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sábado, 12 de octubre de 2019

¿Descubrimiento o encubrimiento de América?


El desembarco de la expedición al mando de Cristóbal Colón en la isla de Guanahani, el 12 de octubre de 1492, marca el inicio de un hecho icónico del período moderno: el “descubrimiento de América”. La efeméride resulta propicia para plantear algunas reflexiones sobre nuestra herencia cultural y las visiones valorativas respecto a las culturas indígenas.



Al llegar a nuestro continente, Cristóbal Colón creyó encontrarse con pueblos sin economía, sin Dios y sin lengua. Foto: Cordon Press

En estos tiempos de reemergencia de los supremacismos blancos y movimientos neonazis, la reflexión sobre nuestra condición de sujetos provenientes de sociedades coloniales y respecto a nuestras híbridas raíces es un ejercicio necesario. Las viejas tensiones raciales y los odios que han provocado múltiples crímenes a lo largo de nuestra historia reviven en la medida en que una creciente masa de población excedente ve frustradas sus posibilidades de concretar las promesas de prosperidad de las sociedades de consumo.

Tras más de 500 años de historia, el genocidio y el etnocidio contra las culturas indígenas siguen su curso. Según las palabras de un autor nacido en la ex metrópoli, el sacerdote Bartomeu Melià, “apenas hemos mañanado después de «nuestro primer día de Colón»”.

Ahora bien, el concepto del descubrimiento de América, tal cual lo presentan los programas escolares oficiales, sugiere la idea de que los habitantes de estas tierras, además de ser “descubiertos”, gracias a los europeos conocieron la civilización, la que según este punto de vista era hasta entonces desconocida.

Sin embargo, cabe preguntarse, siguiendo a Melià, si en lugar de un descubrimiento no se habría producido más bien un encubrimiento. En este sentido, el autor identifica fundamentalmente tres mecanismos de encubrimiento que actuaron como motores de acción y legitimación del sistema colonial: pueblos pobres sin economía, sin Dios y sin lengua a los que era necesario enseñar a producir, orar y hablar.

Según anotó en su diario, en una relación de hechos que se inician el 11 de octubre de 1492, Cristóbal Colón expresa: “En fin, todos tomaban y daban de aquello que tenían de buena voluntad, mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Y creo que ligeramente se harían cristianos, que me pareció que ninguna secta tenían. Yo, placiendo a nuestro Señor, llevaré aquí al tiempo de mi partida seis a vuestras altezas para que deprendan fablar (aprendan a hablar)”.

Una religión de la palabra

Ante estas tres negaciones o encubrimientos, como primer punto reproduciré un fragmento que refleja el valor de la palabra para los mbyá-guaraní, que forma parte del “Ayvu Rapyta”, una recopilación de cánticos orales realizada por el etnógrafo paraguayo León Cadogan.

"Ñamandu Ru Ete tenondegua/ oyvára peteĩgui,/ oyvárapy mba’ekuaágui,/ okuaararávyma tataendy, tatachina/ ogueromoñemoña.

El verdadero Padre Ñamandu,/ el primero,/ de una pequeña porción de su propia divinidad,/ de la sabiduría contenida en su propia divinidad,/ y en virtud de su sabiduría creadora/ hizo que se engendrasen llamas y tenue neblina.

Oãmyvyma,/ oyvárapy mba’ekuaágui,/ okuaararávyma/ ayvu rapytarã i/ oikuaa ojeupe./ Oyvárapy/ mba’ekuaágui, okua ararávyma,/ ayvu rapyta oguerojera,/ ogueroyvára Ñande Ru./ Yvy oiko’eỹre,/ pytũ yma mbytére,/ mba’e jekuaa’eỹre,/ ayvu rapytarã i oguerojera,/ ogueroyvára Ñamandu Ru Ete tenondegua.

Habiéndose erguido,/ de la sabiduría contenida en su propia divinidad,/ y en virtud de su sabiduría creadora,/ concibió el origen del lenguaje humano./ De la sabiduría contenida en su propia divinidad,/ y en virtud de su sabiduría creadora,/ creó nuestro Padre el fundamento del lenguaje humano/ e hizo que formara parte de su propia divinidad./ Antes de existir la tierra,/ en medio de las tinieblas primigenias,/ antes de tenerse conocimiento de las cosas,/ creó aquello que sería el fundamento del lenguaje humano/ e hizo el verdadero Primer Padre Ñamandú que formara parte de su propia/ divinidad".


Los pueblos guaraníes han desarrollado un profundo sentido religioso que ha consagrado a la palabra como principio creador. Foto: Amadeo Velázquez

¿Pueblos sin lengua, sin Dios? Y también se ha dicho que eran “pobres de todo”, lo cual contrasta con el relato de muchos viajeros que han notado, por el contrario, una “divina abundancia”, tal cual refirió Ulrico Schmidl, un viajero y cronista alemán que llegó al Río de la Plata en 1535. Pero la negación de la existencia de una economía indígena deriva no precisamente de la falta o escasez de bienes, sino del hecho de que el colonizador no concebía definir como economía un sistema distinto al basado en el intercambio motivado por el lucro. En cambio, los estudios de las formas de vida de los grupos humanos permitieron la identificación entre los indígenas de una economía de la reciprocidad.

Según la define el antropólogo norteamericano Conrad Kottak, “con la reciprocidad generalizada, alguien da a otra persona y no espera nada en concreto o inmediato a cambio (…). Las personas comparten rutinariamente las cosas con los restantes miembros de la banda. (…) Tan fuerte es la ética del compartir recíproco que la mayoría de los forrajeros carecen de una expresión de «gracias». Dar las gracias sería desconsiderado porque implicaría que un determinado acto de compartir, que es la piedra angular de la sociedad igualitaria, era inusual”. (La palabra guaraní “aguyje” se traduce corrientemente como “gracias”, pero su verdadero significado es “plenitud”, que se aplica tanto a la maduración de los frutos como a la realización espiritual. En los contextos de intercambio, al decir “aguyje” no se estaba diciendo “gracias”, sino expresando un deseo de plenitud y de que los frutos maduren para el convite).

La reciprocidad se basa en el principio económico de que el grupo que pasa por un período de abundancia comparte sus bienes con los demás miembros de la comunidad o de otros pueblos, pues en el futuro podría pasar escasez o tener malas cosechas, por lo que en este caso le correspondería recibir. Es decir, se trata de una estrategia de adaptación ante los sucesivos y siempre cambiantes ciclos de abundancia y escasez.

Civilización y barbarie

Por otro lado, veamos ahora algunos datos que nos proporcionan las ciencias arqueológicas a fin de demostrar el alto grado de desarrollo al que llegaron las culturas precolombinas que nos han legado pruebas materiales de sus modos de vida. Con esto no se pretende privilegiar el patrimonio material por sobre el intangible, pues considero que ambos son igualmente valorables e inconmensurables entre sí, sino más bien problematizar la visión de la historia que presenta a los colonizadores como precursores de la civilización en nuestro continente. Esta visión se ha impuesto a través del retrato estereotipado de la población autóctona como seres que vivían en estado de barbarie y ajenos a las grandes realizaciones humanas.

Esta visión eurocéntrica no se reduce a grupos conservadores o racistas, sino que incluso referentes del pensamiento progresista han sucumbido a la tentación de los sesgos etnocéntricos. Así, Friedrich Engels, en “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, establece una jerarquía del proceso de evolución sociocultural resumida en tres estadios: el salvajismo, la barbarie y la civilización. Partiendo de datos etnográficos expuestos en la “Sociedad Primitiva” de Lewis Morgan, Engels ubica a los incas de la época de la conquista en el estado medio de la barbarie, etapa que, según él, no habrían de superar sino con la llegada de los europeos.

