sábado, 2 de abril de 2022

Encuentro nocturno

Una abandonada esquina en uno de los nudos más transitados de Asunción es motivo de una leyenda urbana sobre una anciana que residía en ese lugar. Esta es la historia de una mujer que relata una extraña experiencia que vivió una noche cuando pasaba cerca del sitio.

 


La mujer salía con su bebé en brazos del ala de urgencias de la clínica. Su pequeña hija se desgarraba en llantos desde la noche anterior. El doctor la revisó y le dio un analgésico para calmar el dolor de oído y de garganta. Cuando bajó la fiebre, le dijo que podían retirarse.

Ya era de noche y se estaba haciendo tarde; la niña se quedó dormida en los brazos de su madre. El cielo estaba encapotado y unos esporádicos relámpagos iluminaban tenuemente la oscuridad. Empezaron a caer las primeras gotas cuando camino a su casa, no lejos del hospital, se cruzó con una anciana que estaba guarecida bajo el techo de un puesto de comida rápida.

–Jovencita, hacia dónde va. Tomemos un taxi, la acerco hasta donde vaya –le dijo la anciana.

–Vivo hacia el cerro, a unas diez cuadras de acá, le agradecería mucho en verdad –le respondió.

–Vamos, crucemos la calle. Al otro lado de la estación de servicios hay una parada –indicó la anciana mientas la tomaba del brazo para ayudarla a cruzar la avenida. Frente a la caseta amarilla había solo un auto; el chofer estaba sentado al volante con la radio puesta. Subieron al automóvil y mientras el conductor calentaba el motor antes de moverse le preguntó hacia dónde se dirigía.

–Decile hacia dónde te vas –le dijo la abuela.

–Hacia el cerro Lambaré, por favor –indicó la mujer joven. El chofer asintió, puso en marcha el automóvil y cruzó raudamente la intersección antes de que el semáforo se pusiera en rojo.

–Le agradezco tanto, señora, no quería que mi bebé se mojara –correspondió la madre.

–No se preocupe –le respondió amablemente la octogenaria. Acarició suavemente la cabeza de la niña y se acercó hacia ella cerrando los ojos como si fuera a entonar una oración.

–Mi hija, mañana tu bebé va a estar mejor –le aseguró la abuela.

–Muchas gracias. Y usted, ¿hacia dónde va? –replicó intentando entablar una conversación con la afable anciana, quien vestía un sencillo vestido blanco de tono amarillento que parecía tener tantos años como ella misma. La abuela solo sonrió y metió la mano en el bolsillo de su prenda. Sacó un arrugado billete de 10.000 guaraníes y se lo tendió.

–Tome, para pagar el taxi. Yo me bajo aquí –dijo la extraña mujer de blanco.

El chofer no se detuvo y siguió manejando como si nada. La joven madre se sintió irritada por la grosera actitud del conductor.

–Por favor, señor. Aquí la señora le dijo que quiere bajarse –espetó con tono exaltado.

–Pero de qué señora me habla. En ningún momento me pidió que me detenga –retrucó el conductor.

–¡Cómo que qué señora! ¡Aquí la que está a mi lado!, le dijo al tiempo que giraba la mirada sobre sus hombros hacia su acompañante. Sin embargo, sorprendida constató que a su lado no había absolutamente nadie; la anciana había desaparecido. Se quedó perpleja sin atinar a decir palabra alguna por unos largos segundos. Sintió la lengua endurecida y luego de unos momentos logró articular con tono entrecortado y dubitativo.

–La mujer que subió conmigo en la esquina del hospital, que dijo que quería bajarse –añadió con voz temblorosa.

–¿Pero usted se siente bien? Vino todo el camino hablando sola. ¿Necesita que la lleve de nuevo al hospital? –le preguntó el chofer.

–No, no es necesario. En la próxima cuadra gire a la mano derecha por favor –indicó.

–Con que a usted también se le apareció –dijo el taxista inquisitivamente luego de un rato de silencio, al cabo del cual pareció comprender la situación.

–¿Qué cosa? –le preguntó la mujer.

–La abuela de la esquina. En General Santos y Primero de Marzo vivía una señora de edad en una humilde casita hace mucho tiempo, cuando todo esto era una zona de baldíos. Luego se fue poblando y la propiedad se fue valorizando cada vez más. Sus hijos luego de mucha insistencia convencieron a la abuela de que venda la casa prometiéndole que ellos la cuidarían. Hubo una fuerte puja por ese terreno hasta que un empresario se quedó con la propiedad, tumbaron la casita y construyeron un enorme restaurante de una cadena de hamburguesas, luego una playa de autos y así muchos otros negocios.

–¿Y qué pasó con la señora? –preguntó la mujer.

–Dicen que al principio fue llevada a la casa de uno de sus hijos, que le dio una piecita en el fondo. Luego, cuando el dinero se acabó, la abandonaron en un hogar de ancianos, donde la viejita murió de tristeza –dijo el conductor mientras la observaba a través del retrovisor.

