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domingo, 12 de julio de 2020

El triplero de Villa Campeona

A menudo iba a practicar lanzamientos a la emblemática cancha del barrio San Pablo de Asunción. Cada vez que la pelota se iba hacia una parte oscura, una extraña presencia me la devolvía desde las sombras.



Ir a lanzar los domingos por la noche a Villa Campeona se había vuelto una rutina obsesiva. Salía del trabajo, tomaba la bici e iba directo a esa plaza escondida en un callejón sin salida del barrio San Pablo, entre las calles Panambi Vera e Indio Francisco, un ícono para el mundillo basketbolístico de Asunción y las sureñas ciudades vecinas del Área Metropolitana, en especial Fernando de la Mora.

El lugar fue bautizado así en honor a las campeonas sudamericanas de basketball de 1962, que ganaron el certamen de manera invicta. En una memorable final que tuvo lugar el 8 de mayo en el desaparecido estadio Comuneros, la selección de Paraguay derrotó a la de Brasil con un agónico gancho de Edith Nunes, la capitana del equipo, estando uno abajo, con marcador final de 53-52.

El equipo completo estuvo integrado por Edith Nunes, Arminda Malatesta (+), Úrsula Echagüe, Jovina Echagüe, María Estela López, África Sosa Bataglia (+), Aida González, Julia Ortiz (+), Elda Miers, Virgilia Figueredo, Olga Bikov, Francisca González, Alcira Llorens y Gladys Prieto. Foto compartida en Facebook por Enrique Gaüna.

Nunes fue también la máxima anotadora del torneo, con 166 tantos. En el partido definitorio Paraguay jugó con Edith Nunes (19 puntos); Dionisia Echagüe (4); Estela López (10); Arminda Malatesta (13); Nunila Echagüe (7); Aida González y Olga Bikov, detalla una publicación de Comunicación Integral Digital. El DT fue Jorge “Coco” Bogado.

Además, la selección paraguaya fue también la más encestadora de la competencia, con un total de 411 tantos, seguida de lejos por las selecciones de Brasil, con 347 puntos, y de Chile, con 336, detalla un reporte de D10 firmado por Pedro Lezcano.

Elsa Dionisia Echagüe, Edith Nunes, Arminda Malatesta, Nunilda Echagüe y Estelita López Mena. Foto compartida en Facebook por Enrique Gaüna.

La nota añade que en este equipo hay además dos bicampeonas, África Sosa y Aida González, que con anterioridad se consagraron en el sudamericano de 1952, que también fue realizado en nuestro país.

El gobierno de entonces, encabezado por el general Alfredo Stroessner, premió a las atletas, luego de seis años de larga espera, con una casa a cada una en este barrio, que en aquella época llevaba el nombre del dictador. Según reportes de prensa, la última que se quedó hasta el final a vivir allí fue Julia Ortiz, quien falleció en mayo del 2017 a los 80 años de edad.


Estelita López Mena y Edith Nunes. Foto: Última Hora.


En el 2009, la Secretaría Nacional de Deportes homenajeó a las campeonas con un acto y una placa conmemorativa que fue adherida a un monolito en la plaza.

A las campeonas sudamericanas de basquetbol. A 47 años de la gran hazaña deportiva, la Secretaría Nacional de Deportes, bajo la administración del ministro, don Paulo Reichardt, rinde este merecido homenaje a quienes fueron protagonistas de tan importante logro para el deporte de nuestro país. 1962 - 8 de mayo - 2009”, reza la inscripción.


Una presencia inquietante

Este preámbulo viene a cuento de unas extrañas experiencias que me tocaron vivir en esta emblemática y mítica cancha.

Normalmente voy a jugar después del trabajo. Como mi turno termina a las 22:00, casi siempre la medianoche me pesca en el lugar. Si no caía nadie para jugar un yimi o en el mejor de los casos un partido a cancha completa, esto no me hacía desistir de quedarme a practicar lanzamientos, especialmente triples y dobles largos.

Vista del desaparecido Estadio Comuneros, que estaba en 15 de Agosto y Avenida República. Foto: Última Hora
A decir verdad, esas veces en las que nadie, más que yo, iba a jugar, en realidad nunca me sentí enteramente solo. De pronto de la nada irrumpía un fuerte olor a pety o rama quemada como si alguien estuviera fumando en torno a una fogata. Entonces un silbido largo y estridente perforaba la negrura. Los mbopi chillaban y efectuaban vuelos rasantes.

Cuando la Luna estaba a pleno y enfilaba la medianoche, la presencia se hacía más intensa. Cada vez que la pelota se iba hacia la oscura esquina de la cancha de volley, que estaba cubierta por un añoso yvyraro ya caído, una sombra informe me devolvía la pelota no a las manos, sino con un lanzamiento preciso directo al aro, que siempre entraba quemando la red.

Naturalmente esto al principio me dejó pasmado, pero poco a poco fui habituándome, aunque no por ello esto ha dejado de resultarme un tanto inquietante. No obstante, esto no me ha disuadido de ir todos los domingos por la noche.

De allí, como siempre, bajo pedaleando como una bala por De la Victoria hasta Acceso Sur, arribo lentamente a través de la tétrica 4 Mojones, los trasganados pasan casi rozándome y al terminar la cuesta empiezo a acelerar el paso directo hacia Tres Bocas. Paro en la bodega y lomitería Tío Anto, en Américo Picco y Colonia Elisa, donde atiende una beldad con ojos de lechuza.

Lo de siempre, por favor. Un lomito sin huevo ni mayonesa y cuatro Pilsen’i.

Sí, 22 mil, dice con una voz lisa y armónica.

Me podés debitar, por favor –le digo mientras le paso la tarjeta. 

Sí, no hay problemas –dice con una sonrisa moderada y corta.

Me siento. Enfrente está la Comisaría 11 Arroyo Seco y en la mesa de al lado hay una humareda terrible de cigarrillo que me alejo lo más que puedo. Los tragamonedas están repletos de apostadores que aprietan furiosamente los botones de las máquinas. El vallenato suena a todo volumen. Me pongo los audífonos. El pucho sí que huele bien distinto a lo que fuma el triplero de Villa Campeona.

Tomo el primer trago. Luego la otra botellita y la otra, el lomito y, finalmente, la última. Sin embargo, el mismo pensamiento ocupa toda mi mente.

