sábado, 23 de abril de 2022

¿Qué hay detrás de la espiral inflacionaria que afecta al Paraguay?

En esta entrevista con el economista Luis Rojas Villagra, miembro de la Sociedad de Economía Política del Paraguay (Seppy) e investigador del Centro de Estudios Heñoi, abordamos de manera somera los problemas más candentes que afectan a la economía paraguaya actual. Entre las cuestiones más acuciantes se analiza la inflación, además de aspectos estructurales como la desindustrialización, la dependencia de factores externos como el mercado del petróleo, los precios internacionales de los commodities, la importación de alimentos y la pérdida de la diversidad agrícola ante el avance del agribusiness.


El economista Luis Rojas Villagra. Foto: medium.com

Si bien la última década y media se ha caracterizado por una macroeconomía estable y hasta un milagro a nivel regional con tasas de crecimiento que llegaron a ser de más de un dígito, la guerra en Ucrania y el aumento del precio del petróleo que conllevó, la sequía, el desenfrenado endeudamiento, la especulación, entre otros factores, han dejado en evidencia una vez más la intrínseca fragilidad de una economía signada por un sistema tributario regresivo, una extrema concentración de la tierra y una corrupción generalizada que dilapida los ya de por sí precarios recursos con que cuenta el Estado paraguayo.

 

Pero más que limitarse a presentar un cuadro sombrío de la situación, se intenta sobre todo exponer en los términos más sencillos posibles algunas de las lógicas que subyacen al funcionamiento del engranaje económico de un país, así como algunas herramientas disponibles que pueden servir de palanca para subir la cuesta.

 

–La economía paraguaya se ha jactado en los últimos tiempos de su desempeño macroeconómico y la estabilidad de precios. Sin embargo, actualmente padecemos una espiral inflacionaria de las más altas de la región y un creciente déficit fiscal. ¿A qué se debe este fenómeno repentino?

 

–En Paraguay hay un discurso centrado en el tema de la estabilidad macroeconómica, estabilidad de precios, tipo de cambio como signo de una economía saludable. De hecho, en algunos años hay esa estabilidad macro. Sin embargo, eso no significa que haya desarrollo económico, que haya desarrollo social, inclusión social, que haya mejoramiento del empleo, indicadores sociales, de las oportunidades porque la economía paraguaya es asimétrica, tiene sectores muy diferentes. Hay sectores que ganan mucho dinero con esa estabilidad macroeconómica como el sector sojero, el sector agroexportador, el sector financiero, el sector inmobiliario. Pero otros sectores no se benefician de esa estabilidad macroeconómica. El sector en general de los trabajadores en la informalidad, el campesinado, sectores que están en la pobreza o muy cerca de la pobreza no son beneficiarios de esa estabilidad. Ese discurso solo beneficia a una pequeña élite.

 

El déficit fiscal no es algo nuevo, es algo que ya viene de los últimos años y se va profundizando por los escasos recursos con los que cuenta el Estado y los crecientes compromisos. Deuda por un lado, que implica muchos recursos, y después mantener el aparato estatal, que también es costoso, y en un marco de corrupción aún más. Entonces ese es un déficit permanente que está ahí creciendo. Y la espiral inflacionaria es un fenómeno regional e incluso mundial. Cada país tiene sus particularidades, pero en general hay una presión inflacionaria por el aumento del precio del petróleo, del combustible, de la deuda a nivel mundial. Sin duda hay también emisión de divisas, de dinero en los diferentes países, emisión inorgánica. Es una mezcla de variables externas e internas, ya que cada país tiene sus elementos inflacionarios. En el caso paraguayo, la sequía y el cambio climático golpearon fuertemente todo lo que es la producción primaria, y eso lógicamente afecta la producción y también los precios.

 

Otro problema en el caso paraguayo es que no tiene industria desarrollada en varios sectores, entonces depende completamente de la importación de productos extranjeros industriales, desde productos de limpieza, aseo, alimentos, procesados, maquinaria, vehículos, electrodomésticos, muchas materias primas. Todo eso se importa en dólares y es una fuente inflacionaria permanente de altos costos, ya que no se maneja desde Paraguay el valor del dólar y de las importaciones, que se tienen que tomar. Ese es un poco el contexto actual. La inflación es mundial, regional y local. Es un fenómeno alimentado por varias causas: la deuda, la emisión inorgánica, el petróleo, la crisis climática, la poca industrialización, el dólar alto son los principales factores de esta tendencia inflacionaria.

 

–¿Quiénes se están quedando con ese dinero que resulta de la pérdida del poder adquisitivo de la gente?

 

–Eso es muy complejo, muy difícil saber quién se va quedando con eso. Son los actores más fuertes en la economía, por ejemplo el sistema financiero, los acreedores de deudas a nivel mundial, no solo en Paraguay. Hay una deuda gigantesca a nivel mundial de gobiernos, de empresas, de personas, un endeudamiento enorme. Entonces eso se va pagando y los gobiernos recurren incluso a la emisión inorgánica para pagar deudas. Y es una ganancia del sistema financiero que está cobrando esas deudas, esos intereses.

 

Probablemente también las empresas petroleras que mantienen relativamente estables sus costos de producción del petróleo, pero los precios están para arriba por las presiones del mercado, de oferta-demanda, la guerra y la propia especulación en el mercado. Entonces van captando una plusvalía con precios más elevados y sectores productores también se van quedando con eso; el sector ganadero entre ellos, que está vendiendo la carne a precios más elevados y con ganancias extra por esos precios. Esos beneficios van quedando en sectores concentrados de mucho poder económico.

 

–¿Te parece que de aquí a algunos años podríamos tener una crisis a causa de la deuda como una cesación de pagos y consecuentes planes de ajuste?

