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viernes, 16 de octubre de 2020

El ritual de iniciación

Historia de una broma pesada de estudiantes secundarios que terminó en una denuncia, además de imaginativas publicaciones amarillas sobre ritos satánicos en un colegio de Villa Elisa.


Foto: La Silla Rota.

Ese día yo no había ido al colegio. En realidad, no había llegado, pues me quedé a ver televisión en la casa de un amigo que vive por el camino. Una vez ya retornado a mi casa, mientras rompía los coquitos para tirarlo en mi taza de café con leche, escucho que alguien golpea en el portón. Salgo y veo que son Máximo y Joe. Salgo a atenderles.

-Él se quiere bautizar para entrar al clan –dijo Máximo mirando a Joe esperando su confirmación. Este asintió.

Entonces vamos directo a La Casita, una construcción abandonada que se encontraba enfrente de mi casa, que era nuestro lugar en el mundo. Ya estaba oscureciendo cuando llegó Javier para los aprestos finales del ritual como el encendido de velas y otras solemnidades.

Joe era una persona muy crédula y nos aprovechamos de eso para jugarle una broma en la que se entremezclaban una trama de mafias, satanismo, narcotráfico y sexo. Mil, Mono y Jorge participaron brevemente de mirones y luego se marcharon rápidamente como ya presintiendo que algún problema se iba a venir.

La primera prueba fue la entrega de una falsa cocaína. Un día Máximo trajo azúcar impalpable, yo hice la cata aspirándola por la nariz y como prueba de que la mercancía era buena reaccioné eufórico y arrojé unos pupitres contra el suelo. La primera misión de Joe consistía en llevar la mercancía hasta un local comercial del centro de Asunción, donde lo recibiría Gustavo Medusa, un alias que tomamos de la novela mexicana “Dos mujeres, un camino”, quien debía entregarle un maletín con 12 millones de guaraníes. La operación fue truncada por alguna razón, pero esto no fue impedimento para aceptar en nuestra cofradía al entusiasta neófito.

Como yo presumía entonces de metalero, me tocó presidir el oficio demoniaco. Lo único que sabía al respecto era lo de la cruz invertida y el padrenuestro al revés. Y así procedí a pronunciarlo ceremonialmente: “Erdap ortseun, euq satse ne sol soleic/ Odacifitnas aes ut erbmon”.

Yo gritaba como un poseso. Agarré un cigarro que había armado de hojas secas de tártago, inhalé una bocanada de humo y contuve la respiración hasta provocarme una tos que casi me desgarró los bronquios. Le hicimos fumar la falsa marihuana.

-Ahora vamos a hacerte la cruz invertida en los brazos y el pecho con las gotas de la vela –le indiqué.

Se remangó la camisa y cerró el puño como si se preparara para una extracción de sangre. Mientras las gotas calientes le caían sobre la piel, cerraba los ojos y respiraba agitado sin quejarse.

-Ahora debemos esperar una señal –agregué.

Tras un breve momento de silencio, Máximo dejó caer una hoja que, con gesto parsimonioso, pude tomar antes de que cayera al suelo sumando así efecto dramático a la escena.

Joe, haz sido bautizado por mí. Firma: Satán”, decía la carta que había escrito el acólito.

-Ahora ya vas a poder darle a Martha y a Noelia –le dijo Javier. Esa fue una de las promesas que le hicimos si se unía a nuestro grupo. Para ello contamos con la complicidad de estas compañeras, quienes antes le habían asegurado que, de ingresar a nuestra logia, tendría el privilegio de acostarse con ellas.

-Pero primero tenés que desnudarte ahora –añadió.

-¿Qué?, mbóre. Acá con ustedes. Váyanse a la puta –exclamó Joe agitando los brazos.

-Te dice nomás, te dice nomás –le tranquilizó Máximo mientras estallaba en carcajadas.

Entre tanto fumábamos unos cigarrillos y hablábamos relajadamente para agasajar al nuevo miembro, Javier hacía caer las gotas de vela sobre la cabeza de Joe sin que este lo advirtiera. Esto terminaría siendo el indicio que puso al descubierto toda la intriga.

La madre de Joe estaba muy preocupada por la inusual tardanza de su hijo. Cuando este al fin llegó, lo primero que notó fue el enorme mbaipy que tenía formado en la cabeza.

-Mba’e pio che memby la erekopa ne akãre –le preguntó alarmada.

-Nada mamá, nada mamá –le respondió apurado intentando huir hacia el baño, pero su madre se interpuso. Joe no pudo soportar mucho la presión y terminó confesando que había sido bautizado en un rito por sus compañeros de colegio. En la mañana siguiente, a primera hora fue a radicar denuncia ante la Comisaría 13 y la Fiscalía.

Lo primero que notamos el día después fue la ausencia de Joe en la fila. Ya en clases, en un momento el director interrumpe a la maestra y nos convoca a su despacho.

-Paulo, Máximo y Javier, a la Dirección ahora –expresó con tono imperativo.

Nadie sospechó que algo fuera de lo común había ocurrido, pues no era raro que fuéramos llamados por el director o que nos aplicaran sanciones disciplinarias como la firma del libro negro o alguna suspensión.

-Afuera hay dos policías que quieren hablar con ustedes –nos dijo con rostro adusto.

-Hay una denuncia policial y judicial contra ustedes de parte de la madre de un compañero por caso de drogas y satanismo –agregó para graficar la gravedad de la situación. Aunque no entendíamos bien qué implicaba eso, pronto asumimos que estábamos en problemas.

Subimos las escaleras del subsuelo rumbo al estacionamiento. Enseguida vimos a dos policías vestidos de particular parados al lado de un auto bordó lleno de abolladuras. Nos condujeron hasta el tinglado de un local deportivo y partidario que estaba pegado a nuestro colegio y allí nos interrogaron sin la presencia de ningún abogado ni nada.