No obstante, los grandes avances alcanzados en materia etnográfica y arqueológica han aportado nuevas luces para aproximarnos a las culturas precolombinas desde una nueva mirada. Por ejemplo, el Machu Picchu fue “descubierto” recién en 1911, aunque se presume que los españoles habrían llegado al lugar hacia 1570 y habrían sido responsables del saqueo e incendio del Torreón del Templo del Sol.


Sitio arqueológico del Machu Picchu, Perú. Foto: Google Earth

Si nos atenemos a las evidencias materiales de los restos que perviven en las montañas de la región del Cusco, Perú, podemos caer en la cuenta de que sus antiguos pobladores ya habían entrado al período de la civilización, que poseían una técnica avanzada en materia de arquitectura, matemáticas, con rigurosos cálculos de los ciclos agrícolas basados en conocimientos de astronomía y complejos instrumentos de documentación y cálculo como los quipus. Estos consistían en una serie de nudos mediante los cuales se realizaban operaciones aritméticas y que, según algunos autores, contienen datos no solo numéricos, sino hasta relatos histórico-literarios. Sin embargo, gran parte de su contenido se desconoce, pues hasta ahora solo se han podido descifrar los nudos más sencillos.

El viejo y el nuevo continente

La legitimación de los crímenes perpetrados durante el proceso de colonización se refuerza diariamente con expresiones muchas veces inconscientes y que pueden parecer inocentes, pero que de ningún modo lo son. Me referiré en este caso a la discutible distinción entre “nuevo y viejo continente”.

Las primeras manifestaciones de la cultura maya datan aproximadamente del 1.500 antes de nuestra era (ANE) –otras hipótesis la fechan en el 3.000 ANE–, en el llamado período preclásico. Durante su formación reciben influencia de otras culturas que habían ocupado la zona de Mesoamérica como los olmecas, zapotecas y teotihuacanos.

Todo este sustrato y herencia cultural de pueblos anteriores contribuyeron para llegar al apogeo experimentado durante el período clásico (200-900 de nuestra era, NE). Esta fue la época de las pirámides, de la elaboración de los calendarios astronómicos, mucho más perfectos y precisos con relación al gregoriano, que es el que utilizamos actualmente y que data del siglo XVI. Como sabemos, la distribución del tiempo en este es totalmente arbitraria, pues cuenta con días de 28, 30 y 31 días, y cada cuatro años uno de 29 días.

El Caracol o El observatorio, ubicado en la Península del Yucatán, México. Foto: mexicodestinos.com
 Por el contrario, el calendario de las trece lunas refleja el gran avance al que llegaron los mayas en las ciencias matemáticas y astronómicas, pues estaba conformado por un período de trece meses de 28 días, que así suman 364, más uno, considerado como el día fuera del tiempo. Esto nos muestra que hasta tuvieron en cuenta la rotación elíptica, y no circular, de los astros, pues manejaron ese período excedente que no permite cerrar con un círculo perfecto el cálculo del tiempo, dado que no existe una exacta correspondencia entre el año solar y la duración de los días debido a los solsticios y equinoccios. Si utilizamos como equivalente nuestro calendario, cada ciclo se iniciaba el 26 de julio y terminaba el 24 de julio del año siguiente. El año nuevo de los mayas estaba marcado el 25 de julio, que tomaba como referencia la alineación del Sol, la estrella Sirio y la Tierra.

Entre el primer viaje de Colón y el apogeo de la cultura maya existen aproximadamente 1.000 años de historia, por lo que marcar el inicio de la civilización de este continente a partir de la llegada de los europeos es un hecho que no se corresponde en absoluto con las evidencias que nos proporcionan los restos arqueológicos del Chichén Itzá, Tikal, Uxmal, Copán, Palenque, entre otros.
En esta última pirámide se encuentra el Templo de las Inscripciones, de cuya existencia nos enteramos recién en 1952. En el subsuelo se halló un sarcófago que, según las referencias halladas, corresponde al rey Pacal Votan, quien habría vivido hacia el 600 NE. Sobre el bloque lítico se despliega una serie de ideogramas, entre ellos uno conocido como “El astronauta”, que en gran parte no han sido descifrados, al igual que los pocos códices que sobrevivieron a la quema de la Inquisición colonial.

Así podríamos seguir citando otras construcciones que funcionaron como observatorios astronómicos y otros grandes logros que en varios aspectos aventajaban los conocimientos que por entonces poseían los “civilizadores”. Y a juzgar por las evidencias, esta labor está aún lejos de concluir, pues hasta nuestros días se siguen “descubriendo” nuevos restos arqueológicos que nos revelan lo incipiente de nuestros conocimientos al respecto.


A modo de conclusión cabe acotar que a lo largo de estas líneas no se pretendió negar el cambio y el tráfico cultural, algo por lo demás inútil desde el momento mismo en que escribo en español. De todos modos, el ejercicio crítico no resultará superfluo mientras Cristóbal Colón sea homenajeado con nombres de calles y monumentos, en tanto que la palabra ava o indio se utilice como insulto.

Bibliografía:

Cadogan, León (1997) Ayvu Rapyta. Textos Míticos de los Mbyá-Guaraní del Guairá. Asunción: Ceaduc.

Guzmán Roca, Luis (2005) Mitología Maya. Buenos Aires: Gradifco.

Kauffmann, Federico (1971) Arqueología Peruana. Lima: Peisa.

Kottak, Conrad Phillip (2003) Espejo para la humanidad. Introducción a la Antropología Cultural. McGraw-Hill: Madrid.

Melià, Bartomeu y Dominique Temple (2004) El don, la venganza y otras formas de economía guaraní. Asunción: CEPAG.

sábado, 1 de diciembre de 2012

La lengua del subalterno

Entre las maracas y el adorno de plumas, las primeras palabras hermosas emergen en forma de llamas y tenue neblina cada vez que se invoca a Ñamandu durante los primeros resplandores del día. 



Este artículo recorre sucintamente algunos de los tópicos más transitados sobre los cuales se sustentan las jerarquías lingüísticas con el fin de revisar los lugares y las adscripciones que se endosan a las lenguas, específicamente el guaraní, y el lugar desde donde este habla si es que, en definitiva, puede hablar. Se asume que estas clasificaciones son de orden extralingüístico y que, en efecto, están instituidas desde las  prácticas y los saberes de la colonialidad, instancias que no dan cuenta de las potencialidades reales de las lenguas de adaptarse e influir en las transformaciones que se efectúan en su medio. Para ello se examinan algunas de las situacionalidades en que se afirman las formas de ejercicio del poder a través de la palabra y, en oposición al paradigma abstraccionista, se intenta mostrar la congruencia y la funcionalidad de los sistemas subalternizados en su respectiva función adaptante.


Uno de los pilares teóricos en que se ha fundado el imaginario hegemónico sobre el estatus de las lenguas es la hipótesis de Sapir-Whorf. Según estos autores, el lenguaje determina los modos de pensamiento. A partir de esto se sostiene que cuanto más expresiones tenga una lengua más apta será de generar formas complejas de pensamiento y, en contrapartida, la ausencia de una palabra para nombrar algún concepto imposibilita la capacidad de pensar tal o cual representación lógica. Esto directamente implica hacer una jerarquía entre lenguas superiores e inferiores en proporción a su repertorio léxico. Esta posición, a la que se conoce como determinismo o mentalismo lingüístico, sugiere que la lengua constriñe el pensamiento a tal punto que al carecer de determinadas expresiones esos conceptos serían impensables dentro de ese universo, puesto que las gramáticas conducen los procesos mentales.