 

–Claro. Esta situación puede llevar a una situación de crisis de deuda, de cesación de pagos, porque va creciendo el nivel de endeudamiento de manera acelerada y eso compromete recursos del Presupuesto General de la Nación (PGN) crecientes. Cada año se debe destinar más dinero al pago de intereses y pago de capital, que se incluye en el PGN. Esto absorbe un porcentaje cada vez mayor del presupuesto estatal y como no hay un aumento en la recaudación, no hay nuevos impuestos, lógicamente eso va en detrimento de gastos sociales, gastos de inversión.

 

Esta tendencia a un aumento del endeudamiento en un momento puede llegar a una crisis de la deuda, una cesación de pagos por escasez de recursos. Pero previendo eso el Gobierno ya aprobó esa ley de bicicleteo, la ley de administración de pasivos. Esta es una ley para que el Ejecutivo vaya emitiendo bonos soberanos sin necesidad de autorización del Congreso. Emite bonos para refinanciar los bonos que van venciendo.

 

Entonces el Gobierno contrata nueva deuda para cubrir esos vencimientos, va tirando la cancelación de las deudas para adelante justamente previendo que puede haber una cesación de pagos y entonces no se cancela, no se paga la deuda y se patea para adelante, pero la deuda crece y hay intereses en estas operaciones cada vez mayores. Y esto en un futuro puede implicar una cesación de pagos, una crisis y todo lo que eso implica. Lo que hace falta es una corrección del sistema tributario, mejorar los mecanismos de recaudación y reducir la dependencia que se tiene de la deuda, de los bonos, que es la mala costumbre que adquirieron los gobiernos en nuestro país en los últimos años.

 

–¿Qué medidas se deberían tomar para frenar este aumento generalizado del costo de vida?

 

–Las medidas que hay que tomar son muchas para contener este aumento de la inflación. Por un lado, frenar el endeudamiento mejorando la recaudación de impuestos, reducir la corrupción, reducir la impunidad. Después hay que fortalecer la producción, la agricultura familiar campesina, o sea diversificar la producción agrícola, fortalecer al campesinado, que es el que produce más diversidad de cultivos, hortalizas, frutas, legumbres, tubérculos, toda esa variedad de productos que hoy en día hay escasez, se produce poco, por lo que se importa mucho de afuera.

 

Hay que fortalecer ese sector para aumentar la oferta, la calidad y también bajar los precios. Además, hay que tener una política con relación al combustible, no se puede seguir dependiendo del petróleo, que Paraguay no produce. Hay que electrificar el sistema de transporte, o sea, usar la electricidad en transporte público y vehículos privados. En suma, reducir la dependencia del petróleo y promover la industrialización de productos en nuestro país a partir de la materia prima nacional buscando generar empleo, generar valor, generar productos nacionales que no dependan de la importación, que no dependan del dólar y con eso evitar los vaivenes de depender de precios internacionales.

 

En el caso de la carne, por ejemplo, alguna normativa tiene que haber, alguna restricción a la exportación. Es decir, tendría que haber cuotas, cupos de mercado para abastecer primero al mercado interno con la cantidad suficiente y a precios accesibles, y después para la exportación. Pero hoy día se exporta casi todo, queda muy poco y a precios muy caros. Entonces hay que tomar medidas en varios sectores para contener la inflación y fortalecer la base productiva para ofrecer precios razonables a la población.

sábado, 16 de abril de 2022

El último baile

Una vieja creencia popular dice que no se debe salir si no se trata de una urgencia impostergable luego de haberse quedado dormido. Este es el caso de un suboficial de marina de 22 años que una noche ya había caído en un profundo sueño cuando interrumpieron su descanso para llevarlo a una fiesta.


Imagen: himalsanchar.com


Aquella mañana de sábado Álvaro soñó que se perdía entre los árboles de un bosque ignoto. Cuando más buscaba la manera de salir, más se hundía en la confusión de la espesura. Al despertarse no le prestó mucha importancia y pensó que se trataba de una típica pesadilla más. Se levantó y como buen abuela memby que era desayunó un bife koygua y jugo de limón. Puso música y se dispuso a preparar tereré. El almuerzo fue la especialidad de la abuela, ñoquis con salsa roja. 

Descansó un rato la siesta y luego fue a la despensa de ña Susy, el lugar más concurrido del barrio. Además de la cancha de vóley pegada al local, atendían las dos bellas hijas de la dueña, según recuerdan los de aquella generación de los postrimeros años de los noventa. Allí siempre había una gran concurrencia que, al son de la cachaca, compartía sendos sets entre copiosas rondas de cerveza.

No había nada fuera de lo habitual en aquel fin de semana en el que el joven suboficial Álvaro Benítez se encontraba de franco. Tras perder el partido que estaba jugando, fue a sentarse a una esquina. En un momento dado observa que su abuela baja la calle en compañía de Pepe, su pequeño sobrino de ocho años. Al verlos, ya poseído por la alegría del alcohol, se acerca corriendo hasta ellos y le da un abrazo a su abuela, quien lo reprende porque estaba bebiendo.

-Nde mitã’i, nde he’u jeýma hína pe bebida. Anive he’u pe cerveza. Mboy veces ha’éma ndéve (1) –le regañó en su característico tono de dama de hierro. Álvaro solo sonrió y se retiró. Se sentó en una esquina con una lata en la mano y poco después observó que su sobrino iba corriendo en dirección al almacén.

-Papi, vení un poco –lo llamó. El niño fue hacia él.

-¿Qué, tío? –le preguntó aquel niño rubio y de cabello ondulado.

-¿A dónde te vas? –interrogó.

-Abuela me ocupó en el almacén –le contestó.

-Ahh bueno, andá, pero primero dame un beso, Papi –le dijo mientas ponía una mejilla y luego la otra. Álvaro, siempre efusivo con los suyos, estaba especialmente expresivo esa tarde por la buena vibra de un día libre de la tediosa monotonía de la vida militar. El niño correspondió el gesto a su tío y fue a cumplir la diligencia que le había encargado su abuela.

 

***


Así fue transcurriendo la tarde hasta llegar el ocaso.