-Mi papá me va a matar, mi papá me va a matar, decía Máximo muy asustado. Yo me limitaba a sonreír nerviosamente. En tanto, Javier parecía más despreocupado, pues de hecho era como una especie de Huck Finn. A lo sumo sería convocada su hermana Carolina, quien difícilmente habría podido abstenerse de estallar en risotadas al escuchar lo ocurrido. Súbitamente Máximo cayó en un ataque de risas, pero de lo asustado que estaba. No podía emitir palabra alguna. Solo se reía y tenía todo el rostro enrojecido.

-Parece que vos tomaste algo –dijo inquisitivo uno de los agentes.

-¿Qué es esto? –dijo el otro extendiendo un papel. Inmediatamente supimos de qué se trataba y yo me sentí más tranquilo al ver el “elemento de prueba” que tenían contra nosotros.

-Esa es la solicitud para inscribirse en la Confirmación acá en la iglesia –le explicó Javier. El oficial pareció avergonzado ante la aclaración y se metió el papel en el bolsillo de la camisa. Antes del “bautismo”, habíamos hecho completar y firmar una hoja que habíamos guardado luego de participar de la primera sesión para recibir el sacramento en la parroquia Virgen del Carmen. Entonces no había muchas cosas que hacer y la vida social se reducía al fútbol en el barrio, los torneos del colegio y las actividades de la iglesia para ver chicas.

Se aclaró que todo fue una broma, nunca más fuimos convocados a declarar y no recibimos sanción alguna en el colegio. Joe fue trasladado a otra institución por su madre, por lo que no terminó el año con nosotros.

No estoy para nada orgulloso de lo que les estoy contando, sino todo lo contrario. De hecho, hasta me sorprende cómo el hecho fue festejado, incluso por algunos profesores. Sin embargo, a pesar de todo creo que ayudamos a Joe a despertar de una inocencia que le pudo haber costado más caro. Las veces que nos volvimos a encontrar me habló sin rencor y charlamos de muchas cosas. Me quedé sorprendido de su mirada perspicaz sobre los más diversos asuntos.

-Yo ya no soy el mismo ingenuo –me aclaró una vez con firmeza.

-Sí, Joe. Ya lo sé –le respondí.


viernes, 31 de julio de 2020

La procesión

Durante una caravana religiosa se registró un grave y extraño evento que algunas versiones atribuyen al espíritu de un niño que deambula por el lugar.

Imagen ilustrativa: captura de video

Sobre esa mansión abandonada del barrio Rosedal de Villa Elisa había rumores e historias de todo tipo. Según uno de los tantos relatos que escuché, en la casa vivía una joven pareja que no hacía mucha vida social en el barrio y que tenía un hijo autista de unos siete años.

Nadie sabía mucho de ellos ni la rutina que transcurría detrás de las altas murallas de la casa de tres niveles, enclavaba en la cumbre de una de las zonas más altas de la ciudad. Cuentan que luego de la horrible muerte del niño se marcharon del lugar y que desde entonces nadie más volvió a habitar la casa.

A pesar del paso de los años y del desgaste, la residencia es una inexpugnable fortaleza con macizos muros coronados con alambres de púas y portones herméticamente cerrados con enormes candados. Hacia mediados de los noventa solíamos ir con mis amigos del barrio a esa casa durante nuestros recorridos hondita en mano jugando a ser cazadores.

No obstante el miedo que transmitía la mansión, quizá nuestras armas de niños nos daban la confianza necesaria para entrar pese a las horribles historias que se contaban sobre ella. Había un túnel en el que en medio de la oscuridad se podían apenas divisar unos grillos, cadenas y viejos barriles llenos de polvo.

En aquella época eran muy tradicionales y frecuentes las procesiones para rendir tributo a los diversos santos en su día. La festividad que reunía la más potente batería de pirotecnia era la de María Auxiliadora, que se celebraba el 24 de mayo con largas caravanas que recorrían los distintos barrios, cuyas calles eran adornadas para el efecto con banderines blancos y amarillos. A su paso el desfile era saludado por los devotos con la explosión de petardos y fuegos de artificio.

Cuando este tipo de peregrinación pasaba frente a la casa, el niño y su perro eran llevados al sótano, donde el padre cultivaba su afición por el añejamiento de vinos. En una ocasión, solo estaban la madre y el pequeño. En el momento en que escuchó a lo lejos la explosión de los petardos, la mujer se apresuró a llevar al niño hasta la bodega subterránea junto con el cachorro para tratar de disminuir el terrible ataque que sufría por el estruendo de las bombas. Estas hacían enloquecer al niño, quien cuando las escuchaba se presionaba la cabeza con vehemencia como si sufriera una jaqueca insoportable al tiempo de que gritaba y zapateaba contra el suelo desesperadamente.

Entonces la madre lo abrazaba y mientras intentaba tranquilizarlo lo sujetaba con firmeza contra su pecho. Mientras tanto, él trataba de escaparse y daba cabezazos contra el hombro o el rostro de su madre. A medida que iba creciendo la reacción era más violenta.

Cuando la explosión era muy cercana o la pirotecnia muy abundante, se ponía a gruñir como un animal salvaje mientras se daba bofetadas y se estiraba de los cabellos. Cuando lograba desprenderse de los brazos de su madre, se golpeaba la cabeza contra la pared. En las grandes festividades como Navidad y Año Nuevo debían encadenarlo para que no se haga daño.


Sobre la mansión abandonada se contaban historias y rumores de todo tipo.

Fue en un caluroso crepúsculo de mayo cuando ocurrió el terrible evento. La caravana se aproximaba a lo lejos, pero ya se escuchaba el estrépito. Cuando la madre ya se había acomodado en el sótano junto con el niño y el perro, de pronto sonó el teléfono. Antes de subir las escaleras para atender la llamada, abrazó fuertemente a su hijo, le dio un beso y le dijo que volvería enseguida.