¿Quién será el triplero de Villa Campeona? –no paro de preguntarme.

sábado, 27 de junio de 2020

Muerte en la noche de San Juan

Una mañana de domingo los vecinos del barrio Centro de Villa Elisa denunciaron a la Policía el hallazgo de un cuerpo al costado de un camino apenas transitado a unas cuadras de la plaza Von Poleski. El informe forense indicó que el fallecido había recibido 27 puñaladas. ¿Quién era y por qué semejante ensañamiento?

Foto: paraguay-nembosarai.blogspot.com

Corrían mediados del año 2006 y hacía apenas un tiempo que Remigio había llegado a la ciudad de Villa Elisa desde Areguá. Dicen que andaba en la clandestinidad a raíz de que estaba involucrado en el asesinato del hijo de un policía. También recuerdan de él que tenía nueve entradas a la cárcel, la mayoría por casos de hurto agravado.

Indagando superficialmente sobre su prontuario, se encuentra un reporte periodístico del 22 de octubre de 2004 en el que se lee que Remigio, quien entonces tenía 27 años, cayó junto con otros dos hombres luego de intentar asaltar a una pasajera de la Línea 30 en pleno microcentro de Asunción. Los voceros policiales informaron entonces que los tres contaban con antecedentes penales por distintos delitos.

Por este y otros hechos se fue construyendo la fama atemorizante de un delincuente decidido a jalar el gatillo, fuese o no necesario. El primer calificativo que evocaba era el de “peligroso”. Remigio era de estatura media, de tez morocha, bien curtida por el sol, de cabello oscuro y abundante cortado al estilo taza. Ese día vestía sus tradicionales jeans, remera, una campera de cuero negra y una llanta deportiva. Sus conversaciones, refieren quienes lo conocieron, giraban siempre en torno a riñas y frecuentemente se jactaba de los rastros de machetazos que tenía en distintas partes del cuerpo. Tenía el mote de “Mala energía” y actuaba como si fuera inmortal.

Aquella noche de sábado había una fiesta de San Juan en el “poli”, un establecimiento deportivo ubicado en el límite entre los barrios Centro y Mbocayaty de Villa Elisa. En horas nocturnas era un punto de encuentro para la fumata, las pastas, la coca y el alcohol. No obstante, para aquella fiesta se anunciaba la presencia de Quemil Yambay, por lo que todo el vecindario se dio por convocado en el lugar para presenciar la actuación del popular humorista.

Ese día había una fiesta de San Juan en el “poli”, que durante las noches era un punto de encuentro para la fumata.

Allí estaban en corro, entre otros, Eduardo, Luis y Ricardo, que empezaban una nueva noche fría en el barrio sin sospechar aún el trágico desenlace que marcaría de un momento al otro sus vidas para siempre. En esa ronda también estaban Tamara y Berenice, unas chicas desconocidas a las que encontraron por el camino y que de mero intentar invitaron a la fiesta y que inesperadamente aceptaron. 

Aunque presumían de rockeros, no podían evitar dejarse llevar por el ritmo pegajoso de la cumbia villera flexionando las rodillas siguiendo el ritmo de la cumbia y cada tanto alzaban los brazos y cantaban eufóricos cuando alguna letra interpelaba. “El que quiere una tuca fumanchar / que levante las manos”. El vaso de vino con coca corría de boca en boca así como los cuartitos de clona. Entre el porro y tanto jugo loco los pasos falseaban cada vez más. De pronto se pusieron a recorrer todo el local pidiendo monedas. Luego surgió la merca. A levantar bien a fondo y a seguir la fiesta como si nada.

La patrullera de la 13 pasaba y pasaba. La paranoia empezó a asomar, por lo que Luis decidió guardar su 38 en una esquina oscura donde las malezas cubrían casi todo el alambrado. Llevaba un arma consigo, aunque su oficio no era el de asaltante. El revólver fue apenas una ganga irresistible que surgió durante un rescate en Republicano y que no pudo desaprovechar. Era una Smith & Wesson niquelada con una empuñadura con detalles de madera. Además de hacerle sentir confiado, el arma era un poderoso elemento disuasivo ante las abundantes amenazas que acechan la vida de loco. Dispararla en plena noche hacia la nada era un pasatiempo que ha menudo se tomaban y que a los tres les hacía sentir poderosos.

La música sonaba estridente a través de los viejos altavoces desplegados en el improvisado escenario armado para el show. El ansia de la concurrencia crecía y todos esperaban que al fin aparezca el artista de la noche para hacer su número y dar un momento de distracción y risas en medio de la monótona rutina del barrio, donde no abundaban los espectáculos en vivo.

De súbito irrumpió Emilio, quien, con una ira apenas contenida, contó que en el paredón contiguo hacia el tape po’i Remigio le apretó con un cuchillo y le quitó todo el dinero que tenía, provocándole además una raspada que le causaba un cierto escozor. Quedaron en que arreglarían las cuentas después de la fiesta.

"Bendición" de San Juan


Remigio hizo una pequeña pelota con los billetes para acomodarlos en su bolsillo, encendió un cigarrillo y se puso a observar atentamente todo a su alrededor recostado por la pared esperando el momento oportuno para toquear algo más. Cuando se aprestaba a picar la yerba para un faso, pudo ver cuando Luis fue a dejar algo hacia el yuyal. Esperó un momento y se aseguró de que nadie lo estaba mirando, caminó rápidamente hacia el lugar y se encontró con la sorpresa de que era nada más y nada menos que un fulgurante revólver calibre 38, grande y potente. Dos golpes rápidos y ya había salvado la noche.

-Bendición de San Juan –pensó. Luego se retiró raudamente del lugar en dirección al bajo. Sin embargo, Ricardo, quien lo había estado vigilando mientras recogía el arma, lo siguió silenciosamente sin decir nada a los demás.

De repente se acercó a la ronda un hombre, pequeño y viejo, y le dijo a Luis:

-Remigio ogueraha amo ñanandýgui pe nde reñongatuva’ekue (Remigio agarró eso que guardaste en el yuyal).

Luis y Eduardo se miraron y automáticamente giraron la cabeza en todas direcciones buscando alguna señal que indique por dónde se había ido Remigio. El rápido golpe de mirada no reveló nada en aquella noche de invierno en la que una brisa levemente fresca creaba el ambiente propicio para el mbeju, el pastel mandi’o y otros manjares de esta época del año.