La leyenda urbana dice que la propiedad está maldita. A pesar de su buena ubicación, ningún negocio funcionó ahí. Ni restaurantes, ni playa de autos, ni nada. Algunos aseguran que la abuela custodia el sitio y no permite que la ambición prospere allí. Nadie más quiere poner un negocio en ese lugar, por eso hasta ahora sigue abandonado.

Al día siguiente, la niña amaneció en excelente estado de salud; la dolencia había desaparecido por completo. La joven mujer recordó lo que le había dicho la anciana. Desde entonces, cada vez que pasa por el lugar se detiene a observar minuciosamente hacia todos lados buscando a la extraña samaritana que la había auxiliado aquella noche; sin embargo, nunca más volvió a cruzarse con ella. A veces se queda a contemplar el predio por largos ratos, pero no logra advertir más movimiento que el de la basura arrastrada por el viento.

sábado, 5 de febrero de 2022

La deuda

Una disputa por dinero entre hermanos desembocaría en una venganza atroz. De por medio, una promisoria joven de 19 años cuya memoria permanece siempre viva entre quienes la conocieron.




Cuando abrió los ojos aquella mañana, observó que las aletas del ventilador se detenían lentamente. Otro corte de luz que interrumpía los breves momentos de descanso que le permitía el terrible mal que lo estaba carcomiendo tanto por dentro como por fuera.

Fue un día de agosto de 2004 en que la agonizante estación invernal ya había dado paso al abrasante calor paraguayo que domina la mayor parte del año. El hedor de su pie infectado impregnaba toda la habitación. Su salud se deterioraba rápidamente y no tenía dinero para costear sus medicamentos. Tenía 60 años y se estaba muriendo.

Ya era cerca del mediodía. Su hermano Valerio debía estar en su casa para el almuerzo. Se levantó y miró a través de la ventana hacia su negocio, que estaba en un terreno contiguo. Luego de la muerte de sus padres, su hermano menor tomó el control de los bienes familiares valiéndose de su habilidad especial para los negocios.

Valerio tenía una cuenta pendiente con Vito por un dinero que tomó “prestado” y que nunca le devolvió. Así como se presentaban las cosas, era cada vez más evidente que lo adeudado no sería saldado nunca, al menos monetariamente. Sin embargo, Vito no pensaba marcharse como único perjudicado en este asunto y debía cobrar esa deuda a como dé lugar.


***

La floreciente mueblería de Valerio lleva el nombre de sus tres hijas, Carmen, Celia y Jennifer; además, maneja otros emprendimientos en el rubro inmobiliario y del entretenimiento. Se define como empresario, futbolero y amante de la música. Como todo padre, amaba a las tres, pero Carmen era su perdición, lo más preciado de su vida.

De hecho, según la recuerdan quienes la conocieron, Carmen era una persona activa, talentosa y con un enorme don de gente. Aunque no tuvo tiempo para suscribirse a Facebook, le crearon una cuenta y cada 5 de julio por su cumpleaños y en otras fechas especiales y no tanto le escriben para recordarle lo maravillosa que era.

“Tenía un brillo especial, era muy alegre, divertida, sencilla, amable, le encantaba el deporte, más handball, era su pasión. Si no estaba en la clase, estaba en la cancha; amaba jugar, le gustaba bailar, ella era nuestra profesora de baile en las actividades del colegio. No había nada que no supiera hacer. Ella era única, no tenía maldad en su corazón, era demasiado buena, no era luego de esta tierra, era un ángel... Tenía todo para ser creída, pero ella no era así, siempre estaba dispuesta a ayudar, era nuestra delegada del curso, la que ponía el pecho por nosotros”, la recuerda Lourdes, asegurando que todo lo que pueda decir de ella va a quedar siempre corto.

Carmen tenía 19 años y resaltaba por su belleza, además de su aguda inteligencia. También se destacaba por su labor solidaria organizando los fines de semana y durante las fechas festivas almuerzos para los niños en situación de calle de 4 Mojones, que se hacían extensivos a todas las personas carenciadas que quisieran acercarse. Todos recuerdan lo mismo de ella y para todos hasta hoy ella es inolvidable.

Sin embargo, aunque la retraten como un ángel, ella era de carne y hueso. Además de ello, también era tímida. Cuando le tocaba hablar en público, se ruborizaba y cuando caía presa del pánico le daban ataques de risa. Cada tanto también se permitía “romper las reglas” de la rígida rutina de una niña prodigio. A la salida del colegio le gustaba demorarse un poco antes de ir a casa y se quedaba en la esquina con sus amigas a comer pan con fiambre, transgrediendo así su rigurosa dieta de bailarina y deportista, y sacrificando algunos minutos de estudio y trabajo para disfrutar de la flor de la edad.

A su corta edad ya tenía claramente encaminada su vida. Estaba preparándose para el examen de ingreso a la carrera de Contabilidad de la Universidad Nacional de Asunción (UNA) y con seguridad sería en poco tiempo más la encargada de dirigir el próspero negocio familiar. Por su responsabilidad y aptitud, su padre ya había delegado en ella muchas tareas.