-Jahána ko pyharépe el Bosque-pe (2) –propuso uno de los amigos del barrio.

-Jajajajajaja –estalló en una carcajada uno de ellos.

-Mba’e, a mil’i la puñalada pio (3) –bromeó.

-Jaha katu (4) –secundó el marinero fortachón súbitamente envalentonado por la buena partida de cerveza que ya se había bebido. 

-Ja’uve michimi ha upéi jaha (5) –propuso uno.

-Oîma (6) –se sumó otro más.

Corrió la siguiente ronda y después cada cual fue a su casa a bañarse y vestirse para una noche de baile en el Bosque de la Alegría, uno de los lugares más violentos de la época en toda el área central. De hecho, a causa de su mala fama aquella pista mortal en la que muchos jóvenes bailaron por última vez cerró sus puertas. Sin embargo, eso solo pateó unas cuadras adelante aquel mundillo en el que el cuchillo y la pólvora eran los amenizadores infaltables de cada noche.

 

***

 

Álvaro se bañó a las apuradas y se vistió a la típica usanza cowboy: jeans, camisa a cuadros y botas texanas. Mientas esperaba a sus amigos, de pronto sintió que se desvanecía y fue sucumbiendo al letargo hasta perder completamente la conciencia. Unos minutos después llegaron a buscarlo en manada desatando un coro de ladridos a su paso. Casi nadie tenía dinero, solo Álvaro, quien a su edad era el único entre sus amigos con un trabajo fijo y una buena remuneración para esa despreocupada etapa de la vida. Había que tomar un taxi o sortear caminando varias cuadras una arribada de más de diez grados. 

-Álvaro okéma hína. Ha’e ndosêmoavéima (7) –dijo la mujer de cabellera color ceniza haciendo notar su disgusto ante los inoportunos amigos que venían a interrumpir el descanso de su nieto. Estos se retiraron momentáneamente hasta la esquina, pero no cejarían en su empeño de llevarlo a la fiesta. Aguardaron unos minutos y designaron a uno para ir a buscarlo por segunda vez, pero sin éxito. Y así, a la tercera la vencida. Rodrigo abrió el portón de madera de la casa y entró sigilosamente al patio hasta la ventana de la habitación de Álvaro. Esta vez el golpe de los cristales lo despertó, por lo que se levantó, se acomodó el cabello y salió al encuentro de su amigo.

-Anína reho, che memby. Ndéko ekéma kuri. Ko este día opáma ndéve ĝuarã. Muchas veces ko péicha oikose la desgracia (8) –le suplicó su abuela desde la puerta de su habitación.

-Ani ejepyapy. Voi aju jeýta (9) –aseguró el joven intentando tranquilizarla.

-Jaha (10) –dijo dirigiéndose a su amigo y se marcharon hacia la parada de taxi más cercana rumbo a ese lugar cuyo nombre era casi un oxímoron sin saber que el de esa noche sería el último baile de su vida.

 

***

 

Una vez que llegaron, el ambiente no tardó en enrarecerse. Por entonces todo el mundo se conocía y Carolina, la chica con la que Rodrigo estaba bailando, era pretendida por la mitad del baile. Pero nadie estaba dispuesto a facilitarle las cosas al competidor de turno.


Del viejo local del Bosque de la Alegría, sobre la avenida Defensores del Chaco, queda aún el tinglado, reconvertido en salones y apartamentos. 

-Che ko’ãga ajerokýta hendie (11) –irrumpió José, un conocido y pendenciero habitué del Bosque.

-Nooo mba’e. Ekañy águi (12) –respondió Rodrigo con vehemencia. Pronto se desató una pelea entre ambos. En una época en la que el mano a mano era una institución, la concurrencia se limitó a formar una ronda para observar a los ocasionales contendientes batirse a golpes. Rodrigo aplicó dos certeros golpes de puño a José a la altura del pómulo que lo dejaron embotado y con la vista estrellada. Cuando supo que no podría con su contendiente por esa vía, se dispuso a retirarse no sin antes lanzar una advertencia.

-Aháta aju ndéve (13).

-Néipy (14) –se limitó a responder Rodrigo.

Luego de que hubieron salido de la fiesta, Álvaro se dirigió directamente al panchero para aplacar el hambre y morigerar un poco la borrachera. José ya estaba esperando a Rodrigo afuera con una veintidos’i en la mano, una pequeña pero ponzoñosa pistola que se ha llevado a no pocos.

-Ajúma ndéve (15) –le dijo mientras le apuntaba con el arma. Rodrigo se abalanzó hacia él y el disparo le dio en la pierna haciéndolo caer al suelo. El despechado ya estaba listo para rematar a su antagonista cuando los amigos del herido pegaron el grito de auxilio.

-¡Álvaro! –vociferaron al unísono.

Hasta ese momento, el joven suboficial no se había percatado de lo que estaba ocurriendo, pues el disparo de un calibre 22 bien puede pasar por el sonido de algún juego de pirotecnia para niños. Aquella mole de pelo castaño claro y ojos verdes era conocido por sus dotes para las artes marciales y no había quien pueda con él. Al escuchar su nombre, giró la cabeza y vio a su amigo tendido en el suelo. Corrió hacia él para auxiliarlo y se arrodilló a su lado para verificar cómo estaba. Luego, dirigiéndose al pistolero, reclamó.

-Mba’e pio la ejapóva nde rapicháre (16).

-Ajapivéta katu (17) –le respondió mientras se tocaba el pómulo amoratado. Apenas Álvaro hizo el primer movimiento para levantarse, un certero tiro le dio directo en el corazón.

–Chéve la che japíva (18) –dijo mientras se desparramaba en el suelo. El tirador miró por última vez a su víctima y huyó corriendo.

-Oî ojejapíva, oî ojejapíva (19) –circuló rápidamente la llamada de alarma entre el bullicio. El herido fue llevado en un taxi de hospital a hospital, donde fue sucesivamente rechazado hasta que su corazón sucumbió ante el venenoso proyectil del veintidos’i, que caprichosamente se anidó en el ventrículo izquierdo.