Podríamos afirmar, en consecuencia, que si en guaraní no se puede decir “el cuadrado de la longitud de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos”, ello se debe a que el guaraní es una lengua poco dotada que atenaza a sus hablantes impidiéndoles desarrollar operaciones de cierta complejidad.

Sobre esta ausencia del guaraní en el campo de la ciencia, Melià sostiene lo siguiente:

"(...) las dos lenguas del Paraguay cubren campos semánticos diferentes. Debido a factores de marginación cultural y social, el guaraní, ya desde los tiempos de la  colonia, quedó encerrado en el campo más conservador y estático de lo íntimo, y carece hoy de un léxico adecuado a las nuevas necesidades de un mundo en evolución. 

El guaraní, como casi toda lengua, no carece de los recursos potenciales para formar neologismos y crear nuevas expresiones para describir las nuevas experiencias. (...) es un hecho que el léxico guaraní no se ha desarrollado, más aún, se ha empobrecido. 

(...) el guaraní no puede entrar en ciertos campos semánticos, concretamente aquellos de la ciencia y de la técnica. Incluso el que se dice y se cree bilingüe no abordará nunca ciertos temas en la lengua indígena; sencillamente no puede, porque el hecho social no se lo permite. Hay de hecho temas inaccesibles para el guaraní, y esto debido a la evolución concreta del guaraní, no a defectos estructurales de la lengua en sí" (1997: 47-48).

Así, pues, el guaraní se encontraría ante terrenos cercados en los que le está vedado el decir, pero esto no nos habilita a concluir que la lengua equivalga a una rémora. El problema más bien radica en el proceso de normativización académica. 

El castellano, por su parte, ha resuelto eficientemente el problema de la jerga informática y tecnológica a través de prestamos léxicos del inglés, así como este ha tomado elementos de otras lenguas en otros campos del conocimiento. Hasta ahora no se cuenta con evidencia que nos muestre que en guaraní no pueda realizarse lo propio.

Hasta aquí resalta la idea de que lo que no puede ser dicho tampoco puede ser pensado. Sin embargo, en oposición a esto podemos notar que muchas sociedades que no conciben la autonomía del campo artístico tampoco poseen una palabra para nombrar el arte, lo cual no significa que no realicen asociaciones o vivan experiencias asimilables a un tipo de goce estético. Esto es representativo de que el arte no era una actividad separada de la vida y que, por lo tanto, no se precisaba abstraerse de él para nombrarlo, puesto que tan arraigado se encontraba con la existencia cotidiana que pasaba como un aspecto más de ella. Además, por supuesto, de la fuerte vinculación del arte con la ritualidad religiosa a tal punto que resulta difícil desvincularlos (Kottak, 2003).

Así también existen lenguas que no tienen términos para números superiores al cinco y esto se ha presentado como un indicio de supuesta precariedad lingüística. El antropólogo Marvin Harris, al interrogarse sobre la posibilidad de que existan lenguas superiores, analiza las necesidades culturalmente establecidas en cuanto a la disponibilidad de fórmulas que especifiquen o generalicen las cantidades numéricas. Ante el hecho de que muchas sociedades preindustriales hayan agrupado las cantidades en denominaciones genéricas tales como “poco”, “mucho” o “demasiado” y que, en contrapartida, las lenguas europeas cuenten con sistemas más específicos, se han construido nociones de prestigio social sobre las que Harris afirma: 

"Estas evaluaciones no tienen en cuenta que hasta donde un discurso es específico o general refleja la necesidad culturalmente definida de que sea específico o general, no de la capacidad de la propia lengua para transmitir mensajes sobre fenómenos específicos o generales (...). La ausencia de cifras elevadas normalmente significa que existe poca necesidad y pocas ocasiones en las cuales es útil especificar de manera precisa estas grandes cantidades. Cuando estas situaciones se hacen más corrientes cualquier lengua puede solucionar el problema de la numeración repitiendo el término mayor o inventando nuevos términos"  (2001: 81). 

Para ejemplificar esto último, el autor menciona que un individuo de una “sociedad simple” puede nombrar e identificar entre 500 y 1.000 especies, pero uno de una ciudad apenas de 50 a 100. El repertorio de este versa más bien sobre denominaciones genéricas como planta, árbol, flor, etc., algo que no les serviría de mucho a las culturas silvícolas. 

Para acentuar aún más el carácter meramente convencional de los constructos coloniales, tenemos que estos niveles del lenguaje, ya sea entre distintos idiomas o registros de uno mismo, son variables histórica, geográfica y socialmente. Como muestra de los cambios de valoración de los registros “marginales” cabría citar el lunfardo, un argot de los arrabales que con el tango, que también en sus principios fue una expresión cultural periférica, se jerarquiza adquiriendo el estatus de poesía escrita. 

Por otro lado, una lengua puede ser hegemónica en un espacio geopolítico pero subordinada en otro. Por ejemplo, el estatus del castellano varía según se considere América del Sur o del Norte. ¿Se debe esto a una aptitud intrínseca del idioma o al mayor poder económico y político de una determinada comunidad de hablantes? 

Estas fluctuaciones responden a lo que Iuri Lotman (1996) ha definido como irregularidad semiótica. Dentro del universo delimitado como semiosfera, los elementos significantes no son estáticos, sino que se desplazan continuamente desde el centro a la periferia y en sentido opuesto, de modo que sistemas sígnicos que se incorporan como mensajes subalternos pueden estandarizarse y tomar una posición dominante o, también, seguir un proceso inverso en otros casos, las más de las veces condicionados por factores extralingüísticos. 

Como muestra de ello tenemos que el castellano era una variante baja o subsistema no estandarizado de una lengua madre, el latín. Sin embargo, de ocupar una posición periférica, se institucionaliza en la Edad Media adquiriendo una tradición literaria con el Poema del Mío Cid; luego decae en el Renacimiento con la revalorización de la cultura greco-latina y, en el periodo posterior, el barroco, con el surgimiento de la gran literatura castellana –la novelística cervantina, principalmente– recupera sus posiciones de privilegio. La lengua es la misma y, aunque haya cambiado, lo que fundamentalmente ha variado es la valoración social respecto a ella debido a factores absolutamente exógenos a su potencialidad.

Diglosia
Ahora bien, tomando como punto de análisis el agente idiomático podemos considerar que el factor lingüístico es uno de los aspectos estructurales de la cuestión social paraguaya en tanto no solo re-presenta, sino también re-fuerza y configura las categorías de estatus entre los actores sociales.  

Autores como Melià, entre otros, llegan a rechazar incluso la posibilidad de un bilingüismo al sostener que este fenómeno no implica la sola coexistencia de dos lenguas y que, por lo tanto, lo que se verifica efectivamente es diglosia. En un contexto más general, también se registran casos de poliglosia o multiglosia, puesto que dentro de las propias lenguas indígenas existe una hegemonía del guaraní en relación con otras más vulnerables y al borde de la desaparición, como la lengua guaná, que de acuerdo al censo de 2002 solo llega a una treintena de hablantes. En situación similar se encuentran otras, como la angaité y sanapaná,  considerando que la factibilidad de las lenguas está formulada o direccionada en función a las fuerzas asimilatorias de la sociedad envolvente, según los datos  expuestos por Hannes Kalisch (2011) en Presente y futuro de las lenguas chaqueñas en el Paraguay.  