 

***

Aunque se siente orgullosa y feliz por sus hijas y nietos, su madre a veces siente que ya no puede más por el dolor de la pérdida. “Mi muñequita muchas felicidades me haces mucha falta carmen te extraño siento que ya no puedo mas dame fuerza para poder cuidar a tus hnita mami mas hoy que es tu cumple que voy hacer mami si vos ya no estas lo que me queda es llorar y rezar mami tqm hija”. Cada 5 de julio escribe casi invariablemente palabras como estas.

No obstante, luego se resigna y asume que las ascendentes carreras de sus otras dos hijas, una empresaria radicada en el extranjero y la menor de todas, modelo, cantante y actualmente ya a cargo del negocio familiar, se deben a las bendiciones que diariamente reciben de Carmen desde el lugar donde está.

Ciertamente no faltan los que le atribuyen milagros y le escriben en “su cuenta” para encomendarse a su protección y pedirle que interceda en momentos difíciles, así como para superar los distintos desafíos de la vida diaria. Uno de los favores que le pidieron es de una mujer que bautizó a su hija con el nombre de su amada amiga como si usando esa palabra pudiera conjurar la tragedia: “Carmen, te pido de todo corazón que mañana estés conmigo n mi entrevista d trabajo q m ayudes a q todo m salga bien para poder trabajar y ayudarle a mi mami y a mi pequeña Carmen. Gracias, besitos y siempre t llevo n mi corazón...”.

Otro de los mensajes es un verdadero grito de auxilio: “Carmen, donde stas, xq m abandonast, m dejast sola, t necesitooo un montón. solo vos sabes todas las tristesas, dolores, maltratos que estoy viviendo, ayudame xfa a tener paz dentro d mi corazón y guiale a mis hijos, n special a Carmen q en estos momentos está enfermita y vos sos su ángel. no la abandones x favor”.

Sea como sea, ella era un tesoro y había una deuda de por medio.

 

***

-Repagata chéve –dijo con rabia Vito sopesando la decisión final. Entonces ya estaba seguro de lo que tomaría como prenda a cambio de ese compromiso no honrado. Sacó su revólver calibre 38 del cajón de su mesa y se lo puso en la cintura para ir a arreglar las cuentas.

Abrió el portón y se dirigió al salón de ventas de la mueblería. Cuando entró al lugar, solo encontró a su sobrina en la caja.

-Hola, Carmen. ¿Está tu papá? –preguntó el sexagenario a la adolescente.

-Hola, tío. No, él no está ahora –le dijo la joven por instrucción de su padre, quien a toda costa deseaba evitar cruzarse con su hermano. ¿En qué te puedo ayudar? –le preguntó.

El hombre esbozó una falsa sonrisa intentando solapar la terrible determinación que había tomado.

-Bueno… –dijo mirándola fijamente. Carmen sintió de súbito un ligero escalofrío por la espantosa mueca que esbozó su tío.

-Necesito hacer una llamada. ¿Puedo usar tu teléfono? –solicitó el hombre.

-Sí… Claro que sí –le respondió Carmen, quien se dispuso rápidamente a pasarle el teléfono. Cuando aún no había terminado de dar la vuelta, el hombre sacó el arma de la cintura y descargó tres balazos contra la joven; uno le dio en el brazo y otros dos en la espalda. Carmen cayó gravemente herida al suelo, pero aún respiraba.

Luego de escuchar los disparos, Valerio se dirigió raudamente hacia la parte frontal del edificio acompañado de uno de sus empleados. Al contemplar a su hija caída y ensangrentada en el piso, le costó reaccionar inmediatamente. Cuando al fin pudo reponerse del shock inicial, junto con su ayudante se abalanzaron contra su hermano, quien se limitaba a mirarlo emitiendo una risa de sorna y satisfacción viendo el dolor que le estaba provocando.

–¡Hijo de puta, hijo de puta! –gritaba Valerio mientras forcejeaba con su hermano. Cuando al fin pudieron reducirlo, le despojaron del arma y llamaron a urgencias.

-¡Una ambulancia! ¡Rápido!, ¡rápido! ¡Mi hija está herida, se está desangrando! –suplicaba el hombre intentando contener el llanto para poder hacerse entender lo mejor posible.

Explicó la dirección lo más claro que pudo y luego de colgar el teléfono se lanzó al suelo al lado de su hija, cuya respiración era ya apenas audible y su corazón emitía latidos cada vez más débiles. Cuando llegaron los paramédicos, apenas hubieron logrado contener la hemorragia la trasladaron a una clínica privada, donde ya llegó sin vida.

El autor confesó el asesinato y como justificación del hecho en su declaración dijo que su hermano le debía un dinero. Fue condenado por homicidio doloso, pero antes de compurgar la totalidad de la pena fue liberado a consecuencia de la enfermedad terminal que padecía y murió poco después.   