Por las dudas fueron a examinar nuevamente el lugar, pero solo pudieron corroborar que el arma ya no estaba.

-Jaha ógape jagueru kyse ha upéi jaha jaheka chupe (Vamos a casa a buscar algún cuchillo para ir a buscarlo) –propuso Eduardo, a lo que Luis asintió inmediatamente. Ambos salieron eufóricos y enojados. Estaban resueltos a recuperar el arma, más aún sabiendo que solo tenía dos balas y que a veces solía fallar.

Eduardo despertó a toda su familia con el tremendo alboroto que armó mientras hurgaba entre los enseres de la cocina buscando el cuchillo ideal para enfrentar a un temido bandolero que ya no tenía nada que perder, excepto la vida misma. Salió con un cuchillo de asador en la cintura y otro más pequeño en la mano para dárselo a Luis. La pesadez de los hipnóticos con alcohol se disipaban y la sangre empezaba a hervir.

Pensaron que la primera movida que haría Remigio era sacarle el jugo al arma: asaltar a alguien o empeñarla. La forma más rápida y segura de llegar sin ser advertido a la plaza central de la ciudad, donde podría encontrar más fácilmente una víctima o alguien a quien empeñarle o venderle el arma, es un camino intransitable para los vehículos por la erosión del suelo causada por los raudales, al costado mismo de la actual Ciudad Mujer, que en aquella época era un baldío que hacía las veces de vertedero.

Repentinamente, en medio de la pálida luz del día que despuntaba, advirtieron que Remigio y Ricardo estaban forcejeando. En un momento dado, Remigio logró sacudirse, tomó cierta distancia, sacó el arma y apuntó en varias direcciones sin poder enfocar bien su objetivo, ya que le costaba mantenerse de pie. Sus perseguidores se tiraron a un costado del camino buscando ocultarse entre los yuyales e instantes después la boca del fuego del cañón emitió un fuerte estruendo, pero la bala no dio en nadie.

Entonces se dispuso a ajustar la puntería, directo hacia Eduardo, pero el golpe del martillo se quedó corto sin alcanzar con suficiente fuerza el tambor para expulsar el proyectil. Cuando se predisponía a jalar de nuevo del gatillo, Eduardo saltó de su escondite y hundió la hoja de la Tramontina hasta el mango directo en la yugular de Remigio. Este emitió un grito apenas audible y cayó al suelo moviéndose apenas y con las dos manos se presionaba el cuello intentando inútilmente parar la hemorragia.

Cuando cayeron en la cuenta de lo que habían hecho, se asustaron y asumieron que estaban en un gran aprieto. Sin embargo, antes que desistir, el temor a una más que segura represalia se impuso, por lo que los tres, cada uno a su turno, le asestaron otras tantas puñaladas al cuerpo ya inerte entre el pecho, las costillas y el abdomen.

-Kóa oikovérõ oúta ñandejuka. Jajuka porã manteva’erã (Si este vive, va a venir a matarnos. Tenemos que matarlo bien), exclamó Eduardo, quien estaba temblando y apenas podía pronunciar las palabras. Estaba pálido y a punto de desmayarse.

-Sí, kóa jaasegurava’erã o si no hendýta ñane ndive (Sí, a este tenemos que asegurarlo o si no se va a complicar nuestra situación), apoyó Luis.

La claridad del nuevo día se hacía cada vez más nítida. A lo lejos se acercaban personas caminando. La mayoría volvía de alguna fiesta, probablemente del desaparecido balneario Vera Cruz, actualmente convertido en sucursal de una cadena de supermercados.

-Qué loco ko personaje, moõpio ou ñanderecha’i (Qué loco este tipo para venir así a querer hacernos de menos) –repetía nerviosamente Luis como intentando justificar ante sí mismo lo que habían hecho. Luego se pusieron a discutir sobre qué harían con el cuerpo. Primero pensaron en tirarlo a una zanja para que no amanezca en pleno camino a la vista de todos. Pero bruscamente emergió otro contratiempo, que al final provocaría que todos cayeran a pesar de que el amanecer lluvioso ofrecía sus mejores oficios para ocultar las eventuales pistas que pudieran delatarlos.

-Ndéra kóre, ho’a che cédula (A la gran puta, se cayó mi cédula)–exclamó Ricardo.

La situación empezaba a salirse de control. Se olvidaron por un momento del cadáver y empezaron a rastrillar con las manos bajo los primeros albores del nuevo día. Los vecinos empezaban a percatarse de que algo fuera de lo corriente estaba ocurriendo, que allí había algo más que la típica escena de jóvenes veinteañeros tratando de llevar a casa a un amigo borracho.

-Nde, amboviajáta kóa avei. Kóa ho’áta ha ocantáta ñande rehe (A este también le voy a hacer viajar. Este va a caer y nos va a delatar) –amenazó Luis mientras desenfundaba el arma y miraba de manera desafiante a Ricardo.

-No, mba’éichapio ejapóta péa. Tuicha problema jarekomavoihína (No, cómo vas a hacer eso. Ya tenemos suficientes problemas)–insistía Eduardo intentando hacer desistir a su amigo de cometer otro asesinato empeorando una situación que de por sí ya se presentaba complicada.

-No, mba’éichapio oitýta la icosa (No. Cómo va a echar sus cosas)–se ratificaba Luis en su propósito de eliminar a su cómplice para borrar las pistas.

-Jaha katu mombyry porã (Mejor vamos de aquí bien lejos a escondernos) –reiteraba Eduardo hasta que finalmente logró convencerlo de huir del lugar.

Ricardo asumía su culpa y no emitía ninguna palabra mientras se discutía su suerte. Decidió marcharse en silencio y fue rápidamente hacia su casa a cambiarse la ropa totalmente ensangrentada que llevaba puesta. Intentó dormir un poco, pero no pudo. Lo mismo Luis. Además del implacable insomnio después de la cocaína, la idea de que habían hecho algo grave no dejaba de rondar y la sombra de que un gran problema se les vino encima acosaba sin cesar. Entonces vacilaban entre quedarse y actuar como si nada hubiera pasado o esconderse.