A partir de esto se pueden determinar las disputas entre los universos de la oralidad y la escritura, las pujas lingüísticas en el marco de la colonialidad y la decolonialidad, entre la construcción y la deconstrucción de la autoridad. En el guaraní criollo, el castellano es el karai ñe’ẽ, “la lengua del señor”, y el guaraní es el ava ñe’ẽ, “la lengua del indio”. Y ava es un término despectivo, algo que se asocia a todo lo indeseable. Quitarse lo ava es quitarse los malos hábitos. Como sociedad colonial sigue fuertemente arraigada la idea de que para ser “civilizados” hay que dejar de ser “indios”, relegando a los museos las expresiones simbólicas de estos últimos, catalogados como vestigios arqueológicos de un pasado precivilizatorio. Así, el proyecto supremo radica en efectuar la marcha transicional de la tradición a la modernidad, de la barbarie a la civilización, de la oralidad a la letralidad. 

Como sostuviera Bartomeu Melià sobre el encubrimiento de América, “el estado de las lenguas en América es uno de los mejores indicadores de lo que ha pasado con las sociedades americanas” (2004: 176). Si la conquista empezó por la ocupación del territorio, la ocupación de la lengua es, en última instancia, su culminación definitiva (ibíd.). Más aún, para este autor ningún proceso de dominación es tal en tanto no se constituya en una dominación por la lengua y a través de la lengua. Los contemporáneos guaraníes lo saben y por ello sostienen sus demandas en la expresión reivindicativa del ñande reko y ñane ñe’ê. 

Para Melià, sin tekoha no hay teko. Es decir, sin el lugar donde se desenvuelve la cultura, esta es irreproducible. Sin embargo, siguiendo a un oporaíva podemos sostener que “teko’ỹre ndaipóri tekoha”. Aparece aquí la idea de la reafirmación cultural como medio de recuperación del espacio material. Se invierte, por lo tanto, esa dialéctica llegando a la conclusión de que sin teko no hay tekoha. La lucha radica, por consiguiente, en qué actores imponen sus signos para configurar de acuerdo a estos la ordenación del mundo.

Esta ordenación y disposición de los elementos simbólicos de la conciencia sobre el mundo a las que nos referimos están direccionadas de acuerdo a los patrones dictados por el consenso hegemónico o meaning machine. Sobre el rol del conocimiento experto en la instalación de las representaciones culturales del poder colonial 
–naturalizado bajo la máxima de su supuesta asepsia–, citemos lo planteado por Jorge Brower Beltramin, quien desarrolla el concepto de antisemiología como respuesta a la colonialidad epistémica de la producción teórica de la “metrópolis”. El autor lo define en los siguientes términos: 

"[La antisemiología consiste en] (...) una teoría de los signos apegada a los espacios antropológicos en donde estos signos se producen, circulan y son finalmente interpretados. En consecuencia, la antisemiología se define, antes que todo, en contraposición a su referente inmediato, constituido por el dominio disciplinar de la semiótica de origen europeo, cuya base epistemológica hunde sus raíces en el logocentrismo ontometafísico (...). Articulada sobre binarismos rígidos y las taxonomías que se desprenden de ellos, la semiótica europea ha colonizado el mundo desde un ojo lector restrictivo que lee desde categorías e intereses ajenos a los proyectos de vida de otras sociedades y culturas” (Antisemiología, disponible en: http://www.cecies.org/articulo.asp?id=164)".

De esta manera, el autor propone una nueva praxis interpretativa o una lectura-otra de nuestro mundo sígnico que supere las epistemologías logocentradas. 

El antilenguaje
De modo análogo, Patricia Vallejos Llobet habla de un antilenguaje como un nuevo sistema de producción de significados de las llamadas subculturas, en oposición a los grupos que detentan el capital simbólico oficial y dictan las tradiciones canónicas. La autora empieza asumiendo que los estándares lingüísticos no son solo instancias referenciales o denotativas que decodifican una realidad que les es externa, sino que también imponen categorías de pensamiento. Si bien lo que hace a un lenguaje no es el corpus lexicográfico, sino la estructura sintáctico-gramatical, una muestra de antilenguaje podría ser el nadsat de La naranja mecánica de Anthony Burguess, una forma experimental contrapuesta al orden y el equilibrio del lenguaje estandarizado de la cultura hegemónica.

Pero el punto central de su planteamiento radica en que no todos los antilenguajes son parte de movimientos contrahegémonicos. La literatura, como una forma de antilenguaje, puede funcionar a manera de alternación, pero al mismo tiempo reforzar los universos semánticos del poder. Una muestra de ello podría constituir la neolengua orwelliana. Esto resulta aplicable también al guaraní y su funcionalidad o instrumentalización en determinados contextos por los sectores dominantes, como el uso que hicieron los jesuitas de la lengua indígena a fin de imponer los dispositivos simbólicos del imperio colonial, la religión católica.

En esta operación cumplió un rol medular la reducción de la lengua oral a la escritura (Melià, 1993). Ello a partir no solo de una voluntad explícita del misionero, que procedió a vaciar de contenido ese sistema sígnico con objeto de utilizarlo como mero canal de una conciencia ajena y también destruyendo todo lo que pudiera oponerse al proyecto reductor (un solo dios, una sola palabra), sino por las características técnicas de registro propias de cada sistema y, paradójicamente, por la propia irreductibilidad de la lengua oral al soporte material de la escritura. 

Hablar nuestra palabra, nuestro decir
Considerando todo lo expuesto, cabe preguntarse con Gayatri Spivak (1998) si “¿puede el subalterno hablar?”. Al interpelarse con esta fórmula, la autora sostiene que el colonizador no solo representa (elaboración mental), sino que también quiere representar (arrogarse atribuciones por delegación), ya que la “barbarie” nunca es consciente por sí misma de lo que le conviene. El intelectual, aunque luche (o crea que lo hace) por la emancipación del subalterno, por definición acabará subalternizándolo aún más al hablar en su nombre, asumiendo de esa manera que aquel no puede hacerlo por sí mismo. Es a raíz de ello que Spivak se inquiere sobre la posibilidad de que ese sujeto de los márgenes pueda enunciarse ante el mundo; ella misma responde: el subalterno no puede hablar. O, en términos menos alegóricos, puede hablar, al menos físicamente, pero su decir nunca podrá erigirse en diálogo ni en discurso. 

En consonancia con esto es que Melià sostiene que nuestra sociedad no es bilingüe, sino que, por el contrario, está derivando hacia un alingüismo. Hay un campo en el que las lenguas subalternas no tienen voz. En una posición equivalente a la del mentalismo lingüístico, al que ya nos hemos referido al principio, prosigue: 

"La moderna lingüística estructural admite generalmente que nosotros no hablamos una lengua, sino que somos hablados por la lengua. En consecuencia, un pueblo que se des-lengua es un pueblo que se des-piensa, se des-dice y, finalmente, se des-hace (...). Ahora bien, el alingüismo es por desgracia un fenómeno posible. (...) una lengua pasa a ser dominada cuando se la relega al coloquio íntimo y se le niega vigencia en lo que se ha dado en llamar el mundo de la cultura (1997: 39)".

Excluida, pues, del mundo de la “alta cultura”, la palabra alterna del “indio”, sin embargo, aún se alza por entre los fogones. En el opy y en el tangara sigue resonando el eco desvaído del decir que agoniza. “Ñu ha ka’aguy... opa opa ñandehegui...”. 

Como bien lo señalara Augusto Roa Bastos en el prólogo de Las culturas condenadas al destacar la cosmopoética sin parangón de los cánticos indígenas, los textos de la literatura nacional escrita en castellano “segregada de sus fuentes originarias, se apagan, carecen de consistencia y de verdad poética ante los destellos sombríos de los cantos indígenas tocados por el sentimiento cosmogónico de su fin último en el corazón de sus culturas heridas de muerte” (Roa Bastos, 2011: 23).