 

Esta es una historia de ficción basada en un hecho real.

sábado, 29 de enero de 2022

El secuestro

A 20 años del rapto de Juan Arrom y Anuncio Martí, quienes permanecieron desaparecidos durante dos semanas y luego fueron hallados en una casa en Villa Elisa con rastros de tortura tras ser acusados del plagio de María Edith Bordón de Debernardi.


Juan Arrom y Anuncio Martí fueron encontrados en una vivienda ubicada sobre la calle Estero Bellaco del barrio 29 de Setiembre de Villa Elisa con señales de haber sido sometidos a apremios físicos. Foto: lanacion.com.


El 30 de enero de 2002, Juan Arrom y Anuncio Martí fueron hallados en una casa del barrio 29 de Setiembre de Villa Elisa con vestigios de maltratos físicos. Ambos se encontraban desaparecidos desde el 17 de enero luego de que hayan sido acusados del secuestro de Bordón de Debernardi, raptada el 16 de noviembre de 2001 mientras realizaba su caminata de rutina en el parque Ñu Guasu. La mujer fue liberada el 19 de enero de 2002 tras el pago de un rescate de un millón de dólares, aunque hay fuentes que señalan que el monto fue mayor.

La víctima era esposa del arquitecto Antonio Debernardi (+), hijo de Enzo Debernardi, barón de Itaipú, como se conoce a los integrantes de la burguesía fraudulenta que creció a costa de la construcción de la hidroeléctrica, así como otros servicios, ventas y contratos con el Estado. 

Arrom y Martí eran militantes del movimiento Patria Libre, que de acuerdo a las versiones oficiales tenía dos brazos, uno político y otro armado; se lo acusaba de mantener lazos con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y es considerado el embrión del Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP).


La prueba de vida enviada por los secuestradores de María Edith Bordón de Debernardi, por quien se habría pagado un rescate de un millón de dólares. 


No obstante, los parientes de los declarados prófugos denunciaban que estos estaban secuestrados y que jamás se habrían marchado abandonando a sus familias sin decir nada, como si la tierra los hubiera tragado.

-Él no está prófugo, él está secuestrado –aseguraba enfática Cristina, la vocera y cara más visible de la búsqueda. Las instancias oficiales aseguraban que manejaban una información de que fueron vistos en Concepción y que ya habrían cruzado hacia Puerto Murtinho, en el lado brasileño. Otras veces las hermanas fueron citadas a la morgue para reconocimiento de cuerpos, por lo que a medida que transcurrían los días la angustia era cada vez más apremiante.

A la una de la tarde del 30 de enero, Cristina estaba en el despacho de su abogado cuando recibió una llamada telefónica; era un hombre que decía que tenía datos sobre el lugar donde permanecía en cautiverio su hermano.

Cristina dudó un momento antes de llamar a su hermana para darle la noticia. Ya habían recibido tantas informaciones falsas que ya no sabía qué hacer. Sin embargo, pronto se decidió. No había nada que perder. Pasó a buscarla.

Cuando estaban llegando al lugar señalado en la llamada, indicó al chofer que parara la marcha y se quedara estacionado cerca de la capilla. El empedrado ardía como el alquitrán. Llamaron a los medios de prensa diciéndoles que tenían una información sobre el probable lugar donde estaban Juan y Anuncio.

Una reja verde cubría la parte frontal de la casa. La fachada era de ladrillos vistos y la puerta y ventanas estaban pintadas de blanco. Un césped irregular cubría el patio delantero, por donde atravesaba un caminero de baldosa.

Cuando llegaron los cronistas, Cristina les pidió que filmen la vivienda. De pronto sale un hombre alto y con barba de chivo, observa sobresaltado la escena y se vuelve a meter al interior de la residencia. Momentos después escapan raudamente del lugar dos vehículos.

El rescate

-Juan, Juan –se puso a gritar Martí desde la sala de la casa. Arrom estaba en una habitación contigua. Al escucharlo, por los gritos de desesperación pensó que su compañero había enloquecido o que estaba a punto de ser ejecutado.

Desde afuera Cristina escuchó los gritos desde el interior, pero no parecían los de una persona adulta, sino de un niño que chillaba con ronquera. Pensó que las volvieron a engañar, aunque enseguida advirtió una voz más clara.

-Soy Anuncio Martí, soy Anuncio Martí –vociferaba este desde la abertura de la ventana, desde donde observaba el patio que daba a la calle. Logró identificar a las hermanas Arrom, quienes estaban rodeadas de varios reporteros.

Juan se puso inmediatamente a emular a su compañero e hizo lo propio lo más fuerte que pudo.

-Soy Juan Arrom, Soy Juan Arrom –repitió varias veces.

-¿Hay alguien en la casa? –preguntó Cristina no pudiendo aún dar total crédito a lo que estaba ocurriendo.

-No sé –le contestó. Fue hasta la mesa en torno a la cual solían estar reunidos sus captores, pero no había nadie. Luego se dirigió hacia la puerta de salida y advirtió que la llave estaba puesta. Abrió rápidamente y salió hacia el patio delantero. Vestía un short oscuro y estaba sin remera. Los rastros de moretones le resaltaban en la cintura.