 

***

 

El 22 del segundo mes de aquel año de fines de los noventa el suboficial de la Armada de 22 años que vivía en la casa número 222 de una calle de la ciudad de Villa Elisa fue asesinado con una pistola calibre 22. Aún hoy algunos en su familia sospechan que hay algo oculto detrás de la omnipresente cifra, pues no es el único en el barrio que ha sucumbido bajo el signo de esa combinación.

No deja de resultar curioso, por lo demás, que este cronista haya azarosamente decidido escribir sobre esta historia justo este año 2022, aunque el objetivo inicial solo fue recordar aquel viejo refrán que reza que, una vez dormido o presto a dormirse, no se debe salir más, salvo que se trate de una urgencia.

Finalizadas las pompas fúnebres, los camaradas del difunto prometieron venganza. Tiempo después se supo que el verdugo murió en su ley.

 

Notas

 

(1)    Ya estás tomando ya otra vez cerveza, chiquilín. No tomes. ¿Cuántas veces te dije eso?

(2)    Vamos esta noche al Bosque.

(3)    ¿Qué, a mil guaraníes la puñalada?

(4)    Dale, vamos.

(5)    Vamos a tomar un poco más y después vamos.

(6)    Dale.

(7)    Álvaro ya está durmiendo. Él no va a salir.

(8)    Por favor no te vayas, mi hijo. Vos ya estabas por dormir. Este día ya terminó para vos. Muchas veces así quieren ocurrir desgracias.

(9)    No te preocupes, voy a regresar temprano.

(10)  Vamos.

(11)  Ahora yo voy a bailar con ella.

(12)  No, andate de acá.

(13)  Voy a regresar por vos.

(14) Expresión en guaraní que se utiliza para ahuyentar a los perros.

(15)  Ya vine por vos.

(16)  ¿Qué le hiciste a tu prójimo?

(17)  Le voy a volver a disparar.

(18)  A mí es a quien disparaste.

(19)  ¡Hay un hombre baleado!, ¡hay un hombre baleado!

sábado, 2 de abril de 2022

Encuentro nocturno

Una abandonada esquina en uno de los nudos más transitados de Asunción es motivo de una leyenda urbana sobre una anciana que residía en ese lugar. Esta es la historia de una mujer que relata una extraña experiencia que vivió una noche cuando pasaba cerca del sitio.

 


La mujer salía con su bebé en brazos del ala de urgencias de la clínica. Su pequeña hija se desgarraba en llantos desde la noche anterior. El doctor la revisó y le dio un analgésico para calmar el dolor de oído y de garganta. Cuando bajó la fiebre, le dijo que podían retirarse.

Ya era de noche y se estaba haciendo tarde; la niña se quedó dormida en los brazos de su madre. El cielo estaba encapotado y unos esporádicos relámpagos iluminaban tenuemente la oscuridad. Empezaron a caer las primeras gotas cuando camino a su casa, no lejos del hospital, se cruzó con una anciana que estaba guarecida bajo el techo de un puesto de comida rápida.

–Jovencita, hacia dónde va. Tomemos un taxi, la acerco hasta donde vaya –le dijo la anciana.

–Vivo hacia el cerro, a unas diez cuadras de acá, le agradecería mucho en verdad –le respondió.

–Vamos, crucemos la calle. Al otro lado de la estación de servicios hay una parada –indicó la anciana mientas la tomaba del brazo para ayudarla a cruzar la avenida. Frente a la caseta amarilla había solo un auto; el chofer estaba sentado al volante con la radio puesta. Subieron al automóvil y mientras el conductor calentaba el motor antes de moverse le preguntó hacia dónde se dirigía.

–Decile hacia dónde te vas –le dijo la abuela.

–Hacia el cerro Lambaré, por favor –indicó la mujer joven. El chofer asintió, puso en marcha el automóvil y cruzó raudamente la intersección antes de que el semáforo se pusiera en rojo.

–Le agradezco tanto, señora, no quería que mi bebé se mojara –correspondió la madre.

–No se preocupe –le respondió amablemente la octogenaria. Acarició suavemente la cabeza de la niña y se acercó hacia ella cerrando los ojos como si fuera a entonar una oración.

–Mi hija, mañana tu bebé va a estar mejor –le aseguró la abuela.

–Muchas gracias. Y usted, ¿hacia dónde va? –replicó intentando entablar una conversación con la afable anciana, quien vestía un sencillo vestido blanco de tono amarillento que parecía tener tantos años como ella misma. La abuela solo sonrió y metió la mano en el bolsillo de su prenda. Sacó un arrugado billete de 10.000 guaraníes y se lo tendió.

–Tome, para pagar el taxi. Yo me bajo aquí –dijo la extraña mujer de blanco.

El chofer no se detuvo y siguió manejando como si nada. La joven madre se sintió irritada por la grosera actitud del conductor.

–Por favor, señor. Aquí la señora le dijo que quiere bajarse –espetó con tono exaltado.

–Pero de qué señora me habla. En ningún momento me pidió que me detenga –retrucó el conductor.

–¡Cómo que qué señora! ¡Aquí la que está a mi lado!, le dijo al tiempo que giraba la mirada sobre sus hombros hacia su acompañante. Sin embargo, sorprendida constató que a su lado no había absolutamente nadie; la anciana había desaparecido. Se quedó perpleja sin atinar a decir palabra alguna por unos largos segundos. Sintió la lengua endurecida y luego de unos momentos logró articular con tono entrecortado y dubitativo.

–La mujer que subió conmigo en la esquina del hospital, que dijo que quería bajarse –añadió con voz temblorosa.

–¿Pero usted se siente bien? Vino todo el camino hablando sola. ¿Necesita que la lleve de nuevo al hospital? –le preguntó el chofer.