Ha’e, “ser” y “decir” en guaraní. Palabra y alma, una misma entidad. Una palabra que nos convoca a leer el mundo como una constelación de signos de infinitas combinaciones y al que el imperio de las “misiones civilizatorias” ha pretendido reducir a una lectura unívoca, derecha y rectilínea.      




Bibliografía

Brower Beltramin, Jorge 2010 “Antisemiología”, en Pensamiento Latinoamericano y Alternativo. Disponible en:  http://www.cecies.org/articulo.asp?id=164 [Fecha de acceso: 3 de junio de 2011].

Harris, Marvin 2001 Antropología Cultural (Madrid: Alianza).

Kalisch, Hannes 2011 “Presente y futuro de las lenguas chaqueñas en el Paraguay”, en Pueblos Indígenas en el Paraguay. Centro Cultural de España Juan de Salazar (Asunción).

Kottak, Conrad 2003 Espejo para la humanidad (Madrid: Mc Graw-Hill).

Lotman, Iuri 1996 La semiosfera. Semiótica de la Cultura y del texto (Madrid: Cátedra).

Melià, Bartomeu
2004 El don, la venganza y otras formas de economía guaraní (Asunción: CEPAG).
1993 El guaraní conquistado y reducido (Asunción: CEADUC).
1997 Una nación, dos culturas (Asunción: CEPAG).

Roa Bastos, Augusto (comp.) 2011 Las culturas condenadas (Asunción: Servilibro).

Spivak, Gayatri 1998 “¿Puede hablar el sujeto subalterno?”, en Orbis Tertius, III. Disponible en: http://www.orbistertius.unlp.edu.ar/numeros/numero-6/traduccion/spivak [Fecha de acceso: 20 de octubre de 2011].

Vallejos Llobet, Patricia 2010 “Antilenguaje”, en Pensamiento Latinoamericano y Alternativo. Disponible en: http://www.cecies.org/articulo.asp?id=163 [Fecha de acceso: 22 de junio de 2011].


viernes, 31 de diciembre de 2010

Progreso y antropología: el aporte de León Cadogan


León Cadogan junto con la inspiración de su existencia, nuestros golpeados cantores del monte  (foto de internet).


Como síntoma del declive de la incuestionabilidad del pensamiento desarrollista-tecnocéntrico y, consecuentemente, la emergencia de un discurso propio de los “subalternos” en forma de réplica a las construcciones académicas impuestas desde el núcleo, la etnografía y los estudios culturales de las sociedades “primitivas” han adquirido un relieve y una centralidad inconcebibles periodos atrás, inmersos como estábamos en el credo del “progreso”. Como señalara Rafael Barrett respecto a la institución religiosa de nuestros tiempos, construida a partir de la sacralización del “desarrollo”: “El siglo es ateo, pero lleva camino de creyente como ninguno”.[1]
En este marco, y bajo el término genérico de globalización, se ha desencadenado intensiva y extensivamente un proceso de uniformización y etnocidio apuntalado en la expansión del capitalismo mundial que, más que llevarnos a un estado de civilización próspero y deseable, ha acelerado los procesos sustractivos de la propiedad ancestral y llevado prácticamente a la desaparición de las adaptaciones culturales que le precedieron, específicamente de las formas indígenas de producción, organización social y el patrimonio simbólico e intangible de los pueblos originarios.  El Brave new world de Aldoux Huxley lo pinta de manera asombrosa.  El orden mundial que se instituye a partir de la supresión de los antagonismos, fin de las ideologías, clausura de la historia y mirada proyectada al “futuro”. Sin embargo, no hay que sacar de perspectiva que el olvido y la impunidad son los corolarios de este discurso “progresista”, que normaliza un régimen de castas bajo la existencia formal de la  movilidad social ascendente, pero que en esencia mantiene un sistema de clase cerrado.
Si la estratificación por la vía de las castas tradicionales estaba dictada por la religión, en las sociedades modernas el estatus adscrito se mantiene bajo otras fórmulas racionalizadoras del acceso diferencial a las riquezas: flexibilización laboral, congelamiento de los salarios por su efecto inflacionario, etc. “Trabajen para nosotros y esperen que algo caerá”, reza la máxima de la teoría del goteo. Además, esta mirada ahistórica naturaliza la disposición del orden socioeconómico soslayando lo que de construcción cultural tiene, es decir, como si las cosas siempre hubieran sido así y que jamás pudieron ser de otro modo.
En una entrevista que mantuviera con Martín Piqué, periodista de Página 12, a  propósito de un trabajo que realizara sobre la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual de la Argentina, el comunicador define el rol de los medios de comunicación como legitimadores por excelencia de la autoridad del poder económico. Basándose en el concepto de hegemonía de Gramcsi, plantea:

“El poder mediático es la expresión, hasta si se quiere ideológica, del poder económico. No hay que olvidar que, como decía Gramsci, en el concepto de hegemonía. ¿Qué es hegemonía? Lograr de alguna manera a través del consenso la dominación de una sociedad, incluso de las clases sociales que no son favorecidas por un determinado programa económico. ¿Y cómo se logra eso? Haciendo pasar los intereses de un sector o clase social como si fueran los intereses del conjunto de la población. Y esa operación  –en eso consiste la hegemonía– para lograrla se necesita esencialmente de los medios de comunicación. Y por eso la propiedad de los medios de comunicación es una cuestión esencial en la puja de poder de cualquier sociedad”.[2]

Como respuesta activa al imperialismo cultural (IC) se viene registrando un dinámico proceso de revisión del significado y el lugar que ocupan los pueblos originarios desde una perspectiva independiente al paradigma de la colonialidad –que presenta la historia como un caso cerrado, como la verdad clasificada, consagrada e irrebatible–. En Espejo para la humanidad, el antropólogo norteamericano Konrad Kottak lo define en los siguientes términos:

“El IC hace referencia  a la rápida difusión o al avance de una cultura a expensas de otras, o su imposición a otras culturas a las que modifica, sustituye o destruye –usualmente debido a la influencia diferencial en el plano económico o político–”. Luego se interroga: “¿Hasta qué punto es la tecnología moderna, en especial los medios de comunicación de masas, un agente del IC?”.[3]

