hace a diario, explica que hasta antes de la implementación de la cuarenta hacía diariamente 30 a 35 kilómetros y una vez a la semana hasta 40 kilómetros. Añade que “esa costumbre de andar en bicicleta es difícil dejar”, por lo que luego de un breve periodo de entrenamiento, o acostumbramiento, una persona fácilmente puede hacer de 20 a 30 kilómetros por día. 

En tanto, José Jara, de 40 años, trabaja como informático en un laboratorio que queda a 6,5 kilómetros de su casa (una distancia parecida a la que existe entre 4 Mojones y el Mercado 4), por lo que diariamente hace unos 13 km de Lambaré a Fernando de la Mora. Variando la velocidad a un promedio de 25 a 40 km/h, dependiendo del tráfico, el tiempo que le lleva recorrer este tramo es de un máximo de 15 minutos.

“Me decidí por la bici hace dos años y medio porque padecía de obesidad. Hice la dieta y el tema era mantener el peso que había logrado. Siempre tuve pasión por la bici, pero ya no podía por la obesidad. Desde ahora mi decisión es la bici toda la vida. Para mí es lo mejor, te mantiene físicamente, no se gasta mucho, es por salud y con este tema del virus que se vino lo mejor es la bici. Entre andar en colectivo, auto o moto, mil veces elegiría andar en bici. Para la movilidad jamás cambiaría a la bici”, asegura. 

En efecto, teniendo en cuenta que un adulto sano de 30 a 40 años puede realizar unos 15 kilómetros en menos de una hora, que es lo que deben viajar para llegar al trabajo muchas personas que viven en las ciudades más cercanas del Área Metropolitana (un bus puede tardar hasta más de una hora y media en hora pico), los velocípedos pueden resultar incluso hasta más rápidos. Si le asusta la idea de llegar muy sudado, lo cual además no es de temer, pues reporta numerosos beneficios a la salud, puede tranquilizarse, pues cuando el cuerpo se va adecuando administra mejor la hidratación y se suda menos y hasta casi nada dependiendo de la distancia. Además, puede cambiarse de ropa o tomarse una ducha al llegar.

Ya se ha dicho que la vida no volverá a ser la misma tras esta pandemia. Al menos eso cabe esperar. Por ello, en un escenario pos-COVID se hace fundamental pensar un nuevo modelo de transporte que, además de evitar las aglomeraciones, sea más limpio, rápido y barato. 

martes, 5 de mayo de 2020

Homenaje a Mangoré a 135 años de su nacimiento

El 5 de mayo de 1885 nacía en San Juan Bautista, Misiones, el más eximio guitarrista clásico paraguayo de todos los tiempos: Agustín Barrios. En conmemoración de su natalicio rescato a dos intérpretes contemporáneos de su obra: el paraguayo Juan Adolfo Duarte y el inglés Richard Durrant.


Agustín Barrios, el guitarrista clásico paraguayo más importante de todos los tiempos.

Las postrimerías del siglo XX depararon un redescubrimiento de un genio que yacía ciertamente en el olvido de la mano de varios intérpretes como Cayo Sila Godoy, Jhon Williams, Felipe Sosa y Berta Rojas, entre otros.

Así, para la primera década de este milenio ya se habían realizado varias exitosas ediciones del Encuentro Internacional de Guitarra Homenaje a Agustín Barrios “Mangoré” así como el concurso Barrios WorldWideWeb. En su primera edición, el premio del jurado se lo llevó el brasileño Glauber Rocha, en tanto que en la categoría de video más votado hace su primera aparición importante Juan Adolfo Duarte, por entonces con 25 años.

Profesor superior de guitarra clásica por el Conservatorio Nacional de Música, Duarte cuenta que su primer contacto con Mangoré se dio cuando tenía 12 años, específicamente una tarde en el patio del Instituto de Bellas Artes.





Mientras se dirigía al salón para la clase del día con el profesor Eduardo Benítez, se encuentra con que este estaba sentado en el patio ensayando unos acordes en la guitarra. Por alguna razón las clases fueron suspendidas y para romper el letargo del calor asunceno se puso a tocar varias piezas de Barrios al hilo. Una de ellas fue "Las abejas" y el joven aspirante a músico quedó deslumbrado. De esta manera, Barrios dejaría en él una impronta profunda que aún perdura siendo, he hecho, la influencia más importante en su formación y producción musical.

En el 2011 Duarte lanza “La guitarra en Paraguay. Compendio de obras paraguayas para guitarra clásica”, que incluye, además de las obras de Barrios, composiciones de Quirino Báez Allende y Felipe Sosa. Del repertorio mangoreano se incluyen “Julia Florida”, “Danza Paraguaya”, “Ha Che Valle” y “Londón Karape”.

Sobre este disco Duarte explica que “el espíritu de esta obra es recopilar el tesoro de la música paraguaya” y que además es una suerte de continuum de la “Guitarra paraguaya” de Felipe Sosa. En este material discográfico Sosa interpreta a Barrios y Quirino. “A su vez, yo toco obras de estos autores, además de las del propio Felipe”, sintetiza Duarte.