Subió rápidamente, descolgó el tubo del teléfono y del otro lado escuchó la voz de su esposo, quien le pidió que busque en su agenda la clave de la radio del auto que estaba en avanzadas tratativas de venta.

-¿En qué parte está? –le preguntó ella.

-No recuerdo en qué parte. Revisá todas las hojas, por favor –le dijo casi susurrando.

Luego de buscar por varios minutos, finalmente pudo encontrar la clave de cuatro dígitos.

-Acá está. 9133 –le dijo algo fastidiada al ver que la había molestado por un número tan fácil de recordar.

Intentando compensar la molestia, él le dijo un par de cosas lindas y se quedaron hablando un cierto rato. Un par de minutos después se despidieron y ella colgó el teléfono. Se quedó abstraída por un momento. Así se quedó perdida en el sopor de sus pensamientos cuando de pronto volvió a sí misma sacudida por la descarga de los cohetes, uno de los cuales estalló bien cerca de la ventana.

-¡Hijo! –exclamó angustiada.

Bajó corriendo los escalones hasta el subsuelo, donde se encontró con una escena atroz: el perro degollado y el niño se había cortado la mano izquierda con una sierra y exhalaba sus últimos suspiros empapado en un charco de sangre. Tenía la piel azulada y un sudor frío emanaba de sus sienes llegándole hasta el cuello. Estaba inconsciente por efecto de la hemorragia. La madre tomó una sábana, envolvió completamente la mano herida y lo alzó para llevarlo al hospital, pero todo fue en vano. Ya nada pudo hacerse. Cuando llegó a sala para recibir una trasfusión de urgencia, el niño murió desangrado.

Luego de lo ocurrido, nunca más se supo de la pareja y nadie volvió a ocupar la vivienda. Esta historia permaneció por mucho tiempo olvidada hasta unos raros sucesos que tuvieron lugar hace no mucho tiempo durante el día de María Auxiliadora.

Cuando la procesión estaba pasando frente a la mansión abandonada, justo en el momento en que uno de los feligreses se aprestaba a encender una bomba 12x1 y apuntarla al cielo, antes siquiera de poder escucharse la detonación, la mano de uno de los parroquianos estalló en el aire entre el humo de la pólvora. El hombre se puso a gritar casi desvanecido por el dolor.

-¡Ay!, ¡mi mano, mi mano! –se lamentaba entre gritos y rugidos.

Sin embargo, al momento de ser socorrido por los concurrentes, estos se percataron con asombro de que no era una quemadura, sino el corte limpio de una filosa guillotina.

sábado, 18 de julio de 2020

Los arcades en la Villa Elisa de antaño

Un breve repaso de las casas de videojuegos más emblemáticas que funcionaron en nuestra ciudad en los años noventa. Te invito a embarcarte a este viaje pleno de nostalgia por esos establecimientos de finales del siglo pasado. 


 

Las máquinas de videojuegos a ficha o monedas son una de las tantas formas de entretenimiento y negocios que han desaparecido al paso del avance de la tecnología y la accesibilidad. Yo empecé a ser asiduo concurrente de estas casas allá por el año 1995, cuando tenía doce años y andaba siempre deambulando por Villa Elisa en búsqueda de aventuras montado en mi bicicleta.

Yo era especialmente habitué de Lalo, que estaba sobre la avenida Américo Picco casi Guavirá, donde el juego de culto era Mortal Kombat. Allí atendía la madre de Lalo, doña Margarita, con su nieta María Eugenia, quien ahora vende en el lugar deliciosas hamburguesas caseras.


Lalo, un verdadero templo para los gamers villaeliseños de mediados de los noventa.
 

El otro era Chile Sur, también sobre Américo Picco, pero bien “en el pueblo”, como decíamos antes, a unos pasos de la municipalidad y del actual Paseo de los Ilustres. Esa era entonces la única cuadra de camino interno asfaltada de Villa Elisa.

Esta era la casa con más diversidad, donde los juegos más populares eran Mortal Kombat y Street Fighter, ambos también éxitos de taquilla en sus respectivas versiones cinematográficas.  


Uno de los lugares pioneros en la ciudad fue el desaparecido Chile Sur.
 

A pocas cuadras estaba Jovino, al costado de la plaza Von Poleski, sobre la calle Mariscal López casi Virgen del Carmen.

El local más escondido era Don Rey, en Venezuela casi Colombia. Aquí también se juntaba la cofradía de los adeptos a Mortal Kombat.

De este lugar me queda un recuerdo poco grato. En una ocasión, iba para lanzarme en bicicleta a la pendiente que está en la otra cuadra, la que termina en la calle José Asunción Flores, cuando repentinamente escucho que Gustavito me grita.


Jovino, un emblemático local de juegos frente a la plaza que sigue funcionando en otro rubro.

-Vení, rápido, estoy ganando –exclamó entusiasmado.

Frené bruscamente, giré, puse la patita y dejé la bici en la vereda. No había tiempo de ponerle la cadena. Le ganó a Goro y luego debía enfrentar al jefe de todos, el hechicero Shang Tsung, quien se comía el alma de quienes había derrotado, por lo que tenía el poder de adoptar la apariencia y los poderes de los luchadores vencidos.

Gustavito jugaba, como la mayoría lo hacíamos entonces, con Liu Kang, también el héroe en la película, cuya trama gira en torno a una competencia de artes marciales a muerte para salvar la tierra.

Agónicamente, en el tercer round, logró que la bola de fuego de Kang dara en el blanco aplicando el golpe de gracia. Tsung cayó para no levantarse más. Ya no dio tiempo para el Fatality. Estallamos de alegría. Contemplábamos extasiados la ceremonia y los honores al campeón del torneo.