El cuadro así descrito da cuenta de una puja en el ámbito simbólico. La cultura, como ordenador de la estructura social, es un componente fundamental en el afianzamiento de una hegemonía, tan o más importante que la propiedad de los medios de producción.
El sociólogo norteamericano Talcott Parsons elabora un esquema cibernético de la acción social en el que resalta el rol capital de los elementos culturales en la configuración del orden político-institucional. Este presenta niveles ordenados jerárquicamente que actúan sobre los demás en la medida de la información que poseen, ocupando así una posición superior en la pirámide.  En la base se encuentra el sistema biológico, luego el sicológico, el social y, finalmente, el cultural. Lo sicológico condiciona lo biológico, lo social a lo sicológico y lo cultural a lo social. Lo social, por ende, es la institucionalización de los valores culturales. Todo lo que damos por sentado, el sistema económico, las instituciones, carecen de valor más allá del que le atribuye nuestra cultura.
La irrupción de notables investigadores en las propias sociedades de origen de las etnias analizadas ha creado un nuevo marco teórico en la etnografía. Es decir, y no sería exagerado llamarlo de esa forma, una verdadera ciencia social de lo que se categoriza como el tercer mundo. Dentro de esta nueva bibliografía resalta particularmente la contribución de León Cadogan a los estudios antropológicos, el investigador que más luces aportó para el conocimiento de la cultura guaraní.
El hecho principal se registra en el año 1946, con la publicación de fragmentos del Ayvu Rapyta en la Revista de la Sociedad Científica del Paraguay. Esta obra le valdría a León Cadogan convertirse en el más eminente etnógrafo de la cultura guaraní, pues nadie como él hasta ahora logró reunir documentos de grupos étnicos que conservaron su autonomía a tal punto que no registran prácticamente huellas de sincretismo ni asimilación de elementos extraños. Además de su prolífica labor de recopilación y traducción de un guaraní ajeno al común de los profanos, acompañó sus trabajos de notas lexicológicas sumamente reveladoras y sin cuya asistencia sería prácticamente imposible aproximarse al sentido esencial de la cosmogonía indígena. Filólogo, lexicógrafo y antropólogo autodidacta,  su profuso aporte ha sido ampliamente destacado y utilizado como marco referencial por prominentes investigadores como Claude Lévi-Strauss, Pierre Clastres, Alfred Métraux y Egon Shaden. A este último se debe la publicación como libro del Ayvu Rapyta en una edición patrocinada por la Universidad de San Pablo. Aunque Cadogan haya colaborado en las revistas científicas más importantes de su época, como Anthropos de Austria o América Indígena de México, su mayor aporte y lo que le otorgó notable visibilidad en los círculos académicos internacionales fue la publicación íntegra de los anales religiosos de los mbyá del Guairá.
Si bien sus trabajos siguen siendo referencia insoslayable para cualquier tipo de aproximación científica a la lengua y mitología de los indígenas del Paraguay, ese corpus diseminado en publicaciones de todo el mundo asume en ciertos pasajes las características narrativas de una vivencia espiritual no reductible al mero academicismo. La particularidad de su obra, y según me lo señalara también en otra entrevista la poetisa y catedrática de antropología de la Universidad Nacional de Asunción, Raquel Chaves, radica en que Cadogan recibió de sus informantes las tradiciones religiosas, conocidas como las ñe’ê porã tenonde (primeras palabras hermosas), a manera de un don, como una muestra de gratitud, en retribución a las gestiones que realizara para obtener la liberación de un nativo detenido por haber aplicado el principio del “ejovia va’erã teko awy” (debe purgarse la afrenta), ante los atropellos y atrocidades de los que hasta la actualidad son objeto los indígenas en un país donde, como sentenció alguna vez Juan Francisco Recalde, traductor de las obras de Kurt Nimuendaju, “matar indios no es delito”. Ser indígena en Paraguay implica un estatus marginal y una condición degradante, pese a que la sociedad nacional se jacta de haber heredado la garra guaraní y el dulce idioma de la raza primigenia, mientras impone el presidio y la expulsión contra lo que en la retórica reivindica. 
Consideremos, pues, que el etnógrafo, en lugar de limitarse al levantamiento de datos en un pueblo investigado, se integra al círculo de la reciprocidad hasta fundirse en la serie de palabras que componen el himno sagrado. Cadogan no fue un coleccionista de curiosidades “primitivas”, sino un entusiasta y vehemente defensor de los derechos ancestrales de los primeros habitantes de estos pagos, “parias en su propia tierra”, como solía apuntar en los textos de denuncia ante la explotación y el despojo al que sistemáticamente era sometida la población nativa.
 A lo precedente hay que añadir que la segregación nacionalitarista, a pesar de la fortaleza de sus prácticas políticas excluyentes, es teóricamente insustentable, pues durante toda la historia nacional del Paraguay jamás se dio a conocer una producción cultural de la dimensión, profundidad filosófica y belleza como el complejo coreográfico-poético-musical de los ava, término despectivo utilizado para referirse a los “indios”. Así también, lo más destacado de la literatura nacional ha encontrado en la palabra iluminada de los silvícolas su fuente más genuina de inspiración, lo cual le otorga un margen de autonomía a partir del cual sus elementos compositivos no se reducen a puras reproducciones tautológicas de las tendencias derivadas del centro.

El etnólogo y la sociedad

El conjunto de la obra de Cadogan no constituye una arqueología de la oralidad llevada a cabo por un aséptico e impersonal antropólogo encerrado en las barreras del método científico, sino el testimonio de la reducción de un occidental a los misterios de la religión indígena, producto de un saber revelado en los rituales dirigidos al principio creador, Ñamandu Ru Ete Tenondegua, figura arquetípica que por la vía de la emanación se manifiesta hacia el exterior creando y surgiendo de su propio cuerpo. Este episodio del génesis mbyá consignado en el capítulo I del Ayvu Rapyta, titulado Maino’i reko ypykue (Las primitivas costumbres del colibrí), es uno de los capítulos más inspirados de la filosofía panteísta, más aún considerando que podemos leerlo en el idioma original y transcripto por un antropólogo comprometido con su labor, en oposición a los misioneros católicos, puestos al servicio de expandir la ideología religiosa del imperialismo europeo y que en tal propósito desvirtuaron muchos elementos del sentido de la lengua. 
Ahora bien, si hasta ahora la historia del choque entre los dos mundos ha privilegiado el punto de vista de la occidentalización  de las sociedades vernáculas, casos paradigmáticos como este en los que se verifica el fenómeno contrario ciertamente desconcertarán a no pocos exponentes de la “modernidad y la civilización”. Esto debido a sus respectivos marcos teóricos subdesarrollados e incapaces de dar cuenta de la diversidad de las experiencias culturales humanas, esquematizando estas en principios generales y englobándolas como si estuvieran determinadas a cumplir un designio universal.
Esta limitación de orden epistemológico es extensible a una gran variedad de los instrumentos teóricos que utiliza la metrópoli para calificar al resto del mundo. Sobre este punto se destaca lo planteado por el Premio Nobel Octavio Paz en el prólogo a Las enseñanzas de don Juan de Carlos Castaneda respecto a la influencia del marxismo en la ciencia social latinoamericana. Al respecto dice:

“Reducir la magia a una mera superestructura ideológica puede ser, desde cierto punto de vista, exacto. Solo que se trata de un punto de vista demasiado general y que no nos deja ver el fenómeno en su particularidad concreta. Entre antropología y marxismo hay una oposición. La primera es una ciencia o, más bien, aspira a convertirse en una; por eso se interesa en la descripción de cada fenómeno particular y no se atreve sino con las mayores reservas a emitir conclusiones generales. Todavía no hay leyes antropológicas en el sentido en que hay leyes físicas. El marxismo no es una ciencia, sino una teoría de la ciencia y de la historia (más exactamente: una teoría histórica de la ciencia); por eso engloba todos los fenómenos sociales en categorías históricas universales: comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo, capitalismo, socialismo. El modelo histórico del marxismo es sucesivo, progresista y único; quiero decir, todas las sociedades han pasado, pasarán o deben pasar por cada una de las fases de desarrollo histórico, desde el comunismo original hasta el comunismo de la era industrial. Para el marxismo no hay sino una historia, la misma para todos. Es un universalismo que no admite la pluralidad de civilizaciones y que reduce la extraordinaria diversidad de sociedades a unas cuantas formas de organización económica. El modelo histórico de Marx fue la sociedad occidental; el marxismo es un etnocentrismo que se ignora”.[4]

No se niega aquí que existan elementos constantes e interrelación en las sociedades, que en su proceso adaptativo se enfrentan ante condicionamientos similares y como respuesta desarrollan mecanismos de la misma naturaleza, pero esto no debe hacernos perder de vista la variabilidad histórica. Las culturas no son reductibles a una regla general universal, a pesar de los elementos comunes entre sí.
En esta línea de análisis Octavio Paz desarrolla el concepto de antiantropología, como negación o superación de la acción etnográfica en sentido tradicional, transformando el eje de las relaciones sujeto-objeto, pero también el de la antropología en otro tipo de conocimiento. En este sentido cabría decir que el Ayvu Rapyta, por las circunstancias en las que llegó hasta nosotros, experimentó un proceso similar al descrito por Paz en el texto citado. Esto considerando que las relaciones del antropólogo como sujeto de estudio y una etnia determinada como objeto estudiado se suprimieron para dar lugar a una relación en la que el investigador fue asimilado hasta convertirse en aprendiz de payé y el oporaíva (cantor, dirigente espiritual de la tribu; Cadogan 2007)     en maestro que guía el aprendizaje. Según el análisis del escritor mexicano, esta relación implica la derrota de la antropología y el triunfo de la magia.