La fuga


Eduardo llegó a su casa con la firme determinación de preparar unas pocas cosas y huir lo más rápido posible. Iría junto a su madre, quien vivía en Coronel Oviedo. Ya lo había decidido.

-Mba’épio la ejapova’ekue? (¿Qué fue lo que hiciste?) –le pregunta Leticia, su hermana, cuando este atraviesa la puerta de la casa.

-Sarambi eju ko de madrugada ejapo ápe. Napépe oîmbáma la policía hína (Viniste a hacer desastre de madrugada. En la otra cuadra ya está toda la policía) –le reprendió de nuevo.

Una vez listo su pequeño equipaje, Eduardo bajó sigilosamente por el tape po’i (1) y se escabulló a través del patio baldío para ver qué ocurría al otro lado de la cuadra. Entonces observó que Ricardo ya estaba esposado y estaba siendo subido a la patrullera. Su cédula había amanecido caprichosamente enredada entre las ropas del cuerpo tendido boca arriba e impregnado de barro.

En la casa de Ricardo, además de rastros de sangre en sus ropas, se encontró el champión del fallecido. De allí todo fue en cadena. El siguiente en caer fue Luis, quien decidió adoptar la estrategia de quedarse y actuar como si nada hubiera ocurrido. Ya la policía iba rumbo a la casa de Eduardo cuando este se encontró casualmente en la calle con Mauricio, quien iba a bordo de su moto.

-¿Qué pio pasó anoche? –le inquirió.

-No, no sé, yo me tengo que abrir –dijo Eduardo cortando bruscamente la conversación.

-Bueno, subite y vamos –se ofreció Mauricio.

Al girar la esquina divisaron la patrullera, que ya iba rumbo a la casa de Eduardo para arrestarlo. Se salvó por unos segundos. Los policías ubicaron rápidamente la casa de los tres, a quienes ya los conocían debido a que en varias ocasiones fueron cachados fumando porro en la plaza.

Asustado, Mauricio condujo directo hasta la casa de su cuñado, Julio, quien agotaba los últimos gramos de la bolsa que rescataron con Brave. Prepararon dos líneas para los visitantes y entonces Eduardo se puso a relatar los detalles de lo que había ocurrido entre la noche anterior y la madrugada. Todos escuchaban entumecidos.

De golpe Julio dejó la silla y se puso a hurgar entre sus cosas. Luego le tendió a Eduardo un par de billetes, que totalizaban unos 40.000 guaraníes, para que se fuera lo más lejos posible de inmediato.

-Tomá, andate, no sé dónde, pero andate – le espetó.

Eduardo subió nuevamente a la moto con Mauricio, quien lo llevó hasta una parada sobre la avenida Américo Picco, donde tomó un micro directo a Calle Última a fin de abordar un bus que lo llevara hasta Coronel Oviedo, su lejano escondite. Pero alguien ya había anticipado sus pasos. Apenas se aprestaba a acomodarse en un asiento de un colectivo de la Ovetense, observó con sorpresa que su padre también se estaba subiendo al mismo bus.

-Sentate vamos a hablar –se limitó a decirle don José. Esa mañana lluviosa de domingo el colectivo estaba casi vacío, por lo que durante el trayecto pudo ponerle al tanto de los pormenores del caso. Luego de escucharlo atentamente, don Pepe, como también se lo conocía, le encargó que no le cuente nada a su madre.

Llegaron a la terminal y fueron directo a tomar un taxi para abandonar rápidamente la estación de buses. Una vez que llegó a la casa de su madre, esta sintió una sospecha inmediata ante la inesperada visita de su hijo, quien además llegaba en compañía de su padre, el exmarido de ella, lo cual abonaba aún más el mal presagio que tenía. El instinto de una madre no podía fallar.

-Mba’épa la oikova’ekue la eju hag̃ua nde túandi ko’a peve? (¿Qué habrá pasado para que vengas hasta acá con tu papá?) –inquirió doña Marta.

-Mba’eve, mamá. Ajúnte porque ndavy’ái (Nada, mamá. Vine solamente porque no estaba contento por allá) –mintió inútilmente.

Las corazonadas que le indicaban que algo andaba mal se confirmaron unas semanas después cuando el nombre de Eduardo salió en el diario. Era señalado como el único prófugo por el caso del brutal asesinato de un hombre, cuya vida fue segada de 27 puñaladas, y que la Fiscalía lo citaba por segunda vez para prestar declaración indagatoria, declaraba su rebeldía y ordenaba su captura.

La entrega


Así anduvo más de cinco meses hasta que cedió a la insistencia de su madre de entregarse para aclarar la situación a fin de que su nombre no quede manchado para siempre y ante la zozobra permanente del riesgo de caer preso en algún retén policial.

Así lo hizo y volvió a Villa Elisa para comparecer en el día y hora que señalaba la citación. Declaró ante la Fiscalía y luego fue derivado al calabozo de la Comisaría Trece. Allí estuvo casi un mes. La cena de Navidad de ese año la compartió con los policías hasta que fue trasladado a Tacumbú, donde recibió el 2007.

-Che ndaroviái que peê pejapo kóa. Máa ojapo? Ere porã chéve (Yo no creo que ustedes hayan hecho eso. Decime bien quién fue) –le sondeó una vez el oficial Gutiérrez.

El que la sacó más barata fue Luis. Su madre logró reunir el dinero suficiente para que su hijo sea beneficiado con la prisión domiciliaria. Ricardo, quien entonces tenía 17 años, estuvo unos seis meses en el "centro educativo" para menores Panchito López hasta que, cuando debía ser trasladado a una cárcel de adultos, recibió medidas alternativas. El fiscal pidió prórroga para presentar su requerimiento conclusivo y solicitó medidas alternativas a la prisión para los procesados, un pedido que fue otorgado por el Juzgado.

-Peême la pende salváva es que avavéa ndoúi odenuncia (A ustedes lo que les salva es que nadie vino a denunciar) –les dijo el agente fiscal encargado del caso al término de la audiencia, momentos antes de que sean subidos a la patrullera para ser llevados a sus casas a cumplir la reclusión domiciliaria mientras esperaban la resolución de la causa.

Del nicho erigido en memoria de Remigio solo queda la base, apenas visible entre el yuyal.
Sin embargo, nunca nadie fue convocado de nuevo para la audiencia preliminar ni mucho menos para un juicio. Al cabo de cierto tiempo, el padre de Eduardo fue a averiguar sobre el estado de la causa, pero le dijeron que ya estaba extinguida, que se olvidara de ello.