Sin embargo, la alegría no duraría mucho para mí, pues al salir me encontré con que mi bici ya no estaba. Me puse a correr y la busqué por todas partes, pero sin resultados. Caía la llovizna y anochecía mientras yo seguía deambulando sin rumbo. Aquella sería la última aventura que viví con ese gladiador de dos ruedas.



Don Rey, lugar al que hice mi último paseo en aquella bicicleta Fera USA azul.

jueves, 2 de julio de 2020

Las extrañas andanzas de las ánimas de Sanidad Kue

La historia de Kelly, una mujer que recibió una misteriosa visita durante una calurosa siesta. ¿Quién era y de dónde provenía?

Ilustración: Noelia Centurión

Se habían casado hace no mucho. Él era un funcionario de medio rango de un banco y cansado de vivir en alquiler decidió sacar un préstamo para comprarse una casa fuera de Asunción, en el barrio Mbocayaty de Villa Elisa, aunque eso le valiera casi cuatro horas diarias atrapado en el caótico tránsito. Esa bella mujer de cabello ensortijado y de aires caribeños bien valía eso y mucho más.

Ella se llamaba Kelly y él, Rubén. Ambos estaban cerca de los 30. Ella era una pelirroja voluptuosa de piel dorada y él un tipo normal, trigueño de estatura promedio, más o menos de 1,72. A ella la pandemia la dejó sin trabajo, mientras que él de a poco iba retornando a su rutina laboral. Sin embargo, muchas veces llegaba un poco más temprano cuando lograba crear una excusa verosímil para escaparse de la oficina antes de que el tráfico se vuelva insoportable.

La casa era uno de esos típicos chalets estilo Conavi con ventanas de blíndex y estaba cerca del lugar conocido como Sanidad Kue (Ex-Sanidad), un antiguo dispensario médico que funcionó como hospital de heridos en la retaguardia del Ejército paraguayo durante la Batalla de Ytororó, que tuvo su epicentro a unos 6 kilómetros hacia el sur, en la actual Ypané, durante la Guerra de la Triple Alianza.

En el barrio abundaban los relatos sobre movimientos extraños en torno a la vieja edificación, que hacia los años cincuenta funcionó también como refugio de enfermos de tuberculosis. Según la leyenda, estos llegaban hasta el alejado puesto para beber de las aguas del arroyo y escupir luego en su curso esperando que se obre el milagro de que la corriente se lleve consigo esa tos con sangre, la fiebre, la fatiga y los escalofríos.

-Ápeko heta oĩ omano’asyva’ekue. Lasánima osẽjipi ojeporeka tembi’úre, cañare ha heta vece ombohyeguasu kuñáme. Ojuka mymba ajeno avei (1) –cuenta Abuelo’i, un viejo poblador del barrio, mientras fuma su cigarro y le da un trago a la caña.

La casa de Kelly y Rubén no era ajena a estos acontecimientos misteriosos. En varias ocasiones, especialmente durante las noches, les despertó el ruido de la descarga de agua de la cisterna del baño, como si alguien estirara la cadena, además de portazos y corridas al interior de la habitación. Había momentos en que la luz se prendía o apagaba como si nada.



Los antiguos pobladores de la zona aseguran que se registran extraños eventos en torno a la vieja edificación de Sanidad Kue.

Si bien habían intentando no prestar mucha atención a estos eventos, la aprensión ciertamente crecía. Aquel día Rubén llegó inesperadamente más temprano de lo habitual, poco después del mediodía. Kelly ya había almorzado y se aprestaba a tomarse una siesta. El agobiante calor la había agotado. Era lunes y la casa quedó hecha un desastre tras la visita de unos amigos para el asado del domingo. Esa mañana cayó un aguacero y el quincho estaba lleno de colillas de cigarrillo, latas de cerveza y hojas y ramas esparcidas por la lluvia y el viento. Con la humedad que había, el sol era aún más sofocante.

Ella acababa de cerrar los ojos cuando escuchó que Rubén entraba a la habitación.

-Hola, mi amor. Qué temprano viniste hoy –dijo ella.

-Estaba con dolor de garganta y me enviaron de vuelta –le explicó.

-Se te escucha un poco ronco –agregó ella.

-Sí, me cuesta un poco hablar –se excusó para cortar la conversación.

Se acostó a su lado y la abrazó desde atrás. Empezó a acariciarla suavemente desde la cintura, bajó por sus muslos, recorrió debajo de su vestido hasta subir nuevamente hasta sus hombros. A pesar del calor, Rubén tenía las manos heladas y un aliento gélido.

-Ayy, tus manos están congeladas –se quejó Kelly.

Él no respondió y siguió en lo suyo. Le hizo a un lado el cabello, le besó el cuello, bajó hasta su espalda. La puso boca para abajo y la empezó a desnudar.

-Ahh, ahh, ahh –gemía ella. Él jadeaba mientras se metía entre sus piernas y le lamía suavemente la oreja. La penetró con firmeza. Ella encorvó al espalda y empinó las caderas. Luego se puso boca arriba, abrió las piernas y lo aprisionó como un pulpo hambriento. Hicieron el amor intensamente como si no lo hubieran hecho en mucho tiempo, especialmente él. Estaban empapados de sudor. Hacía casi 40 grados y el acondicionador de aire apenas brindaba un poco de tregua ante el sol inclemente de esas horas que se filtraba por los cristales de la ventana.

Luego de terminar, se quedaron abrazados en la cama sin decir nada. Luego él se levantó. Ella le preguntó adónde iba, pero Rubén salió de la habitación sin emitir palabra alguna.

-Quizá haya salido un rato a comprar algo –pensó ella.

Sin embargo, pasó casi toda la tarde hasta que, cerca de las 18:00, Kelly escuchó el sonido de la llave abriendo la puerta y vio a su esposo entrando a la habitación con la misma camisa y corbata que se puso esa mañana para ir a trabajar.