En análogo sentido se expresa el antropólogo Miguel Alberto Bartolomé, quien sostiene que la práctica etnográfica estará impregnada de componentes afectivos en tanto ese observador-investigador renuncie a la quimera de la neutralidad y asuma que no está tratando con pueblos-objeto, sino con personas, y que una investigación auténticamente participante implica vivir y sentir desde dentro las costumbres y los vínculos desde una posición de alteridad, de ser el Otro (la otredad, según lo llama Octavio Paz), al margen de nuestros condicionamientos y softwares culturales. Por ello también este autor rechaza la terminología de “informante” para referirse a los nativos que lo recibieron y depositaron en él su confianza, porque de alguna manera los cosifica, y a quienes  ve más bien como “interlocutores de las sociedades a las que interroga”, según consigna en su ensayo En defensa de la etnografía.
En este mismo artículo menciona otras transformaciones en el marco de la acción antropológica, como que si tradicionalmente la narración etnográfica habló sobre los indios, ahora se trata de hablar con y para los indios, ya que cada vez más el trabajo será leído y criticado por quienes no eran sino objetos de estudio, fenómeno que el autor define como reversión social de la información. Resalto este punto porque se aproxima a mi experiencia, puesto que en varias ocasiones recibí la réplica del propio “objeto antropológico”, cuestionando mi interpretación hecha a partir de los parámetros de la sociedad envolvente.
Cadogan es adoptado por los nativos como miembro genuino del asiento de los fogones e iniciado en las tradiciones de los Jeguakáva tenonde porãngue i  bajo el nombre de Tupã Kuchuvi Veve (agente del genio tutelar de las aguas y el trueno que en forma de torbellino pasa volando espantando a los duendes portadores del pochy), por lo que su obra es la semblanza de una conversión más que una simple investigación etnográfica.
De hecho, Cadogan nunca realizó estudios especializados de antropología. En una entrevista realizada por el diario La Tribuna en 1969,  al ser consultado sobre su formación académica, con esa ironía ingeniosa que caracteriza a sus Memorias responde que él se graduó de doctor en arandu ka’aty (sabiduría de la selva) en la Universidad de Paranambú. El propio Karoga, como lo llamaban sus amigos mbyá, en varias ocasiones señaló que los principales maestros de su vida fueron los místicos de la selva, los sabios que recibían las palabras inspiradas de la llama y la tenue neblina que se depositaban en el adorno de plumas. Lo esencial de esta nueva sinopsis es la superación de las relaciones de poder que ejerce el investigador con relación a su objeto de estudio.
En cambio, tampoco hay que ocultar los conflictos y disputas internas que suscitaron la publicación y traducción de los cánticos sagrados a fin de dimensionar el sentido de responsabilidad que implica la investigación científica de los grupos humanos. Los indígenas conservan, en mayor o menor medida y aunque la tendencia haya cedido, una valoración esotérica de sus tradiciones, y el hecho de divulgarlas constituyó una violación frontal a su código de ética.
Esta circunstancia puede ser abordada desde una doble matriz. Según la nomenclatura conceptual de la etnografía, existen dos enfoques para medir las percepciones en un contexto de investigación, emic y etic. Desde una perspectiva emic (desde dentro), efectivamente Cadogan no dimensionó las consecuencias éticas de su trabajo al divulgar las ñe’ê porã tenonde a extraños, cuando que el conocimiento de las mismas debe circunscribirse a un ámbito restringido y solo a los que gozan de la plena confianza de la comunidad. Él mismo menciona que luego de estos episodios se le negaron incluso la revelación de nombres de plantas.
Desde una perspectiva etic (desde afuera: el investigador y la sociedad nacional de la que proviene), el aporte de Cadogan resulta invaluable en cuanto a los datos que proporciona a fin de obtener un conocimiento más acabado de la mitología guaranítica, al mismo tiempo que restituye a los nativos su dignidad achacada durante más de cinco siglos de explotación colonial. Demuestra que la lengua nativa, lejos de ser pobre e incapaz de transmitir conceptos mínimamente elaborados, es de una belleza extraordinaria y de una profundidad inquietante. La pérdida de las narraciones orales sobre el fundamento del lenguaje humano hubiera implicado una catástrofe de dimensiones  indescriptibles.
Su obra nos replantea la validez de todo el universo simbólico sobre el cual se hallan suspendidas nuestras creencias –aparentemente muy naturales a raíz del condicionamiento que ejerce la cultura o porque simplemente nos habituamos a ver la realidad de esa manera–, mostrándonos las posibilidades insospechadas de la lengua oral frente al estatus subalterno que ocupa con relación a la lengua de prestigio. Por lo tanto, la diglosia opera como mecanismo de minorización de una lengua no por sus posibilidades intrínsecas o capacidades comunicativas, sino como resultado de la afirmación de dispositivos políticos, económicos y culturales que tienden a suprimir el complejo multilingüe y heterofónico, todo ello con el fin de imponer un discurso único, un discurso paradojalmente autodenominado democrático y liberal. Quien ejerce la palabra ejerce el poder. Por ello el establishment político y económico, a través de los medios de comunicación y  bajo un manto de civilidad y progreso, reprime la herramienta  vehicular por antonomasia de las expresiones populares: la lengua guaraní en la coyuntura específica de nuestro país.
Esa característica –la oralidad– que le ha valido al guaraní los históricos achaques como “lengua salvaje sin escritura” constituye, sin embargo, su principal fortaleza y lo que nos permitió llegar a documentos que no fueron asimilados precisamente por la ausencia de ese sostén material que lo volvía intangible e inmune a la acción devastadora de los “procesos civilizatorios”. Todos los diccionarios y narraciones preparados por misioneros sufrieron la mano encubridora de quienes pretendían transformar esos canales para propagar los postulados teóricos o componentes ideológicos de la conquista. Sin embargo, si se logró rescatar un legado puramente indígena que se mantuvo impermeable a la Inquisición fue precisamente porque el antropólogo las conoció directamente y de manera oral de los chamanes, que lo hicieron partícipe de las palabras sagradas sin mediatizaciones de ningún tipo, sean alfabéticas, ideográficas o cualquier otro tipo de sostén material o forma de registro cuyo contenido sea susceptible de alteración.
Se señala la inexistencia de un tipo escritura como una limitación de la lengua sobre la cual se erige la minusvalía social  que sufre respecto a la lengua “culta”. Sin embargo, la escritura es un agente que actúa en menoscabo de las potencialidades de la lengua oral, pues por sus propias características estructurales no puede rescatar el contexto más amplio en el que se desenvuelve la oratura. Esta incluye todo un lenguaje cinético-visual, una entonación que le otorga nuevas significaciones al discurso y una interacción con el público que participa a su vez activamente en la representación,  aspectos que la escritura no puede aprehender.
A pesar de que existe una jerarquía que sitúa a la literatura por encima de la oratura en cuanto al legado artístico verbal, el estudio de las tradiciones aborígenes termina descalificando todo ese cuerpo de preconceptuaciones etnocentradas, para reafirmar que los elementos que se aglutinan en su ritualización le confieren mayor “riqueza”, si consideramos la cantidad de recursos que utiliza. La oralidad tiene una naturaleza holística, ya que durante su ejecución confluyen diversas formas artísticas, ante las cuales la escritura ejerce un efecto restrictivo. Es decir, lo que desde el punto de vista de los cánones eurocéntricos resulta un indicio de pobreza (según algunos planteamientos, la supervivencia de las lenguas nativas –el guaraní en el caso del Paraguay– es fuente de atraso y una obstrucción al desarrollo intelectual) se convierte en exactamente lo opuesto apenas nos ubicamos más allá de esa perspectiva unilateral y fragmentaria.