-Detrás de él salió Anuncio Martí, descalzo, vestido con un pantalón de jean azul y también con el torso desnudo.

-¡Nos torturaron, señor; nos torturaron! –dijo Martí con una voz quebrada y estridente.

Cuando llegó la policía, los agentes se aprestaron rápidamente a detener a ambos, pero tras la intervención del viceombudsman fueron trasladados a un hospital privado para recibir atención médica.

La cita

La temperatura del asfalto y las paredes del centro de Asunción bajaba paulatinamente en la noche de aquel 17 de enero de 2002. Arrom y Martí llegaron hasta una casa ubicada sobre Lugano, entre Hernandarias y Colón, al suroeste del centro de Asunción, en el límite con Barrio Obrero y Sajonia. Arrom fue citado por el secretario de un ministro que supuestamente tenía interés de apoyar un proyecto productivo en beneficio de una comunidad campesina con la que estaba trabajando su movimiento.

Juan bajó del automóvil, tomó su celular y llamó al secretario.

-Hola, ya llegué a la casa –le dijo.

-¿Ya estás enfrente? –preguntó la voz del otro lado del teléfono buscando una confirmación.

-Sí –replicó con un leve tono de cansancio.

En ese momento, un automóvil Volkswagen Gol blanco se estacionó al lado de ellos y descendieron de él varios hombres armados. De la casa salieron otros tantos. No podía contarlos con precisión, pero le parecieron muchos, al menos diez. Se abalanzaron contra ellos y los subieron al auto, les cubrieron la cara y les esposaron de pies y manos. Cuando ya quedaron así completamente inmovilizados, les bajaron los pantalones y les aplicaron golpes en los testículos y otras partes del cuerpo.

Una vez llegados al primer lugar de cautiverio, fueron requeridos por sus captores sobre información relativa al secuestro de civiles y a un presunto plan de desestabilización contra el gobierno de Luis Ángel González Macchi. Además del sector de izquierda, en este complot se buscaba vincular también a los oviedistas, que entonces estaban enfrentados al gobierno que sucedió a Raúl Cubas Grau, delfín del general Lino César Oviedo. Aquel se vio forzado a renunciar tras la apertura de un proceso de impeachment en su contra tras la muerte de siete jóvenes manifestantes en las plazas del Congreso durante el Marzo Paraguayo.

-Nde tipo, ehendu porã la ha’éva ndéve. Nde ehóta edeclará fiscal-pe reihã involucrado en secuestro de civiles y en un plan de desestabilización con los oviedistas, liberales y algunos empresarios – dijo un hombre de rígido corte y tono policial.

-Che ndarekói ápe nada que ver. Que se me presente ante la justicia si tienen algo en mi contra. Quiero ver a mi abogado –reclamó Arrom.

-Mba’e, ápe ko ndaipóri abogado, nde desaparecidóma –le amenazó.

-Hasta que no confieses lo que te dijimos ante un fiscal no vas a salir de acá. Si seguís jodiendo eperdéta nde vida entero avei –añadió.

Luego, uno de los sujetos, al que identificó como Kabul, ya que así escuchaba que le decían sus camaradas, se paró al lado de él, le cubrió la cabeza con una bolsa y empezó a asfixiarlo.

-Confesá, confesá. ¿Dónde está la plata? –inquiría Kabul haciendo gestos amenazantes. Presionaba la bolsa y luego la aflojaba brevemente para dejarlo respirar un rato. Arrom se seguía negando a firmar. Embotado por la falta de oxígeno, su mirada se perdía hacia las aletas del ventilador, que lanzaba lenguas de fuego contra su rostro.

-Ahora me voy a encargar de vos –le avisó. Dos hombres lo agarraron del brazo y lo condujeron hasta el borde de la pileta del baño. Siempre bajo la atenta observación de Kabul, quien emitía la orden de que le sumerjan la cabeza en el agua por interminables segundos que parecían largos minutos para luego sacarlo y vuelto a meter siempre bajo la misma exigencia de que confiese.

Antes de perder el conocimiento, Arrom solo atinó a clavar los ojos al techo e hizo un último vistazo. Cuando se repuso, advirtió que era de madrugada y que iba a ser sacado de la casa. Amordazado y con los ojos vendados, fue subido al asiento trasero de un vehículo junto con Martí y un custodio. Escuchó que el conductor hablaba por radio.

-Ápe jaraháma hína ko’ãva Arroyo Seco-pe –dijo el chofer.

Cuando llegaron a la última casa en la que estuvieron hasta el rescate, Arrom pidió hablar con el ministro de Justicia, a quien conocía de años atrás como militante de la oposición contra la dictadura.

Los captores marcaron un número y se lo pasaron. Aún estaba turbado y no lograba distinguir claramente la voz, pero la persona que le habló le aseguró que intercedería a su favor para que dejen de torturarlo y que enviarían a un médico. Después le comunicaron con alguien de quien dijeron era el ministro del Interior.