-¿Por qué te cambiaste de nuevo? –le preguntó.

-¿Adónde te fuiste que tardaste tanto? –agregó sin darle tiempo de responder la primera pregunta.

-Cómo qué a dónde, ahora estoy llegando de trabajar. Qué hay para comer, estoy muy cansado –le respondió casi sin ganas.

Ella se quedó desconcertada y sin saber qué decir. No quiso hablar más del asunto. Ahora está embarazada de tres meses, exactamente el mismo tiempo que transcurrió desde aquella extraña visita que tuvo durante esa calurosa siesta.

Nota:
(1) Muchas personas tuvieron aquí una dolorosa agonía. Las ánimas suelen salir a rebuscarse por comida, caña y muchas veces embarazan a las mujeres. También matan animales ajenos.

Advertencia: Ambientación en Paraguay de una experiencia compartida por la venezolana Kelly Rojas en un grupo virtual de relatos de misterio.

sábado, 27 de junio de 2020

Muerte en la noche de San Juan

Una mañana de domingo los vecinos del barrio Centro de Villa Elisa denunciaron a la Policía el hallazgo de un cuerpo al costado de un camino apenas transitado a unas cuadras de la plaza Von Poleski. El informe forense indicó que el fallecido había recibido 27 puñaladas. ¿Quién era y por qué semejante ensañamiento?

Foto: paraguay-nembosarai.blogspot.com

Corrían mediados del año 2006 y hacía apenas un tiempo que Remigio había llegado a la ciudad de Villa Elisa desde Areguá. Dicen que andaba en la clandestinidad a raíz de que estaba involucrado en el asesinato del hijo de un policía. También recuerdan de él que tenía nueve entradas a la cárcel, la mayoría por casos de hurto agravado.

Indagando superficialmente sobre su prontuario, se encuentra un reporte periodístico del 22 de octubre de 2004 en el que se lee que Remigio, quien entonces tenía 27 años, cayó junto con otros dos hombres luego de intentar asaltar a una pasajera de la Línea 30 en pleno microcentro de Asunción. Los voceros policiales informaron entonces que los tres contaban con antecedentes penales por distintos delitos.

Por este y otros hechos se fue construyendo la fama atemorizante de un delincuente decidido a jalar el gatillo, fuese o no necesario. El primer calificativo que evocaba era el de “peligroso”. Remigio era de estatura media, de tez morocha, bien curtida por el sol, de cabello oscuro y abundante cortado al estilo taza. Ese día vestía sus tradicionales jeans, remera, una campera de cuero negra y una llanta deportiva. Sus conversaciones, refieren quienes lo conocieron, giraban siempre en torno a riñas y frecuentemente se jactaba de los rastros de machetazos que tenía en distintas partes del cuerpo. Tenía el mote de “Mala energía” y actuaba como si fuera inmortal.

Aquella noche de sábado había una fiesta de San Juan en el “poli”, un establecimiento deportivo ubicado en el límite entre los barrios Centro y Mbocayaty de Villa Elisa. En horas nocturnas era un punto de encuentro para la fumata, las pastas, la coca y el alcohol. No obstante, para aquella fiesta se anunciaba la presencia de Quemil Yambay, por lo que todo el vecindario se dio por convocado en el lugar para presenciar la actuación del popular humorista.

Ese día había una fiesta de San Juan en el “poli”, que durante las noches era un punto de encuentro para la fumata.

Allí estaban en corro, entre otros, Eduardo, Luis y Ricardo, que empezaban una nueva noche fría en el barrio sin sospechar aún el trágico desenlace que marcaría de un momento al otro sus vidas para siempre. En esa ronda también estaban Tamara y Berenice, unas chicas desconocidas a las que encontraron por el camino y que de mero intentar invitaron a la fiesta y que inesperadamente aceptaron. 

Aunque presumían de rockeros, no podían evitar dejarse llevar por el ritmo pegajoso de la cumbia villera flexionando las rodillas siguiendo el ritmo de la cumbia y cada tanto alzaban los brazos y cantaban eufóricos cuando alguna letra interpelaba. “El que quiere una tuca fumanchar / que levante las manos”. El vaso de vino con coca corría de boca en boca así como los cuartitos de clona. Entre el porro y tanto jugo loco los pasos falseaban cada vez más. De pronto se pusieron a recorrer todo el local pidiendo monedas. Luego surgió la merca. A levantar bien a fondo y a seguir la fiesta como si nada.

La patrullera de la 13 pasaba y pasaba. La paranoia empezó a asomar, por lo que Luis decidió guardar su 38 en una esquina oscura donde las malezas cubrían casi todo el alambrado. Llevaba un arma consigo, aunque su oficio no era el de asaltante. El revólver fue apenas una ganga irresistible que surgió durante un rescate en Republicano y que no pudo desaprovechar. Era una Smith & Wesson niquelada con una empuñadura con detalles de madera. Además de hacerle sentir confiado, el arma era un poderoso elemento disuasivo ante las abundantes amenazas que acechan la vida de loco. Dispararla en plena noche hacia la nada era un pasatiempo que ha menudo se tomaban y que a los tres les hacía sentir poderosos.

La música sonaba estridente a través de los viejos altavoces desplegados en el improvisado escenario armado para el show. El ansia de la concurrencia crecía y todos esperaban que al fin aparezca el artista de la noche para hacer su número y dar un momento de distracción y risas en medio de la monótona rutina del barrio, donde no abundaban los espectáculos en vivo.

De súbito irrumpió Emilio, quien, con una ira apenas contenida, contó que en el paredón contiguo hacia el tape po’i Remigio le apretó con un cuchillo y le quitó todo el dinero que tenía, provocándole además una raspada que le causaba un cierto escozor. Quedaron en que arreglarían las cuentas después de la fiesta.