Aunque ya el caso haya fenecido y pocos lo recuerden aún, en esas charlas de invierno en torno al brasero, aderezadas con tragos de Ari con pomelo, no faltan los relatos sobre extrañas visiones que asaltan a los transeúntes que toman por la noche ese oscuro atajo. Hay quienes aseguran que, a la altura misma del derruido nicho erigido en memoria de Remigio, se les apareció la imagen de un hombre que emitía un grito de agonía apenas audible para luego terminar sucumbiendo al sonido suave, pero implacable, del metal atravesando la piel y golpeando los huesos como un martillo.

Nota: 

(1) Sendero estrecho 

Advertencia: todos los nombres, excepto el del fallecido, son ficticios. En resguardo del anonimato de las fuentes se agregaron detalles fantasiosos a la narración.

sábado, 7 de diciembre de 2019

Melià: “El cultivo de la soja es uno de los rubros más improductivos para el bien del país”


Comparto una entrevista realizada al pa’i Bartomeu Melià el 4 de noviembre del 2011 tras haber recibido el Premio Bartolomé de las Casas. En este diálogo refuta los ataques que recibió del diario ABC Color tras haber criticado los daños ambientales y humanos producidos por el cultivo de soja. Che py’aite guive, según tus propias palabras.


La lluvia daba un aire místico a la abadía (pero no era una abadía). Avanzo por el pasillo al encuentro de aquel bibliotecario que detenta los secretos de la lengua guaraní. Pero no era ciego, de modo que no podía ser tan peligroso, pensé.

El pa’i Melià ya aguardaba con algunos libros y archivos digitales para dar sustento documental a su intervención. Detrás de su escritorio se encontraba un estante, donde se seguían en hileras varios volúmenes sobre cultura guaraní e historia de la orden jesuítica. Pensé que tal vez ahí estaba la entrada al laberinto que escondía la biblioteca secreta. La Novena impregnaba de una sombra oscura el estudio. De pronto apaga la música...

Pues bien, estamos aquí por aquel editorial de ABC Color, “Falsos prejuicios contra la producción sojera”, que se refiere a las críticas que usted realizara, días después de recibir el premio Bartolomé de las Casas, contra la devastación de los territorios indígenas provocada por el cultivo de la “maldita soja”.

Le agradezco mucho esta entrevista en la que me preguntan sobre la cuestión de la soja e indígenas. El editorial de ABC del sábado 22 de octubre de 2011 es una construcción o un texto sobre todo ideológico. Precisamente después de alabanzas inmerecidas a mi trayectoria intelectual, que son las que habían motivado la concesión del premio Bartolomé de las Casas, me atribuye falta de conocimiento en la cuestión de la soja, la deforestación y la productividad.

En primer lugar, puedo decir que tengo conocimiento del Alto Paraná, concretamente, y de partes de Canindeyú, desde los primeros meses de 1969. Es decir, más de cuarenta años. Por lo tanto, cuando hablo de deforestación, sé de qué hablo.

Por otra parte, la deforestación no son solo números, sino pérdida y deterioro de modo y calidad de vida. En este sentido, el Alto Paraná ha sido destruido y no hay argumento válido para justificar esta destrucción (y hoy se ve esto todavía más que hace unos años y hoy más que ayer). Esta destrucción es también la destrucción de los pueblos indígenas que están ahí desde tiempos anteriores a cualquier colonización.

Fui autor, junto con el general Ramón César Bejarano y el señor Balbino Vargas, del informe sobre comunidades indígenas en el Alto Paraná en el año 1976, encargado precisamente por la Itaipú Binacional, por mandato del Banco Mundial. Este informe está en los archivos de Itaipú. La deuda histórica y económica que esta tiene hasta ahora con el hábitat y tekoha de los avá-guaraní paranaenses no está saldada. El territorio avá-guaraní fue usurpado, robado, deforestado y destruido. La Industrial Paraguaya, con una compra carente de toda legitimidad, se adueñó de tierras que no podían ser vendidas y que a su vez malvendió. Y lo mismo sucedió con otras de la región.

¿Cómo ve la actuación del Estado paraguayo?
El Estado paraguayo, a más de 100 años de la consumación de este ilícito, ya tendría que haberlo revisado. Las tierras de la casi totalidad del Alto Paraná siguen perteneciendo al pueblo avá-guaraní, cuyos títulos legítimos y hoy reconocidos por la Constitución son anteriores a la misma existencia del Estado paraguayo. Se añade a esto el agravante de que el Estado no cumplió con el compromiso de asignar estos territorios a los avá-guaraníes, cuando tenía que haberlo hecho. Estos tienen derecho delante de la justicia, sino es la paraguaya (que ya ha dado demasiadas muestras de su falta de juicio y no digamos de sensibilidad ante el problema), la de un tribunal internacional. Esto vale para tierras tanto del Alto Paraná como para territorios indígenas en Caaguazú, Canindeyú, San Pedro, Amambay e Itapúa.

Esto, que a alguno le puede parecer nuevo, es archiconocido en el libro de Carlos Pastore, “La lucha por la tierra en Paraguay”, y en los trabajos más recientes de Kleinpenning (cuatro gruesos volúmenes aparecidos entre 2003 y 2009, con traducción al castellano de una parte: Paraguay 1515-1870, Ediciones del Bicentenario/Tiempo de Historia, en 2011), que presentan diversas informaciones, fechas y mapas para mostrar la magnitud del desastre ecológico y económico del Paraguay, llevado a cabo ya antes de 1963, es cierto, pero agravado en extensión y profundidad después del Tratado de Itaipú.

¿Cuál es el beneficio que reporta la soja?
Es en ese contexto en que hay que situar la cuestión de la soja con la deforestación irracional y abusiva y la baja productividad que representa su cultivo y otros rubros de la agroindustria para el país. A ello hay que añadir los datos, para mí, más dolorosos porque afectan directamente a la vida de las personas, a sus derechos y futuro, de destrucción humana, cultural e incluso lingüística, porque conllevan la expulsión de comunidades indígenas y campesinas de su hábitat tradicional, con gravísimos perjuicios sociales, pero también económicos para el país. También hay que agregar que los aportes mínimos y bajísimos que representa a la economía son tan ridículos que, más que reír, hacen llorar.