El arribeño

Un personaje ilustre de nuestra cultura es el popular arribeño, a veces devenido hasta héroe cultural. Sería este precisamente el caso del guitarrista inglés Richard Durrant, quien afirma que sus sueños de músico a tiempo completo se forjaron bajo el abrigo de las piezas de Barrios.

Como fruto de su contacto con la música de nuestro país Durrant grabó tres discos a los que califica como puramente “paraguayos”. En primer lugar “The Number 26 Bus to Paraguay”, que rinde tributo a sus piezas preferidas de Mangoré: “Cueca”, “Mazurka Apasionata”, “Danza Paraguaya”, “Aire de Zamba”, “Maxixe”, “Un sueño en la Floresta”, “Minuet”, “Gavota al estilo antiguo”, “Aconquija”, “Villancico de Navidad”, además de un reprise de la “Danza”.

La serie continúa con “Hijo de Hombre”, que entre el acervo de Barrios incluye el “Vals Opus ocho, No. 4”, los tres movimientos de la “Catedral” (Saudade, Andante Religioso y Allegro Solemne) y “Una limosna por el amor de Dios”. La selección se completa con “Gato Polkeado”, “Tarentelle” y “Florinda” de Quirino Báez Allende; “Villa Alondra” de Felipe Sosa; “Newcastle to Peterborough/Neike Javy’a” y “Cacique Jeroky” de Kike Pedersen, además de una obra propia, “Apretón de Manos”.


Richard Durrant y Juan Duarte, en la previa de un concierto realizado en Asunción en el 2013.

Entre tanto, tres solos de guitarra de Duarte integran “The Girl at the Airport”: “Panambi raity”, “Soliloquio” y “Romanza di un sole”. El disco está dedicado a las víctimas del desastre de Shoreham airshow, ocurrido el 22 de agosto de 2015 cuando durante una exhibición aérea un cazabombardero se estrelló en una zona urbana.

El álbum incluye además “Jha che Valle” de Barrios, “Our man in Asuncion” –variaciones de “Madrigal Gavota” con arreglos de Beto Barsotti–, “Recuerdos de Ypacaraí” de Demetrio Ortiz; “Vuelo de Luciérnagas”, “Melodía para Rosemary” y “Margaret” de Kike Pedersen; “El Cóndor Pasa” de Daniel Alomía Robles y de su autoría nos ofrece “The Girl at the Airport 1 y 2”, “Night Flight to Lima” y “La Isla del Paraguay”.

Además de ello, Durrant editó un libro titulado “The Number 26 Bus to Paraguay”, que fue publicado en el 2016 y que reúne pasajes biográficos, fotografías y partituras de cinco músicos paraguayos: Agustín Barrios, Quirino Báez Allende, Juan Duarte, Kike Pedersen y Felipe Sosa. El compilador también presenta obras de su autoría en las que resulta patente la influencia de los cultores de la guitarra clásica nacional.



El nombre del libro es un homenaje a la línea en la que desde niño hacía el trayecto de su apartamento en las afueras de Brighton, al sur de Inglaterra y a una hora de Londres, rumbo a sus clases de guitarra en Waterloo Street, Hove. En esos viajes durante varios años contempló el paso de las estaciones poseído por el hechizo de Agustín Barrios y el lejano y mítico Paraguay que construía en su imaginación.

En uno de los mejores momentos del libro, Durrant habla sobre un encuentro frustrado con Barrios en el Hotel de Lago de San Bernardino, que tuvo lugar en el 2011 durante su primera visita al país, cuando dictó una conferencia y ofreció una audición en el mencionado hotel, hospedaje y escenario de memorables conciertos de Barrios en los años veinte.

En un momento dado, el autor menciona que podía sentir la presencia del maestro que tanto le había inspirado y enseñado. Un noche despertó, se levantó y bajó las escaleras rumbo al bar convencido de que se encontraría con ese great man, según sus propias palabras, y a quien tenía tantas preguntas que hacer. Pero el bar estaba vacío y cayó en la cuenta de que llegó ochenta años tarde. A la mañana siguiente el fallido encuentro le hizo escribir una breve pieza musical, “Apretón de Manos”, cuyo manuscrito original dejó en una vitrina del hotel en caso de que Barrios volviera a pasar por allí, cuenta.

Sea una anécdota real o no, bien vale la ocurrencia literaria. Durrant, a más de ser uno de los más vibrantes intérpretes de la música paraguaya, con su libro nos propone un fascinante periplo a través de una diversidad de paisajes sonoros.

Durante su última visita en 2017, Richard grabó un emotivo y divertido video sobre ese viaje. Además de los conciertos que brindó, narra su visita al lago Ypacaraí, el encuentro con sus amigos, sus paseos por el centro de la capital y brinda una interpretación de "El último canto" en la plaza Uruguaya a manera de un hasta luego que esperemos pronto pueda concretarse.