"Bendición" de San Juan


Remigio hizo una pequeña pelota con los billetes para acomodarlos en su bolsillo, encendió un cigarrillo y se puso a observar atentamente todo a su alrededor recostado por la pared esperando el momento oportuno para toquear algo más. Cuando se aprestaba a picar la yerba para un faso, pudo ver cuando Luis fue a dejar algo hacia el yuyal. Esperó un momento y se aseguró de que nadie lo estaba mirando, caminó rápidamente hacia el lugar y se encontró con la sorpresa de que era nada más y nada menos que un fulgurante revólver calibre 38, grande y potente. Dos golpes rápidos y ya había salvado la noche.

-Bendición de San Juan –pensó. Luego se retiró raudamente del lugar en dirección al bajo. Sin embargo, Ricardo, quien lo había estado vigilando mientras recogía el arma, lo siguió silenciosamente sin decir nada a los demás.

De repente se acercó a la ronda un hombre, pequeño y viejo, y le dijo a Luis:

-Remigio ogueraha amo ñanandýgui pe nde reñongatuva’ekue (Remigio agarró eso que guardaste en el yuyal).

Luis y Eduardo se miraron y automáticamente giraron la cabeza en todas direcciones buscando alguna señal que indique por dónde se había ido Remigio. El rápido golpe de mirada no reveló nada en aquella noche de invierno en la que una brisa levemente fresca creaba el ambiente propicio para el mbeju, el pastel mandi’o y otros manjares de esta época del año.

Por las dudas fueron a examinar nuevamente el lugar, pero solo pudieron corroborar que el arma ya no estaba.

-Jaha ógape jagueru kyse ha upéi jaha jaheka chupe (Vamos a casa a buscar algún cuchillo para ir a buscarlo) –propuso Eduardo, a lo que Luis asintió inmediatamente. Ambos salieron eufóricos y enojados. Estaban resueltos a recuperar el arma, más aún sabiendo que solo tenía dos balas y que a veces solía fallar.

Eduardo despertó a toda su familia con el tremendo alboroto que armó mientras hurgaba entre los enseres de la cocina buscando el cuchillo ideal para enfrentar a un temido bandolero que ya no tenía nada que perder, excepto la vida misma. Salió con un cuchillo de asador en la cintura y otro más pequeño en la mano para dárselo a Luis. La pesadez de los hipnóticos con alcohol se disipaban y la sangre empezaba a hervir.

Pensaron que la primera movida que haría Remigio era sacarle el jugo al arma: asaltar a alguien o empeñarla. La forma más rápida y segura de llegar sin ser advertido a la plaza central de la ciudad, donde podría encontrar más fácilmente una víctima o alguien a quien empeñarle o venderle el arma, es un camino intransitable para los vehículos por la erosión del suelo causada por los raudales, al costado mismo de la actual Ciudad Mujer, que en aquella época era un baldío que hacía las veces de vertedero.

Repentinamente, en medio de la pálida luz del día que despuntaba, advirtieron que Remigio y Ricardo estaban forcejeando. En un momento dado, Remigio logró sacudirse, tomó cierta distancia, sacó el arma y apuntó en varias direcciones sin poder enfocar bien su objetivo, ya que le costaba mantenerse de pie. Sus perseguidores se tiraron a un costado del camino buscando ocultarse entre los yuyales e instantes después la boca del fuego del cañón emitió un fuerte estruendo, pero la bala no dio en nadie.

Entonces se dispuso a ajustar la puntería, directo hacia Eduardo, pero el golpe del martillo se quedó corto sin alcanzar con suficiente fuerza el tambor para expulsar el proyectil. Cuando se predisponía a jalar de nuevo del gatillo, Eduardo saltó de su escondite y hundió la hoja de la Tramontina hasta el mango directo en la yugular de Remigio. Este emitió un grito apenas audible y cayó al suelo moviéndose apenas y con las dos manos se presionaba el cuello intentando inútilmente parar la hemorragia.

Cuando cayeron en la cuenta de lo que habían hecho, se asustaron y asumieron que estaban en un gran aprieto. Sin embargo, antes que desistir, el temor a una más que segura represalia se impuso, por lo que los tres, cada uno a su turno, le asestaron otras tantas puñaladas al cuerpo ya inerte entre el pecho, las costillas y el abdomen.

-Kóa oikovérõ oúta ñandejuka. Jajuka porã manteva’erã (Si este vive, va a venir a matarnos. Tenemos que matarlo bien), exclamó Eduardo, quien estaba temblando y apenas podía pronunciar las palabras. Estaba pálido y a punto de desmayarse.

-Sí, kóa jaasegurava’erã o si no hendýta ñane ndive (Sí, a este tenemos que asegurarlo o si no se va a complicar nuestra situación), apoyó Luis.

La claridad del nuevo día se hacía cada vez más nítida. A lo lejos se acercaban personas caminando. La mayoría volvía de alguna fiesta, probablemente del desaparecido balneario Vera Cruz, actualmente convertido en sucursal de una cadena de supermercados.

-Qué loco ko personaje, moõpio ou ñanderecha’i (Qué loco este tipo para venir así a querer hacernos de menos) –repetía nerviosamente Luis como intentando justificar ante sí mismo lo que habían hecho. Luego se pusieron a discutir sobre qué harían con el cuerpo. Primero pensaron en tirarlo a una zanja para que no amanezca en pleno camino a la vista de todos. Pero bruscamente emergió otro contratiempo, que al final provocaría que todos cayeran a pesar de que el amanecer lluvioso ofrecía sus mejores oficios para ocultar las eventuales pistas que pudieran delatarlos.

-Ndéra kóre, ho’a che cédula (A la gran puta, se cayó mi cédula)–exclamó Ricardo.