–No, no es necesario. En la próxima cuadra gire a la mano derecha por favor –indicó.

–Con que a usted también se le apareció –dijo el taxista inquisitivamente luego de un rato de silencio, al cabo del cual pareció comprender la situación.

–¿Qué cosa? –le preguntó la mujer.

–La abuela de la esquina. En General Santos y Primero de Marzo vivía una señora de edad en una humilde casita hace mucho tiempo, cuando todo esto era una zona de baldíos. Luego se fue poblando y la propiedad se fue valorizando cada vez más. Sus hijos luego de mucha insistencia convencieron a la abuela de que venda la casa prometiéndole que ellos la cuidarían. Hubo una fuerte puja por ese terreno hasta que un empresario se quedó con la propiedad, tumbaron la casita y construyeron un enorme restaurante de una cadena de hamburguesas, luego una playa de autos y así muchos otros negocios.

–¿Y qué pasó con la señora? –preguntó la mujer.

–Dicen que al principio fue llevada a la casa de uno de sus hijos, que le dio una piecita en el fondo. Luego, cuando el dinero se acabó, la abandonaron en un hogar de ancianos, donde la viejita murió de tristeza –dijo el conductor mientras la observaba a través del retrovisor.

La leyenda urbana dice que la propiedad está maldita. A pesar de su buena ubicación, ningún negocio funcionó ahí. Ni restaurantes, ni playa de autos, ni nada. Algunos aseguran que la abuela custodia el sitio y no permite que la ambición prospere allí. Nadie más quiere poner un negocio en ese lugar, por eso hasta ahora sigue abandonado.

Al día siguiente, la niña amaneció en excelente estado de salud; la dolencia había desaparecido por completo. La joven mujer recordó lo que le había dicho la anciana. Desde entonces, cada vez que pasa por el lugar se detiene a observar minuciosamente hacia todos lados buscando a la extraña samaritana que la había auxiliado aquella noche; sin embargo, nunca más volvió a cruzarse con ella. A veces se queda a contemplar el predio por largos ratos, pero no logra advertir más movimiento que el de la basura arrastrada por el viento.

sábado, 5 de febrero de 2022

La deuda

Una disputa por dinero entre hermanos desembocaría en una venganza atroz. De por medio, una promisoria joven de 19 años cuya memoria permanece siempre viva entre quienes la conocieron.




Cuando abrió los ojos aquella mañana, observó que las aletas del ventilador se detenían lentamente. Otro corte de luz que interrumpía los breves momentos de descanso que le permitía el terrible mal que lo estaba carcomiendo tanto por dentro como por fuera.

Fue un día de agosto de 2004 en que la agonizante estación invernal ya había dado paso al abrasante calor paraguayo que domina la mayor parte del año. El hedor de su pie infectado impregnaba toda la habitación. Su salud se deterioraba rápidamente y no tenía dinero para costear sus medicamentos. Tenía 60 años y se estaba muriendo.

Ya era cerca del mediodía. Su hermano Valerio debía estar en su casa para el almuerzo. Se levantó y miró a través de la ventana hacia su negocio, que estaba en un terreno contiguo. Luego de la muerte de sus padres, su hermano menor tomó el control de los bienes familiares valiéndose de su habilidad especial para los negocios.

Valerio tenía una cuenta pendiente con Vito por un dinero que tomó “prestado” y que nunca le devolvió. Así como se presentaban las cosas, era cada vez más evidente que lo adeudado no sería saldado nunca, al menos monetariamente. Sin embargo, Vito no pensaba marcharse como único perjudicado en este asunto y debía cobrar esa deuda a como dé lugar.


***

La floreciente mueblería de Valerio lleva el nombre de sus tres hijas, Carmen, Celia y Jennifer; además, maneja otros emprendimientos en el rubro inmobiliario y del entretenimiento. Se define como empresario, futbolero y amante de la música. Como todo padre, amaba a las tres, pero Carmen era su perdición, lo más preciado de su vida.

De hecho, según la recuerdan quienes la conocieron, Carmen era una persona activa, talentosa y con un enorme don de gente. Aunque no tuvo tiempo para suscribirse a Facebook, le crearon una cuenta y cada 5 de julio por su cumpleaños y en otras fechas especiales y no tanto le escriben para recordarle lo maravillosa que era.

“Tenía un brillo especial, era muy alegre, divertida, sencilla, amable, le encantaba el deporte, más handball, era su pasión. Si no estaba en la clase, estaba en la cancha; amaba jugar, le gustaba bailar, ella era nuestra profesora de baile en las actividades del colegio. No había nada que no supiera hacer. Ella era única, no tenía maldad en su corazón, era demasiado buena, no era luego de esta tierra, era un ángel... Tenía todo para ser creída, pero ella no era así, siempre estaba dispuesta a ayudar, era nuestra delegada del curso, la que ponía el pecho por nosotros”, la recuerda Lourdes, asegurando que todo lo que pueda decir de ella va a quedar siempre corto.

Carmen tenía 19 años y resaltaba por su belleza, además de su aguda inteligencia. También se destacaba por su labor solidaria organizando los fines de semana y durante las fechas festivas almuerzos para los niños en situación de calle de 4 Mojones, que se hacían extensivos a todas las personas carenciadas que quisieran acercarse. Todos recuerdan lo mismo de ella y para todos hasta hoy ella es inolvidable.

Sin embargo, aunque la retraten como un ángel, ella era de carne y hueso. Además de ello, también era tímida. Cuando le tocaba hablar en público, se ruborizaba y cuando caía presa del pánico le daban ataques de risa. Cada tanto también se permitía “romper las reglas” de la rígida rutina de una niña prodigio. A la salida del colegio le gustaba demorarse un poco antes de ir a casa y se quedaba en la esquina con sus amigas a comer pan con fiambre, transgrediendo así su rigurosa dieta de bailarina y deportista, y sacrificando algunos minutos de estudio y trabajo para disfrutar de la flor de la edad.