El diario sostiene que este rubro solo ocupa un 6% del territorio y que del problema de la deforestación son más culpables los indígenas y campesinos.
A propósito de cifras, las que yo manejo de manera muy concreta coinciden en sustancia con las que fundamentalmente da a conocer el Dr. Andrew Nickson, en un comentario que adjuntó a la edición digital de la editorial que comentamos. La soja, por ahora, se desarrolla en la Región Oriental y ocupa aproximadamente el 17,5%. El porcentaje ocupado en la Región Oriental es relevante porque es aquí donde vive el 97% de la población. La cifra de 6% es una manipulación ideológica, que solo puede engañar a personas que no saben leer.

Otras cifras que manejo son estas: el avance de la frontera agropecuaria necesariamente se hace a costa del bosque nativo en el país. En el periodo entre 1976 y 2005, que incluye los últimos años del primer boom sojero y la primera parte del boom de la soja transgénica, se desmontó el 80% del Bosque Atlántico de Alto Paraná. Aunque desde el año 2004 existe una ley de deforestación cero en la Región Oriental del país, su cumplimiento está lejos de estar asegurado. Mientras tanto, el desplazamiento de la producción ganadera hacia el Chaco ha redundado en colosales tasas de deforestación que en unos periodos han superado 500 hectáreas desmontadas por día en un ecosistema sumamente delicado, según ABC Color, 3 de julio, 2010.

Hay que decir incluso que ahora no son 2.500.000 hectáreas de cultivo de soja, ya que este año serán 3.000.000, lo que hace exactamente el 20% del territorio de la Región Oriental. Y conste que esta cifra se refiere solo a lo cultivado, ya que un mediano o gran propietario sojero no cultiva toda la tierra que tiene con soja, con lo cual se debe presumir que al menos la cuarta parte del territorio de la Región Oriental está ocupada por sojeros. El argumento de que parte de la soja es cultivada en campos y pasturas lleva a la cuestión de preguntarse hasta qué punto estas pasturas no son montes deforestados. Y ahí no se puede olvidar que la aplicación de pasturas al cultivo de la soja ha trasladado al Chaco otro problema similar de consecuencias también catastróficas.

El diario ABC Color del 3 de junio del 2010 ya nos informaba que la deforestación en el Chaco alcanzaba hasta 500 hectáreas por día, proceso que continúa más intenso todavía en el 2011, según el mismo diario. Por el ejemplo, el 13 de octubre del 2011 se daba la noticia en el mismo diario de que en el Chaco se alcanza la cifra de 1.200 hectáreas deforestadas por día. Esto precisamente porque la ganadería de la Región Oriental está pasando a ese Chaco en el cual hay también proyectos agroindustriales, en buena parte de capital extranjero (brasileño, uruguayo, alemán, etc.), que se han trasladado ahí.

Estas cifras, que ciertamente no pretenden ser un estudio completo, son un indicativo de la gravedad de lo que considero verdadero delito ecológico y contra la población paraguaya, que no se beneficia casi en nada en este proceso. La destrucción ambiental no se limita a la pérdida de la biodiversidad. Hay erosión de los suelos, hay desgaste de la fertilidad de la tierra, hay mayor dependencia de fertilizantes químicos, las aguas superficiales están contaminadas y es preocupante la contaminación subyacente del Acuífero Guaraní subterráneo. Esta cuestión de cifras se desdobla trágicamente sobre la población humana. Nunca como en los últimos años ha habido tanto desplazamiento de comunidades indígenas y campesinas como ahora. La indignación de estas poblaciones pretende ser acallada mediante prejuicios de carácter racista y discriminatorio, que constituyen delito. Es un tema sobre el cual voy a volver detenidamente. Por desgracia los prejuicios racistas no han disminuido desde los tiempos coloniales y más bien han sido renovados y actualizados por parte de esa burguesía migrante instalada en el Paraguay en el siglo XX.

Los títulos de propiedad y los impuestos.
Agradezco que el editorial de ABC del 22 de octubre haya sido el disparador de un debate, que no tiene que quedar en mero debate intelectual, sino llevar a una revisión efectiva de cuestiones de Estado, como el origen de los títulos de propiedad, de su validez, las leyes tributarias que deben aumentarse en proporción geométrica a la extensión de esas propiedades y el tan necesario y todavía inexistente Impuesto a la Renta Personal (IRP). Ya es hora de que en pleno siglo XXI se impongan tributos e impuestos sobre la propiedad de la tierra como se hace en la mayoría de los países del mundo. La sustracción de este tributo al país y la sistemática oposición a una legislación justa al respecto, coloca a los sojeros y afines en el límite del delito. Amparados en privilegios e interpretaciones adulteradas de ciertas leyes, hacen caso omiso de leyes esenciales, como las relativas a deforestación, ocupación de tierras en franjas que les están prohibidas, invasión de parques ecológicos, negación de territorios indígenas y alquiler de tierras que no pueden ser alquiladas según la Carta Magna del país. Las denuncias por casos concretos de usurpación de tierras indígenas ocurren cada día, por ejemplo las últimas de que tengo noticia actuadas en Itakyry el 2 de noviembre de este año del 2011 y el largo proceso de Makutinga en Itapúa, que es un verdadero atentado al pueblo mbyá y a sus derechos ancestrales.

De momento, el cultivo de la soja es uno de los rubros más improductivos para el bien del país, como lo era y todavía lo es el negocio de la madera. Por este camino el aumento de la pobreza en el Paraguay será cada día más alarmante y no solo por una cuestión de cifras, sino por el dolor y menoscabo de tantas personas a las cuales se les niegan derechos fundamentales, dado el despojo que estas formas de agroindustria producen. La pobreza y la miseria aumentan en proporción del latifundio y el agronegocio. Si hay productividad, tenemos una productividad de pobreza en el Paraguay.

lunes, 2 de abril de 2012

“La soja mata a los amigos del hombre”






Sala Molière de la Alianza Francesa






  

Los grafitis callejeros gritan al unísono de los alaridos del campo. Salir de la sala del cine y bajar la avenida para escuchar un clamor que no sale en los diarios. “Cárcel para Favero”, rezan los caracteres trazados en aerosol sobre las paredes externas de las oficinas de un ente agrario.