-Vamos a mandar un equipo para que colabores. Ya sabés cuáles son las condiciones. Si colaborás te prometemos sacarte sano y salvo del país –le aseguró el hombre. Cuando llegó el nuevo equipo de interrogadores, los subieron a un automóvil y los sacaron a recorrer para que les muestren las casas de los demás integrantes de su movimiento.

-¿Dónde están las armas, dónde están las armas?, –inquiría Kabul.

-¡Hablá carajo, hablá carajo! –le gritaba mientras le asestaba golpes en los testículos y a la altura del riñón, por lo que apenas podía respirar y menos hablar.

-Ijinútil kóa –se mofó uno de los inquisidores.

Entonces lo condujeron nuevamente a su lugar de cautiverio. Al día siguiente fue inspeccionado por un médico, quien expidió algunas recetas y luego se retiró. Pero las marcas no desaparecían, por lo que intentaron tratarlas hasta con hojas de aloe de vera.

-Firmá o no hay salida –le insistió el que encabezaba el “procedimiento alternativo” de interrogatorio.

-No voy a comer, preséntenme ante las autoridades –exigió Arrom mientras apartaba de un golpe el plato que le bajaron en la mesita de su cuarto de reclusión.

Esa mañana del miércoles 30 de enero fue examinado por el jefe del grupo, quien le ordenó que se bajara el short para corroborar el estado de sus heridas.

-Ko arruinado –reprobó el hombre y se marchó dando un portazo.

El refugio

Tras huir al Brasil alegando falta de garantías procesales, el 1 de diciembre de 2003 Arrom y Martí recibieron el estatus de refugiados políticos en ese país. Desde entonces el caso reflotaba cada tanto y se amenazaba con la extradición, pero nunca pasaba a mayores.

En cambio, la fallida demanda de indemnización promovida por Arrom contra el Estado paraguayo ante la CorteIDH reimpulsó el proceso. Brasil, que hasta entonces se había manifestado como garante de ese estatus, dio un giro con la llegada al poder de Jair Bolsonaro, que revocó esa condición el 14 de junio de 2019.

Arrom y Martí pasaron entonces al Uruguay, donde fueron detenidos en agosto de ese año y liberados poco después. De la capital oriental se trasladaron a Finlandia, donde a instancias del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) lograron el estatus de refugiados en octubre de 2019.

 

*Recreación de los hechos realizada a partir de reportes de prensa y de los testimonios de Juan Arrom y Cristina Arrom ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) con sede en Costa Rica durante una audiencia realizada el 7 de febrero de 2019.

sábado, 8 de enero de 2022

Una noche de cumbia

Durante el regreso de un concierto de Damas Gratis en el ya desaparecido balneario Veracruz, Víctor y sus amigos conocieron por el camino a una extraña mujer que revivió viejas historias sobre un hospicio.

 

Foto: 0221.com.ar

 

Detrás de la Comisaría 13 de Villa Elisa funcionada un albergue que estaba a cargo de una congregación religiosa. El edificio no tenía particularmente nada fuera de lo común, pero al oscurecer adquiría un aspecto tétrico, lo cual fue propicio para la creación de historias de todo tipo.

En las volubles mentes juveniles de entonces rápidamente caló la versión de que se trataba de un internado para mujeres con problemas mentales. Según las descripciones que corrían, los tratamientos convencionales se alternaban con sesiones de exorcismo. Como es fácil de prever, la imaginería popular muy pronto se encargó de multiplicar relatos sobre supuestos casos de posesión demoniaca.

Las escenas pintadas eran cinematográficas: celdas en deplorables condiciones, mugrientos chalecos de fuerza, grillos, cadenas, constantes maltratos y tratamientos crueles como el electroshock. Así, abundaban las historias trágicas de mujeres que, tras escapar del asilo, al verse acorraladas y a punto de ser atrapadas para ser nuevamente recluidas, preferían quitarse la vida antes que volver al hospicio. 

Sin embargo, desde entonces ya había transcurrido mucho tiempo y Víctor apenas recordaba aquellas historias que de niño le causaban terror. Los peligros que se figuraba en su mente y que acechaban en la calle eran ahora más carnales y concretos.

Una madrugada de lunes que despuntaba volvía de Veracruz con un grupo de amigos y amigas del barrio luego de un concierto de Damas Gratis. “No estoy triste/ no es mi llanto/es el humo de este fasito que me hace llorar”, coreaban eufóricos.

En un momento dado Víctor advirtió a una chica que caminaba sola en la misma dirección que ellos y la invitó a sumarse al grupo que subía lentamente la cuesta de la avenida Von Poleski. Ella aceptó. Dio un hola genérico a la decena de chicas y muchachos que iban de regreso a sus casas tras una fuerte dosis de alcohol, ka’a y cumbia.

-Hola. Soy Martha –se presentó amablemente.

-¿Hacia dónde vivís? –le preguntó.