A su corta edad ya tenía claramente encaminada su vida. Estaba preparándose para el examen de ingreso a la carrera de Contabilidad de la Universidad Nacional de Asunción (UNA) y con seguridad sería en poco tiempo más la encargada de dirigir el próspero negocio familiar. Por su responsabilidad y aptitud, su padre ya había delegado en ella muchas tareas.

 

***

Aunque se siente orgullosa y feliz por sus hijas y nietos, su madre a veces siente que ya no puede más por el dolor de la pérdida. “Mi muñequita muchas felicidades me haces mucha falta carmen te extraño siento que ya no puedo mas dame fuerza para poder cuidar a tus hnita mami mas hoy que es tu cumple que voy hacer mami si vos ya no estas lo que me queda es llorar y rezar mami tqm hija”. Cada 5 de julio escribe casi invariablemente palabras como estas.

No obstante, luego se resigna y asume que las ascendentes carreras de sus otras dos hijas, una empresaria radicada en el extranjero y la menor de todas, modelo, cantante y actualmente ya a cargo del negocio familiar, se deben a las bendiciones que diariamente reciben de Carmen desde el lugar donde está.

Ciertamente no faltan los que le atribuyen milagros y le escriben en “su cuenta” para encomendarse a su protección y pedirle que interceda en momentos difíciles, así como para superar los distintos desafíos de la vida diaria. Uno de los favores que le pidieron es de una mujer que bautizó a su hija con el nombre de su amada amiga como si usando esa palabra pudiera conjurar la tragedia: “Carmen, te pido de todo corazón que mañana estés conmigo n mi entrevista d trabajo q m ayudes a q todo m salga bien para poder trabajar y ayudarle a mi mami y a mi pequeña Carmen. Gracias, besitos y siempre t llevo n mi corazón...”.

Otro de los mensajes es un verdadero grito de auxilio: “Carmen, donde stas, xq m abandonast, m dejast sola, t necesitooo un montón. solo vos sabes todas las tristesas, dolores, maltratos que estoy viviendo, ayudame xfa a tener paz dentro d mi corazón y guiale a mis hijos, n special a Carmen q en estos momentos está enfermita y vos sos su ángel. no la abandones x favor”.

Sea como sea, ella era un tesoro y había una deuda de por medio.

 

***

-Repagata chéve –dijo con rabia Vito sopesando la decisión final. Entonces ya estaba seguro de lo que tomaría como prenda a cambio de ese compromiso no honrado. Sacó su revólver calibre 38 del cajón de su mesa y se lo puso en la cintura para ir a arreglar las cuentas.

Abrió el portón y se dirigió al salón de ventas de la mueblería. Cuando entró al lugar, solo encontró a su sobrina en la caja.

-Hola, Carmen. ¿Está tu papá? –preguntó el sexagenario a la adolescente.

-Hola, tío. No, él no está ahora –le dijo la joven por instrucción de su padre, quien a toda costa deseaba evitar cruzarse con su hermano. ¿En qué te puedo ayudar? –le preguntó.

El hombre esbozó una falsa sonrisa intentando solapar la terrible determinación que había tomado.

-Bueno… –dijo mirándola fijamente. Carmen sintió de súbito un ligero escalofrío por la espantosa mueca que esbozó su tío.

-Necesito hacer una llamada. ¿Puedo usar tu teléfono? –solicitó el hombre.

-Sí… Claro que sí –le respondió Carmen, quien se dispuso rápidamente a pasarle el teléfono. Cuando aún no había terminado de dar la vuelta, el hombre sacó el arma de la cintura y descargó tres balazos contra la joven; uno le dio en el brazo y otros dos en la espalda. Carmen cayó gravemente herida al suelo, pero aún respiraba.

Luego de escuchar los disparos, Valerio se dirigió raudamente hacia la parte frontal del edificio acompañado de uno de sus empleados. Al contemplar a su hija caída y ensangrentada en el piso, le costó reaccionar inmediatamente. Cuando al fin pudo reponerse del shock inicial, junto con su ayudante se abalanzaron contra su hermano, quien se limitaba a mirarlo emitiendo una risa de sorna y satisfacción viendo el dolor que le estaba provocando.

–¡Hijo de puta, hijo de puta! –gritaba Valerio mientras forcejeaba con su hermano. Cuando al fin pudieron reducirlo, le despojaron del arma y llamaron a urgencias.

-¡Una ambulancia! ¡Rápido!, ¡rápido! ¡Mi hija está herida, se está desangrando! –suplicaba el hombre intentando contener el llanto para poder hacerse entender lo mejor posible.

Explicó la dirección lo más claro que pudo y luego de colgar el teléfono se lanzó al suelo al lado de su hija, cuya respiración era ya apenas audible y su corazón emitía latidos cada vez más débiles. Cuando llegaron los paramédicos, apenas hubieron logrado contener la hemorragia la trasladaron a una clínica privada, donde ya llegó sin vida.

El autor confesó el asesinato y como justificación del hecho en su declaración dijo que su hermano le debía un dinero. Fue condenado por homicidio doloso, pero antes de compurgar la totalidad de la pena fue liberado a consecuencia de la enfermedad terminal que padecía y murió poco después.   

 

Esta es una historia de ficción basada en un hecho real.

sábado, 29 de enero de 2022

El secuestro

A 20 años del rapto de Juan Arrom y Anuncio Martí, quienes permanecieron desaparecidos durante dos semanas y luego fueron hallados en una casa en Villa Elisa con rastros de tortura tras ser acusados del plagio de María Edith Bordón de Debernardi.


Juan Arrom y Anuncio Martí fueron encontrados en una vivienda ubicada sobre la calle Estero Bellaco del barrio 29 de Setiembre de Villa Elisa con señales de haber sido sometidos a apremios físicos. Foto: lanacion.com.