Resistencia en aumento, una coproducción suizo-alemana dirigida por Bettina Borgfeld y David Bernet, fue estrenada en Asunción el fin de semana pasado en el marco del ciclo de cine de la Francofonía de la Alianza Francesa. El filme cuenta la historia de una comunidad rural de Minga Guazú, Alto Paraná, en su lucha por la vida. El documental presentalos conflictos entre dos intereses económicos y estilos de vida opuestos en la actualidad. Por un lado, los empresarios de la agricultura mecanizada, dirigida a abastecer la demanda globalizada de la soja, y por otro lado los pequeños agricultores que no pueden seguir cultivando, ni siquiera viviendo al lado de las grandes plantaciones por razones de salud, y que por sus acciones de resistencia son criminalizados por el mismo gobierno, incapaz de resolver esta agravante situación”, se lee en un fragmento de la sinopsis.

Los casos de enfermedades vinculadas a exposición a agroquímicos aumentan. Un niño cuenta cómo luego de pegarse un chapuzón en el arroyo empezó a sentir un dolor insoportable en los ojos. Luego, en la escuela, ya no pudo ver sus libros. Su vida queda marcada por un signo trágico: la ceguera. Bidones del herbicida se amontonan a la vera del cauce. El diagnóstico médico apunta a los venenos agrícolas como la causa.

Las plantaciones llegan hasta el borde de los caminos y las casas. Nada de las franjas de seguridad reglamentarias. Las nubes de glifosato esparcidas en los cultivos mecanizados empapan a las poblaciones vecinas. Si en principio se fumigaba 2 veces al año, progresivamente la cantidad aumenta a cuatro, seis... Algunas malezas mutan y se vuelven resistentes a los herbicidas. Las dosis deben ser incrementadas.

Esto es una guerra, dice un poblador, mientras carga el tambor de su revólver. Estoy dispuesto a usarlo, asevera con gesto decidido. De todas maneras estamos muriendo envenenados. “Es mejor morir parados que arrodillados”, agrega.

Las historias de vida se intercalan con entrevistas a científicos y biotecnólogos. La agricultura es una de las industrias más destructivas, argumenta uno; en tanto, otro destaca el “milagro” de la transformación genética de una planta para que sea capaz de soportar un químico que destruye todo a su paso.

Los plantíos de rubros alimenticios aledaños a las extensiones de los monocultivos quedan enfermos al ser afectados por los agrotóxicos dispersados por el viento. El glifosato rompe las células de las plantas y estas mueren. “La soja mata a los amigos del hombre”, se lamenta Gerónimo. Ya no pueden comer sus manduvi y otras especies expuestas a las fumigaciones de los sojales adyacentes. “Una comunidad pequeña en un mar de soja.  Eso somos”, reflexiona. La gente se va porque se ve obligada a vender sus tierras, ya que no se puede vivir bajo el acoso agresivo de esa marea verde. “Pero nosotros no nos iremos, este es nuestro hogar, nuestra tierra, y por ella lucharemos”. Luego advierte: “Han venido a sacudir un panal y como las avispas nos defenderemos”.

“Al menos podrían esperar que pase el viento. No nos respetan para nada”, se indigna una mujer al observar la máquina pulverizando los pesticidas sobre sus rostros. Pero ya basta. “Jaha. Ani jakyhyje lo mitã”, exclama un poblador para animar a sus compañeros de la comunidad. Están decididos a enfrentar la amenaza y defender la vida de sus hijos. Detienen el tractor.

Muerte, enfermedad y contaminación. Estudios realizados a los pobladores indicaron que, de cada 9 de ellos, 3 están gravemente enfermos con cuadros relacionados a la intoxicación por exposición a pesticidas. Qué dicen las instituciones: imputación por invasión de propiedad privada y ante las protestas en las calles de  Asunción, el bastón policial.

Es la ley del poder, dice un propietario brasilero. “Si usted quiere aumentar su propiedad, puede aumentarlo sin ningún problema”, añade, reafirmando que el que manda en este asunto es el capital. Luego relata que cuando llegó a Paraguay se dedicó a talar bosques. “Esto era una selva llena de leopardos y otras amenazas y nosotros la convertimos en tierras aptas para la agricultura”, se enorgullece.

Entretanto, una kuñakarai cuenta que a veces sueña con el bosque. Luego el rugir sin cesar de las topadoras la despierta. El bosque ya no está.

Galardón de derechos humanos

Gerónimo Arévalos, protagonista-narrador-entrevistado de este documental, fue condecorado con el Premio Internacional de Derechos Humanos de Amnistía Internacional Golden Butterfly por la experiencia retratada en la película. Algunos de los nominados en la categoría A matter of act fueron, entre otros, el palestino Emad Burnat –por el documental 5 cámaras rotas, que relata su experiencia de filmar la pérdida de territorios de su pueblo por el avance de la colonización hebrea y las violaciones a los derechos humanos cometidas por el ejército invasor de Israel– y el disidente chino Ai Weiwei, en Nunca lo sientas, un film que muestra un espacio de tres años de la vida de este artista y su arte de provocación al régimen dictatorial.

Ficha Técnica

Resistencia en aumento (Raising resistance)
Suiza / Alemania 2011 - Color 85 min – ATP
Directores: Bettina Borgfeld y David Bernet
Documental con agricultores y agroempresarios del Paraguay, empresarios y científicos de Europa y EEUU.
Premio Mejor Documental en el Festival de Nyon Visions du Réel 2011