-Hacia Petropar –contestó ella.

-Vamos, te acompañamos –le dijo Víctor, quien ofreció un pack para amenizar la caminata. El grupo asintió rápidamente. Alguien propuso cortar el camino por el Pinoty para salir directamente en la calle del vivero, a unas pocas cuadras de la refinería. Alguien encendió un faso y se pusieron a conversar bulliciosamente. Cuando le tocó el turno en la ronda, Martha fumó un par de bocanadas y rápidamente lo hizo correr al siguiente.

Cuando llegaron frente al cementerio, la joven se detuvo. Su rostro pálido brillaba al igual que su ropa. Iba vestida enteramente de un blanco reluciente. Un mechón de su negra cabellera le cubría parte de los ojos.

La mujer se dirigió hacia el umbral de la necrópolis. A los demás les pareció buena idea curiosear un poco y aprovechar la oscuridad del camposanto para dar rienda suelta a los deseos que apremiaban luego de una frenética noche de perreo al ritmo de la cumbia villera. Se formaron varias parejas y se apartaron un poco para tener algo de intimidad. Entre el césped y las inscripciones de mármol se armó el revolcón. Cuando cada uno hubo hecho lo suyo, súbitamente expuestos por los primeros destellos del día que despuntaba se reincorporaron y se acomodaron las ropas. Entre risas el grupo se reencontró bajo el enorme arco de piedra que adorna la fachada.

-Vamos, te acompaño a tu casa –dijo Víctor haciendo un movimiento como para rozar los dedos de Martha. Sin embargo, fue como si hubiera intentado tocar el viento.

-Y yo acá nomás vivo –contestó ella y flotando se fue desvaneciendo hasta desaparecer completamente entre las lápidas. Todos se quedaron atónitos sin poder pronunciar palabra alguna. Con el pasmo reluciente aún en los ojos se miraron cada uno buscando en vano una respuesta. Al cabo de unos largos segundos, al fin pudieron reponerse del asombro y retomaron la marcha silenciosamente rumbo a sus casas.

lunes, 27 de diciembre de 2021

Guerra contra la Triple Alianza: tres sitios históricos en pleno departamento Central

Al cumplirse 153 años de la Campaña del Pikysyry, que tuvo lugar en el mes de diciembre de 1868, te propongo este recorrido de 60 km por los monumentos de las batallas de Ytororó, Avay e Itá Ybaté, además de otros tres puntos intermedios.


El monumento de la Batalla de Ytororó es el más alto del país. Foto: SNC

La Campaña del Pikysyry o Dezembrada para los brasileños se inicia el 3 de diciembre de 1868 con el desembarco de las tropas brasileñas al mando del duque de Caxias en el entonces presidio de San Antonio para intentar sorprender por la retaguardia a las fuerzas paraguayas, que se replegaron hacia Asunción luego de la caída de la fortaleza de Humaitá.

La primera parte del recorrido (plaza de San Antonio-monumento de la Batalla de Ytororó) es de 8 km. En este episodio de la guerra que tuvo como escenario la ciudad de Ypané, el 6 de diciembre de 1868, las fuerzas aliadas, compuestas por unos 12.000 hombres, chocaron contra 6.000 paraguayos. Tras ser repelidos tres veces, los invasores lograron tomar el puente haciendo valer su superioridad bélica y numérica.

Las bajas se calculan en 1.800 por el lado aliado frente a poco más de 1.100 paraguayos. Este combate fue bautizado como las “Termópilas paraguayas”, en referencia al episodio de la Segunda Guerra Médica en el que los griegos, ampliamente superados en número por los invasores persas, se atrincheraron en un estrecho paso para enfrentar al enemigo.


Casa de doña Celedonia, donde con posterioridad funcionó un puesto de policía y actualmente el Museo Histórico de Ypané.  

El monumento que conmemora esta batalla, de casi veinte metros, es el más alto del país y es visible desde la ruta Acceso Sur a la altura del desvío al Liceo Militar Acosta Ñu (km 13). La obra fue construida y terminada en 1904. El diseño estuvo a cargo de Manuel Sebated y Abelardo Cano y consiste en cuatro pilares, en cuya cima se representa a la Madre Patria custodiada por un león. En la base hay dos bustos en homenaje a Bernardino Caballero y Valois Rivarola, los máximos héroes de esta batalla. Además, en el lugar funciona un museo que cuenta con un valioso acervo e información relativa a esta batalla y a la historia de la ciudad.

La objeción de Caballero

La segunda parte del trayecto (monumento a la Batalla de Ytororó-monumento a la Batalla de Avay) es de 9,2 km. Luego de Ytororó, el general Caballero, al mando de los sobrevivientes, se dirigió rumbo a Villeta, donde por instrucciones del mariscal Francisco Solano López se instaló al pie de una colina al borde del río Avay. El 11 de diciembre se produciría un enfrentamiento en campo abierto frente a un poder de fuego muy superior, un error estratégico que ya había sido advertido por el general Caballero y que fue aprovechado por el enemigo. Unos 5.500 paraguayos al mando de Caballero se enfrentaron a 22.000 brasileños. Resultaron muertos 3.500 paraguayos y por el lado de los aliados los cómputos de las bajas varían enormemente de 300 a 4.000.