Ciencia social y etnocidio

La ciencia occidental como forma de poder en su principio generalizante es quietista y conservador. El mecanismo de este conservadurismo teórico Eduardo Grüner lo describe de manera muy ilustrativa en su artículo “Pierre Clastres, o la rebeldía voluntaria”. En el mismo señala que la colonización intelectual a más de ser un forma de poder político y económico representa la ley del esfuerzo mínimo, ya que en su afán de mantener un dogma neutraliza o directamente suprime los hechos que no se ajusten a él. Según sus propias palabras:

“En definitiva, colonizar [a los primitivos] intelectualmente, solo para conservar, táctica tranquilizadora, un dogma que nos ahorra el esfuerzo, el coraje de pensar de nuevo. Ironía trágica: a las sociedades que, en beneficio propio, no quisieran cambiar, se les obliga a hacerlo para poder no cambiar una teoría que, por definición, estaría forzada a transformarse. Al conservadurismo revolucionario de la sociedad se lo aplasta con la revolución conservadora del dogma: parafraseando al Gatopardo, es necesario que la sociedad cambie para que la teoría quede igual”.[5]

Pierre Clastres, que estuvo por el Paraguay e hizo un trabajo de campo con los aché y a partir del cual publicó su Crónica de los indios guayakí, decía que su intención era dar una bofetada a la sociedad occidental demostrándole que otra forma de concebir la organización social existía y hacerle presente, por lo tanto, la derrota de su intervencionismo, ya que al no poder transformar a estas sociedades tuvieron que eliminarlas directamente. La muerte de los Salvajes, como Clastres llamaba a los nativos a fin de distanciarse del lenguaje afectado por la corrección política, que para él representaba tan solo formas eufemísticas de suavizar el genocidio, es el testimonio del fracaso del proceso civilizador, puesto que al no poder incorporar a los indígenas a su engranaje mental (etnocidio) se vieron obligados a exterminarlos físicamente (genocidio), en un intento desesperado por mantener en pie su edificio científico. Directamente, una quema de archivos a fin de no quebrantar los principios de su estabilidad dogmática, de suprimir todas las variables que la contradigan.

Como principal muestra de esta herencia tenemos que la mayoría de los planes, por muy bienintencionados que puedan llegar a ser algunos de ellos, plantean como única solución a la cuestión indígena la incorporación plena al “mundo civilizado”, que hipotéticamente traerá aparejadas mejoras en términos absolutos de las condiciones de vida en las que se encuentran. Lo que a menudo se omite es qué implicará concretamente ello: inserción al capitalismo periférico como fuerza de trabajo a bajo costo en condiciones de explotación.

No obstante, la economía latifundiaria de exportación de commodities, es decir, producción primaria sin elaboración, carece de condiciones a fin de absorber el desplazamiento de los indígenas agrícolas a un contexto urbano. Esta antropología que cumpliría el rol de proporcionarnos el conocimiento de los indígenas para lograr su transformación, sin embargo, se ha elaborado desde la distancia y desconoce la dimensión cultural del desarrollo económico y la necesidad de que sean compatibles a los grupos a los que está dirigido. Específicamente, contamos con la  experiencia de comunidades que han mantenido el promedio de calidad de vida en proporción a la resignificación que lograron imprimirle a los elementos culturales de la sociedad envolvente y su posterior interiorización a su modo de ser, alternando su participación en los universos sociales indígena y nacional.

Tal es el caso particular de la comunidad mbyá-guaraní de Remanso Toro, Alto Paraná, a la cual visité en una ocasión, que ha logrado conservar sus tierras, su cultura, sus tradiciones orales y religiosas, pero al mismo tiempo desarrollando una agricultura basada en instrumentos tecnológicos externos a sus patrones culturales. A través de un proceso activo de resemantización de los elementos nuevos, se han ajustado con solvencia a los cambios en tanto estos no hayan sido impuestos bruscamente, sino acondicionados a sus propias expectativas y propósitos.

Finalmente, superando la visión economicista, Cadogan  es uno de los que ha logrado reconstruir el sentido del tratado etnográfico. Su obra es rigurosa en materia lingüística y antropológica, pero no por ello desprovista de un alto componente de aprendizaje iniciático. Investigación participante en el sentido pleno del término. Es el antropólogo que se convirtió en neófito a partir de las enseñanzas de ese objeto que el discurso modernizante no quiere conocer sino destruir. Transformación del método como deconstrucción de la antropología, pulverización de las certezas de nuestro tiempo. En fin, una inversión de la racionalidad utilitarista que nos replantea la legitimidad de nuestras ideas sobre el progreso, advirtiéndonos lo que el mismo encierra de pura superestructura ideológica.




[1] Rafael Barrett.  “La nueva religión. Obras completas, Tomo II, pág. 168.
[2] Paulo López. Las leyes quedan, los gobiernos pasan (E’a Digital).
[3] Konrad Kottak. Espejo para la humanidad, pág 248.
[4] Octavio Paz, La mirada anterior, Prólogo a las enseñanzas de don Juan, págs 23-24.
[5] Eduardo Grüner. Pierre Clastres, o la rebeldía voluntaria (de la compilación El espíritu de las leyes salvajes), pág 26.




 Bibliografía

ABENSOUR, Miguel (compilador). El espíritu de las leyes salvajes. Pierre Clastres o una nueva antropología política. Bs. As., Ediciones del Sol, 2007.

BARRETT, Rafael. Obras Completas, Tomo II. Asunción, RP Ediciones, 1988.

CADOGAN, León. Ayvu Rapyta. Asunción, CEPAG, 1997.

CADOGAN, Rogelio. Tupã Kuchuvi Veve. Asunción, CEPAG, 1998.

CASTANEDA, Carlos. Las enseñanzas de don Juan. Bs. As., Fondo de cultura económica, 2007.

HUXLEY, Aldous. Un mundo feliz. Barcelona, Editorial Edhasa, 2007.

KOTTAK, Conrad. Espejo para la humanidad. Madrid, Mc Graw-Hill, 2003.

LÓPEZ, Paulo. Aproximación sociológica al discurso de la Tierra sin Mal manifestado en el Ayvu Rapyta. Tesis de grado. Facultad de Filosofía UNA.

ROCHER, Guy. Introducción a la sociología general. Barcelona, Editorial Herder, 1990.

BARTOLOMÉ, Miguel Alberto. En defensa de la etnografía. Suplemento antropológico, Asunción, CEADUC, Vol XXXIV, no. 2, 1999, p. 191-204.

Archivo electrónico

LÓPEZ, Paulo. Las leyes quedan, los gobiernos pasan. Entrevista con Martín Piqué. www.ea.com.py.

PRAT FERRER, José. Las culturas subalternas y el concepto de oratura. www.funjdiaz.net.