El 30 de enero de 2002, Juan Arrom y Anuncio Martí fueron hallados en una casa del barrio 29 de Setiembre de Villa Elisa con vestigios de maltratos físicos. Ambos se encontraban desaparecidos desde el 17 de enero luego de que hayan sido acusados del secuestro de Bordón de Debernardi, raptada el 16 de noviembre de 2001 mientras realizaba su caminata de rutina en el parque Ñu Guasu. La mujer fue liberada el 19 de enero de 2002 tras el pago de un rescate de un millón de dólares, aunque hay fuentes que señalan que el monto fue mayor.

La víctima era esposa del arquitecto Antonio Debernardi (+), hijo de Enzo Debernardi, barón de Itaipú, como se conoce a los integrantes de la burguesía fraudulenta que creció a costa de la construcción de la hidroeléctrica, así como otros servicios, ventas y contratos con el Estado. 

Arrom y Martí eran militantes del movimiento Patria Libre, que de acuerdo a las versiones oficiales tenía dos brazos, uno político y otro armado; se lo acusaba de mantener lazos con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y es considerado el embrión del Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP).


La prueba de vida enviada por los secuestradores de María Edith Bordón de Debernardi, por quien se habría pagado un rescate de un millón de dólares. 


No obstante, los parientes de los declarados prófugos denunciaban que estos estaban secuestrados y que jamás se habrían marchado abandonando a sus familias sin decir nada, como si la tierra los hubiera tragado.

-Él no está prófugo, él está secuestrado –aseguraba enfática Cristina, la vocera y cara más visible de la búsqueda. Las instancias oficiales aseguraban que manejaban una información de que fueron vistos en Concepción y que ya habrían cruzado hacia Puerto Murtinho, en el lado brasileño. Otras veces las hermanas fueron citadas a la morgue para reconocimiento de cuerpos, por lo que a medida que transcurrían los días la angustia era cada vez más apremiante.

A la una de la tarde del 30 de enero, Cristina estaba en el despacho de su abogado cuando recibió una llamada telefónica; era un hombre que decía que tenía datos sobre el lugar donde permanecía en cautiverio su hermano.

Cristina dudó un momento antes de llamar a su hermana para darle la noticia. Ya habían recibido tantas informaciones falsas que ya no sabía qué hacer. Sin embargo, pronto se decidió. No había nada que perder. Pasó a buscarla.

Cuando estaban llegando al lugar señalado en la llamada, indicó al chofer que parara la marcha y se quedara estacionado cerca de la capilla. El empedrado ardía como el alquitrán. Llamaron a los medios de prensa diciéndoles que tenían una información sobre el probable lugar donde estaban Juan y Anuncio.

Una reja verde cubría la parte frontal de la casa. La fachada era de ladrillos vistos y la puerta y ventanas estaban pintadas de blanco. Un césped irregular cubría el patio delantero, por donde atravesaba un caminero de baldosa.

Cuando llegaron los cronistas, Cristina les pidió que filmen la vivienda. De pronto sale un hombre alto y con barba de chivo, observa sobresaltado la escena y se vuelve a meter al interior de la residencia. Momentos después escapan raudamente del lugar dos vehículos.

El rescate

-Juan, Juan –se puso a gritar Martí desde la sala de la casa. Arrom estaba en una habitación contigua. Al escucharlo, por los gritos de desesperación pensó que su compañero había enloquecido o que estaba a punto de ser ejecutado.

Desde afuera Cristina escuchó los gritos desde el interior, pero no parecían los de una persona adulta, sino de un niño que chillaba con ronquera. Pensó que las volvieron a engañar, aunque enseguida advirtió una voz más clara.

-Soy Anuncio Martí, soy Anuncio Martí –vociferaba este desde la abertura de la ventana, desde donde observaba el patio que daba a la calle. Logró identificar a las hermanas Arrom, quienes estaban rodeadas de varios reporteros.

Juan se puso inmediatamente a emular a su compañero e hizo lo propio lo más fuerte que pudo.

-Soy Juan Arrom, Soy Juan Arrom –repitió varias veces.

-¿Hay alguien en la casa? –preguntó Cristina no pudiendo aún dar total crédito a lo que estaba ocurriendo.

-No sé –le contestó. Fue hasta la mesa en torno a la cual solían estar reunidos sus captores, pero no había nadie. Luego se dirigió hacia la puerta de salida y advirtió que la llave estaba puesta. Abrió rápidamente y salió hacia el patio delantero. Vestía un short oscuro y estaba sin remera. Los rastros de moretones le resaltaban en la cintura.

-Detrás de él salió Anuncio Martí, descalzo, vestido con un pantalón de jean azul y también con el torso desnudo.

-¡Nos torturaron, señor; nos torturaron! –dijo Martí con una voz quebrada y estridente.

Cuando llegó la policía, los agentes se aprestaron rápidamente a detener a ambos, pero tras la intervención del viceombudsman fueron trasladados a un hospital privado para recibir atención médica.

La cita

La temperatura del asfalto y las paredes del centro de Asunción bajaba paulatinamente en la noche de aquel 17 de enero de 2002. Arrom y Martí llegaron hasta una casa ubicada sobre Lugano, entre Hernandarias y Colón, al suroeste del centro de Asunción, en el límite con Barrio Obrero y Sajonia. Arrom fue citado por el secretario de un ministro que supuestamente tenía interés de apoyar un proyecto productivo en beneficio de una comunidad campesina con la que estaba trabajando su movimiento.

Juan bajó del automóvil, tomó su celular y llamó al secretario.

-Hola, ya llegué a la casa –le dijo.

-¿Ya estás enfrente? –preguntó la voz del otro lado del teléfono buscando una confirmación.

-Sí –replicó con un leve tono de cansancio.

En ese momento, un automóvil Volkswagen Gol blanco se estacionó al lado de ellos y descendieron de él varios hombres armados. De la casa salieron otros tantos. No podía contarlos con precisión, pero le parecieron muchos, al menos diez. Se abalanzaron contra ellos y los subieron al auto, les cubrieron la cara y les esposaron de pies y manos. Cuando ya quedaron así completamente inmovilizados, les bajaron los pantalones y les aplicaron golpes en los testículos y otras partes del cuerpo.