La situación empezaba a salirse de control. Se olvidaron por un momento del cadáver y empezaron a rastrillar con las manos bajo los primeros albores del nuevo día. Los vecinos empezaban a percatarse de que algo fuera de lo corriente estaba ocurriendo, que allí había algo más que la típica escena de jóvenes veinteañeros tratando de llevar a casa a un amigo borracho.

-Nde, amboviajáta kóa avei. Kóa ho’áta ha ocantáta ñande rehe (A este también le voy a hacer viajar. Este va a caer y nos va a delatar) –amenazó Luis mientras desenfundaba el arma y miraba de manera desafiante a Ricardo.

-No, mba’éichapio ejapóta péa. Tuicha problema jarekomavoihína (No, cómo vas a hacer eso. Ya tenemos suficientes problemas)–insistía Eduardo intentando hacer desistir a su amigo de cometer otro asesinato empeorando una situación que de por sí ya se presentaba complicada.

-No, mba’éichapio oitýta la icosa (No. Cómo va a echar sus cosas)–se ratificaba Luis en su propósito de eliminar a su cómplice para borrar las pistas.

-Jaha katu mombyry porã (Mejor vamos de aquí bien lejos a escondernos) –reiteraba Eduardo hasta que finalmente logró convencerlo de huir del lugar.

Ricardo asumía su culpa y no emitía ninguna palabra mientras se discutía su suerte. Decidió marcharse en silencio y fue rápidamente hacia su casa a cambiarse la ropa totalmente ensangrentada que llevaba puesta. Intentó dormir un poco, pero no pudo. Lo mismo Luis. Además del implacable insomnio después de la cocaína, la idea de que habían hecho algo grave no dejaba de rondar y la sombra de que un gran problema se les vino encima acosaba sin cesar. Entonces vacilaban entre quedarse y actuar como si nada hubiera pasado o esconderse.

La fuga


Eduardo llegó a su casa con la firme determinación de preparar unas pocas cosas y huir lo más rápido posible. Iría junto a su madre, quien vivía en Coronel Oviedo. Ya lo había decidido.

-Mba’épio la ejapova’ekue? (¿Qué fue lo que hiciste?) –le pregunta Leticia, su hermana, cuando este atraviesa la puerta de la casa.

-Sarambi eju ko de madrugada ejapo ápe. Napépe oîmbáma la policía hína (Viniste a hacer desastre de madrugada. En la otra cuadra ya está toda la policía) –le reprendió de nuevo.

Una vez listo su pequeño equipaje, Eduardo bajó sigilosamente por el tape po’i (1) y se escabulló a través del patio baldío para ver qué ocurría al otro lado de la cuadra. Entonces observó que Ricardo ya estaba esposado y estaba siendo subido a la patrullera. Su cédula había amanecido caprichosamente enredada entre las ropas del cuerpo tendido boca arriba e impregnado de barro.

En la casa de Ricardo, además de rastros de sangre en sus ropas, se encontró el champión del fallecido. De allí todo fue en cadena. El siguiente en caer fue Luis, quien decidió adoptar la estrategia de quedarse y actuar como si nada hubiera ocurrido. Ya la policía iba rumbo a la casa de Eduardo cuando este se encontró casualmente en la calle con Mauricio, quien iba a bordo de su moto.

-¿Qué pio pasó anoche? –le inquirió.

-No, no sé, yo me tengo que abrir –dijo Eduardo cortando bruscamente la conversación.

-Bueno, subite y vamos –se ofreció Mauricio.

Al girar la esquina divisaron la patrullera, que ya iba rumbo a la casa de Eduardo para arrestarlo. Se salvó por unos segundos. Los policías ubicaron rápidamente la casa de los tres, a quienes ya los conocían debido a que en varias ocasiones fueron cachados fumando porro en la plaza.

Asustado, Mauricio condujo directo hasta la casa de su cuñado, Julio, quien agotaba los últimos gramos de la bolsa que rescataron con Brave. Prepararon dos líneas para los visitantes y entonces Eduardo se puso a relatar los detalles de lo que había ocurrido entre la noche anterior y la madrugada. Todos escuchaban entumecidos.

De golpe Julio dejó la silla y se puso a hurgar entre sus cosas. Luego le tendió a Eduardo un par de billetes, que totalizaban unos 40.000 guaraníes, para que se fuera lo más lejos posible de inmediato.

-Tomá, andate, no sé dónde, pero andate – le espetó.

Eduardo subió nuevamente a la moto con Mauricio, quien lo llevó hasta una parada sobre la avenida Américo Picco, donde tomó un micro directo a Calle Última a fin de abordar un bus que lo llevara hasta Coronel Oviedo, su lejano escondite. Pero alguien ya había anticipado sus pasos. Apenas se aprestaba a acomodarse en un asiento de un colectivo de la Ovetense, observó con sorpresa que su padre también se estaba subiendo al mismo bus.

-Sentate vamos a hablar –se limitó a decirle don José. Esa mañana lluviosa de domingo el colectivo estaba casi vacío, por lo que durante el trayecto pudo ponerle al tanto de los pormenores del caso. Luego de escucharlo atentamente, don Pepe, como también se lo conocía, le encargó que no le cuente nada a su madre.

Llegaron a la terminal y fueron directo a tomar un taxi para abandonar rápidamente la estación de buses. Una vez que llegó a la casa de su madre, esta sintió una sospecha inmediata ante la inesperada visita de su hijo, quien además llegaba en compañía de su padre, el exmarido de ella, lo cual abonaba aún más el mal presagio que tenía. El instinto de una madre no podía fallar.

-Mba’épa la oikova’ekue la eju hag̃ua nde túandi ko’a peve? (¿Qué habrá pasado para que vengas hasta acá con tu papá?) –inquirió doña Marta.

-Mba’eve, mamá. Ajúnte porque ndavy’ái (Nada, mamá. Vine solamente porque no estaba contento por allá) –mintió inútilmente.