lunes, 2 de mayo de 2011

La rehabilitación del trabajo






Jajapo peteî kora guasu ápe, apunta una de las coordinadoras de la Movilización por el Día Internacional del Trabajador/a, al tiempo que organizaba a los niños más retozones, esos locos bajitos, como dijo aquel poeta que perdió a su pequeña torcaz. Formamos un círculo tomados de las manos en tanto se daban los detalles sobre el itinerario y el programa del día. Plaza Uruguaya. En frente, el ferrocarril, mudo testimonio de lo que dicen que fue el primer país soberano de la América austral. Ya cerca del mediodía del sábado 30 de abril, parte la marcha integrada por la Juventud Obrera Cristiana (JOC), Coordinación de Niños, Niñas y Adolescentes Trabajadores (Connat’s), Jóvenes Universitarios/as de Trabajo Social, UNA y Centro de Estudiantes de Filosofía UCA - CEFUC, Movimiento Objeción de Conciencia (MOC), Plataforma Nacional de N.N.A., Movimiento CREAR, en síntesis, un variopinto conglomerado unificado bajo una consigna común: la dignificación del trabajo y de los trabajadores.
Los puntos presentados en la movilización fueron los de exigir “mejores condiciones de trabajo para las familias; erradicación de los maltratos y criminalización de la Policía Nacional y la Fiscalía hacia la niñez, adolescencia y juventud trabajadora; abolición del servicio militar obligatorio y el servicio civil obligatorio, que permita mayores oportunidades  de educación, esparcimiento y trabajo para la niñez, adolescencia y la juventud”, según detalla la convocatoria.
La primera parada se hizo frente al Viceministerio del Trabajo. Gladis González, de  la Coordinación de Niños, Niñas y Adolescentes Trabajadores (Connat’s), habló de la valoración crítica del trabajo infantil en cuanto a que quieren y necesitan trabajar, pero no aceptan las condiciones de discriminación y explotación. Así también destacó que el objetivo de la marcha es lograr el reconocimiento oficial y formal de su estatus de trabajadores, visibilizar su aporte a la economía nacional y confrontar los prejuicios instalados por la prensa en el sentido de que los niños y adolescentes trabajadores son presentados como criminales. Remarcó, además,  que la pobreza no debiera suponer privación de derechos, tal como ocurre.
Por su parte, Felicia Cabrera, 17 años, de Villa Elisa, criticó las leyes que reprimen el trabajo infantil, puesto que directamente lo criminaliza con las consecuentes persecuciones que ello implica. Ante esto propone la necesidad de un marco jurídico que resguarde sus derechos como trabajadores.
Luego, el desplazamiento siguió hasta la Fiscalía, escenario de una de las más brutales represiones de este gobierno en noviembre de 2009. Hubo consenso en que los niños y adolescentes deberían dedicar la mayor parte de su tiempo al estudio. Pero “Mba’e jajapóta ñandemboriahúrõ? Ja mba’ápo mantearã”, fue la idea central de las intervenciones.
En tanto la llovizna se estrellaba con mayor fuerza sobre la Asunción, las columnas iban aproximándose a la Plaza Italia, destino final de la jornada. Luego de un poema a los mitã’i,  Ernesto Benítez, de la comunidad Táva Guaraní de San Pedro, hizo una observación importante sobre cómo las grandes corporaciones, por ejemplo la Coca Cola, instrumentalizan la imagen de la niñez en sus tiras publicitarias, construyendo el prototipo del consumo como finalidad última de la existencia, sin que las autoridades se encarguen de aplicar las leyes contra el trabajo infantil, que en cambio sí las aplican con toda rigurosidad contra las personas con bajos ingresos.
Posteriormente, Estela García, del sindicato de docentes de Trabajo Social de la UNA, expresó su convicción de que la universidad debe consustanciarse con los sectores populares,  de tal manera que deje de responder exclusivamente a las directivas del mercado. Como muestra de esa disociación señaló la poca cantidad de docentes que apoyaron la expresión de las reivindicaciones de la niñez y adolescencia trabajadora.
Como alumna de Trabajo Social intervino Ana Valdez, quien habló del compromiso del estudiante universitario de vincularse plenamente en la lucha de los obreros. En otra parte de su intervención subrayó la total ausencia de las políticas públicas de Estado para con la niñez y la adolescencia y para ejemplificar ello señaló la ausencia del Viceministerio del Trabajo y el Viceministerio de la Juventud a fin de ponerse al tanto de los reclamos. Simultáneamente, denunció la injerencia partidista en la universidad en el nombramiento de los docentes, a raíz de lo cual los profesores de la facultad se encuentran en paro en señal de protesta. De hecho, en semanas anteriores fue muy difundida la campaña del rector de la UNA, Pedro González, a favor de los candidatos del Partido Colorado Lilian Samaniego y Horacio Cartes, violando el principio de la autonomía universitaria. 
En un aparte, le consulté a Dionisio Gómez, del Movimiento de los Pueblos Originarios (MPO), sobre el escenario laboral de los indígenas, ante lo que reclamó igualdad de condiciones y equiparación salarial, pues aunque realicen las mismas labores la remuneración que reciben es siempre menor con relación a la mano de obra no indígena. Es decir, la sola condición de “indio” ya implica una minorización automática del valor de sus actividades productivas y hacia la reversión de tales circunstancias dirigió Dionisio sus llamados. 
Poesía, break dance, zancos, batucadas y danzas indígenas marcaron el epílogo de esta mímesis de los desplazamientos a través de los tape aviru. Ya con el vare’a a cuestas, recuerdo a Rafael Barrett, ese anarquista enamorado de la causa obrera y que sintió como suya la lucha de nuestro pueblo, cuando en su texto La rehabilitación del trabajo relataba un momento en que, mientras escribía, observaba a su hijo de 2 años jugando con tierra y piedras, imitando la labor de los albañiles. “La idea de ser útil germina en su tierno cerebro con alegría luminosa”, decía. Y después se preguntaba por qué no trabajan los hombres con la alegría y el juego con los que trabajan los niños.
El trabajo, como pleno desarrollo de las potencialidades del ser humano, es una habilidad que bien puede ser estimulada en edad tempranera, como el habla o la lectoescritura. Esto sin dejar de poner las tildes en que hay niños trabajando en condiciones de explotación y bajo abusos de todo tipo, un hecho evidentemente inaceptable y que debe ser revertido.
Para los niños el trabajo puede resultar tan placentero como el juego, a manera de aquellos retoños mbyá-guaraní del Monday a los que observé cómo se divertían al recoger el maíz hasta depositarlo en los cestos de mano en mano, jugando al tocorré. O como Toto,  proyectando las cintas en la cabina del Cinema Paradiso. Pero la cuestión radica en la esclavitud y servidumbre a las que fue degradado. Para Barrett, en cambio, esta desnaturalización no podría subsistir por mucho tiempo y por ello manifestaba su convencimiento de que pronto “liberaremos a los pobres de la esclavitud del trabajo y a los ricos, de la esclavitud de su ociosidad”.