Una vez llegados al primer lugar de cautiverio, fueron requeridos por sus captores sobre información relativa al secuestro de civiles y a un presunto plan de desestabilización contra el gobierno de Luis Ángel González Macchi. Además del sector de izquierda, en este complot se buscaba vincular también a los oviedistas, que entonces estaban enfrentados al gobierno que sucedió a Raúl Cubas Grau, delfín del general Lino César Oviedo. Aquel se vio forzado a renunciar tras la apertura de un proceso de impeachment en su contra tras la muerte de siete jóvenes manifestantes en las plazas del Congreso durante el Marzo Paraguayo.

-Nde tipo, ehendu porã la ha’éva ndéve. Nde ehóta edeclará fiscal-pe reihã involucrado en secuestro de civiles y en un plan de desestabilización con los oviedistas, liberales y algunos empresarios – dijo un hombre de rígido corte y tono policial.

-Che ndarekói ápe nada que ver. Que se me presente ante la justicia si tienen algo en mi contra. Quiero ver a mi abogado –reclamó Arrom.

-Mba’e, ápe ko ndaipóri abogado, nde desaparecidóma –le amenazó.

-Hasta que no confieses lo que te dijimos ante un fiscal no vas a salir de acá. Si seguís jodiendo eperdéta nde vida entero avei –añadió.

Luego, uno de los sujetos, al que identificó como Kabul, ya que así escuchaba que le decían sus camaradas, se paró al lado de él, le cubrió la cabeza con una bolsa y empezó a asfixiarlo.

-Confesá, confesá. ¿Dónde está la plata? –inquiría Kabul haciendo gestos amenazantes. Presionaba la bolsa y luego la aflojaba brevemente para dejarlo respirar un rato. Arrom se seguía negando a firmar. Embotado por la falta de oxígeno, su mirada se perdía hacia las aletas del ventilador, que lanzaba lenguas de fuego contra su rostro.

-Ahora me voy a encargar de vos –le avisó. Dos hombres lo agarraron del brazo y lo condujeron hasta el borde de la pileta del baño. Siempre bajo la atenta observación de Kabul, quien emitía la orden de que le sumerjan la cabeza en el agua por interminables segundos que parecían largos minutos para luego sacarlo y vuelto a meter siempre bajo la misma exigencia de que confiese.

Antes de perder el conocimiento, Arrom solo atinó a clavar los ojos al techo e hizo un último vistazo. Cuando se repuso, advirtió que era de madrugada y que iba a ser sacado de la casa. Amordazado y con los ojos vendados, fue subido al asiento trasero de un vehículo junto con Martí y un custodio. Escuchó que el conductor hablaba por radio.

-Ápe jaraháma hína ko’ãva Arroyo Seco-pe –dijo el chofer.

Cuando llegaron a la última casa en la que estuvieron hasta el rescate, Arrom pidió hablar con el ministro de Justicia, a quien conocía de años atrás como militante de la oposición contra la dictadura.

Los captores marcaron un número y se lo pasaron. Aún estaba turbado y no lograba distinguir claramente la voz, pero la persona que le habló le aseguró que intercedería a su favor para que dejen de torturarlo y que enviarían a un médico. Después le comunicaron con alguien de quien dijeron era el ministro del Interior.

-Vamos a mandar un equipo para que colabores. Ya sabés cuáles son las condiciones. Si colaborás te prometemos sacarte sano y salvo del país –le aseguró el hombre. Cuando llegó el nuevo equipo de interrogadores, los subieron a un automóvil y los sacaron a recorrer para que les muestren las casas de los demás integrantes de su movimiento.

-¿Dónde están las armas, dónde están las armas?, –inquiría Kabul.

-¡Hablá carajo, hablá carajo! –le gritaba mientras le asestaba golpes en los testículos y a la altura del riñón, por lo que apenas podía respirar y menos hablar.

-Ijinútil kóa –se mofó uno de los inquisidores.

Entonces lo condujeron nuevamente a su lugar de cautiverio. Al día siguiente fue inspeccionado por un médico, quien expidió algunas recetas y luego se retiró. Pero las marcas no desaparecían, por lo que intentaron tratarlas hasta con hojas de aloe de vera.

-Firmá o no hay salida –le insistió el que encabezaba el “procedimiento alternativo” de interrogatorio.

-No voy a comer, preséntenme ante las autoridades –exigió Arrom mientras apartaba de un golpe el plato que le bajaron en la mesita de su cuarto de reclusión.

Esa mañana del miércoles 30 de enero fue examinado por el jefe del grupo, quien le ordenó que se bajara el short para corroborar el estado de sus heridas.

-Ko arruinado –reprobó el hombre y se marchó dando un portazo.

El refugio

Tras huir al Brasil alegando falta de garantías procesales, el 1 de diciembre de 2003 Arrom y Martí recibieron el estatus de refugiados políticos en ese país. Desde entonces el caso reflotaba cada tanto y se amenazaba con la extradición, pero nunca pasaba a mayores.

En cambio, la fallida demanda de indemnización promovida por Arrom contra el Estado paraguayo ante la CorteIDH reimpulsó el proceso. Brasil, que hasta entonces se había manifestado como garante de ese estatus, dio un giro con la llegada al poder de Jair Bolsonaro, que revocó esa condición el 14 de junio de 2019.

Arrom y Martí pasaron entonces al Uruguay, donde fueron detenidos en agosto de ese año y liberados poco después. De la capital oriental se trasladaron a Finlandia, donde a instancias del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) lograron el estatus de refugiados en octubre de 2019.

 

*Recreación de los hechos realizada a partir de reportes de prensa y de los testimonios de Juan Arrom y Cristina Arrom ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) con sede en Costa Rica durante una audiencia realizada el 7 de febrero de 2019.