Las corazonadas que le indicaban que algo andaba mal se confirmaron unas semanas después cuando el nombre de Eduardo salió en el diario. Era señalado como el único prófugo por el caso del brutal asesinato de un hombre, cuya vida fue segada de 27 puñaladas, y que la Fiscalía lo citaba por segunda vez para prestar declaración indagatoria, declaraba su rebeldía y ordenaba su captura.

La entrega


Así anduvo más de cinco meses hasta que cedió a la insistencia de su madre de entregarse para aclarar la situación a fin de que su nombre no quede manchado para siempre y ante la zozobra permanente del riesgo de caer preso en algún retén policial.

Así lo hizo y volvió a Villa Elisa para comparecer en el día y hora que señalaba la citación. Declaró ante la Fiscalía y luego fue derivado al calabozo de la Comisaría Trece. Allí estuvo casi un mes. La cena de Navidad de ese año la compartió con los policías hasta que fue trasladado a Tacumbú, donde recibió el 2007.

-Che ndaroviái que peê pejapo kóa. Máa ojapo? Ere porã chéve (Yo no creo que ustedes hayan hecho eso. Decime bien quién fue) –le sondeó una vez el oficial Gutiérrez.

El que la sacó más barata fue Luis. Su madre logró reunir el dinero suficiente para que su hijo sea beneficiado con la prisión domiciliaria. Ricardo, quien entonces tenía 17 años, estuvo unos seis meses en el "centro educativo" para menores Panchito López hasta que, cuando debía ser trasladado a una cárcel de adultos, recibió medidas alternativas. El fiscal pidió prórroga para presentar su requerimiento conclusivo y solicitó medidas alternativas a la prisión para los procesados, un pedido que fue otorgado por el Juzgado.

-Peême la pende salváva es que avavéa ndoúi odenuncia (A ustedes lo que les salva es que nadie vino a denunciar) –les dijo el agente fiscal encargado del caso al término de la audiencia, momentos antes de que sean subidos a la patrullera para ser llevados a sus casas a cumplir la reclusión domiciliaria mientras esperaban la resolución de la causa.

Del nicho erigido en memoria de Remigio solo queda la base, apenas visible entre el yuyal.
Sin embargo, nunca nadie fue convocado de nuevo para la audiencia preliminar ni mucho menos para un juicio. Al cabo de cierto tiempo, el padre de Eduardo fue a averiguar sobre el estado de la causa, pero le dijeron que ya estaba extinguida, que se olvidara de ello.

Aunque ya el caso haya fenecido y pocos lo recuerden aún, en esas charlas de invierno en torno al brasero, aderezadas con tragos de Ari con pomelo, no faltan los relatos sobre extrañas visiones que asaltan a los transeúntes que toman por la noche ese oscuro atajo. Hay quienes aseguran que, a la altura misma del derruido nicho erigido en memoria de Remigio, se les apareció la imagen de un hombre que emitía un grito de agonía apenas audible para luego terminar sucumbiendo al sonido suave, pero implacable, del metal atravesando la piel y golpeando los huesos como un martillo.

Nota: 

(1) Sendero estrecho 

Advertencia: todos los nombres, excepto el del fallecido, son ficticios. En resguardo del anonimato de las fuentes se agregaron detalles fantasiosos a la narración.

lunes, 18 de julio de 2011

El Nuevo Cinema Paradiso




Mucha gente se quedó afuera, sin una butaca en el cine. Alfredo mira a Toto. Le muestra un truco. Desvía ligeramente el cristal del proyector hasta que las imágenes de la película se dibujan en una de las paredes que rodean la plaza, donde se encuentra la gente que no tiene cabida en la fiesta. La pobreza no es sino riqueza mal distribuida, diría Osvaldo Bayer. De pronto se genera una chispa y empieza a arder la cabina del Cinema Paradiso. La metáfora de Prometeo, quien llevó el conocimiento al pueblo arrebatando a los dioses las llamas del fuego del Olimpo y por ello fue castigado con toda la ira del discurso único, encadenado a una roca donde un águila le comía el hígado. El poder no admite otras narrativas más que las suyas. Alfredo se quedó ciego, pero llegó a darle la llama a Toto.
La película del director italiano Giuseppe Tornatore, al menos tal como yo la viví, es una alegoría de la democratización del conocimiento y las artes y, sobre todo, un emotivo homenaje al cine, que se resiste a sucumbir ante las TV plasma y las proyecciones parafernálicas en 3D. Siempre habrá alguien que prefiera la pequeña sala a ver criaturas verdes a través de unas gafas en los hipersalones de los shoppings centers.
Nuevo Cinema Paradiso le llamo, en homenaje a este filme, a un encuentro en mi barrio que empezó el domingo pasado y pretende extenderse por muchos más, en el que convocamos a la gente que normalmente no tiene otra opción que la que le impone la dictadura  del capitalismo mediático. Iniciamos el ciclo justamente con el Cinema Paradiso en el local de la Asociación Comunitaria del barrio Gloria María, Villa Elisa,  sobre la calle Haití casi Jamaica.
Fue más que una simple reunión para ver una película, si ello acaso de por sí no constituyera un avance importante. Considero que, como Alfredo, contribuimos al proceso de democratización y redistribución del capital simbólico convencidos de que los sectores populares tienen la urgencia impostergable de disponer de, y a nosotros nos toca la obligación de brindar, un flujo comunicacional más plural que ofrezca otros universos discursivos además de los proporcionados por los multimedios monopólicos, su industria de la distracción, sus superhéroes de metal herrumbrado y su feria de entretenimiento, donde se trafica esencialmente basura.  Invitamos a todos los que creen, y por supuesto a los que no también, que una democracia con estos niveles de inequidad y marginación es impracticable a que se acerquen todos los domingos a las 11:00 de la mañana en el Nuevo Cinema Paradiso.