El monumento a la Batalla de Avay está ubicado detrás del cementerio de Villeta. Foto: Senatur

El monumento a esta batalla es el más nuevo y fue inaugurado en diciembre del 2018 durante el mandato de Mario Abdo Benítez en el marco de las actividades conmemorativas del Sesquicentenario de la Epopeya Nacional.

“La escultura representa una bayoneta a gran escala, sobresaliendo del suelo, evocando a la última resistencia llevada a cabo exclusivamente con armas blancas. La punta está en dirección al cielo significando el ascenso de las 3.500 almas mártires de la causa nacional”, reza la placa instalada al pie del monumento erigido detrás del cementerio de Villeta.


Nicho del Kurusu 40, en el camino a Itá Ybaté. 

Luego, camino al último punto de la expedición se cruza por los campos de Cumbarity, donde se desarrolló la última batalla de esta campaña y se encuentra el memorial conocido como Kurusu 40, donde reposan los restos de combatientes tanto aliados como paraguayos. La leyenda refiere que un sobreviviente de la contienda volvió luego de dos años del fin del conflicto y enterró 40 carretas de huesos humanos que encontró desperdigados en lo que fuera el campo de batalla en cumplimiento de una promesa que había realizado.

En la entrada de la curva donde se encuentra el desvío a Itá Ybaté en la ruta Villeta-Nueva Italia se encuentra el monumento en homenaje a Ramona Martínez, la guerrera de Lomas Valentinas, quien de acuerdo a datos aportados por Juan E. O’Leary era una adolescente sobre la cual no hay mucha información más allá de que era hija de una mulata que servía a la familia de López. Luchó el 27 de diciembre en defensa de su vida y de otras niñas; sobrevivió a la guerra y habría muerto en San Lorenzo en precarias condiciones de subsistencia.


El monumento en homenaje a Ramona Martínez, la guerrera de Lomas Valentinas, consiste en una representación genérica de una residenta.


Guerra de exterminio

La cruenta Batalla de Itá Ybaté, también conocida como Lomas Valentinas, se desarrolló entre el 21 y el 27 de diciembre de 1868. Caxias, a la cabeza de 25.000 hombres, partió de Villeta rumbo Itá Ybaté, para lo cual dividió sus fuerzas en dos columnas. En tanto, los argentinos, unos 10.500 hombres a las órdenes del general Juan Andrés Gelly y Obes, se movilizó hasta Palmas, no lejos del arroyo Pikysyry.

Algunas crónicas refieren que el Ejército paraguayo estaba conformado mayoritariamente por mujeres, niños y convalecientes del Hospital de Sangre.

Sobre este enfrentamiento, el general Martin McMahon, embajador de los Estados Unidos en nuestro país y que fue testigo presencial de los hechos, escribió: “Seis mil heridos, hombres y chiquillos, llegaron a ese campo de batalla el 21 de diciembre y lucharon como ningún otro pueblo ha luchado jamás por preservar a su país de la invasión y la conquista... otros han fugado (hacia su propio ejército) de las pocilgas que utilizaban los invasores como prisión... el cuartel paraguayo comenzó a llenarse de heridos incapacitados positivamente para seguir la lucha. Niños de tiernos años arrastrándose, las piernas desechas a pedazos con horribles heridas de balas. No lloraban ni gemían, ni imploraban auxilios médicos. Cuando sentían el contacto de la mano misericordiosa de la muerte, se echaban al suelo para morir en silencio”.


Con la batalla de Itá Ybaté finaliza la corta pero sangrienta Campaña del Pikysyry. Foto: SNC   

La mayoría de los observadores coincide en que llegado a este punto la conflagración debía haber finalizado, pero muy sospechosamente el general brasileño Caxias dejó escapar a López en una maniobra que muchos atribuyen a la intención de prolongar una guerra de exterminio.

El obelisco que conmemora esta batalla fue inaugurado el 30 de abril de 1944 en un acto que contó con la presencia del entonces presidente Higinio Morínigo. En el lugar, que se encuentra a 13,2 km de Avay, también hay un acceso que dirige a las trincheras, pero al cual solo se puede acceder con un guía.

Este es el tour propuesto por escenarios ubicados en pleno departamento Central, cuya rica historia está abierta y disponible a apenas unas pocas decenas de kilómetros para quienes habitan la zona más populosa del país.


El itinerario ida y vuelta desde la plaza de San Antonio es de 60 km. Por un pinchazo me vi obligado a hacer un cambio durante el trayecto de regreso de Villeta, lo cual sumó 5 km al recorrido. 

jueves, 16 de diciembre de 2021

“Veinticinco”, la historia de una huida y un brutal reencuentro con la realidad

La obra teatral podrá ser vista nuevamente este jueves 16 y viernes 17 de diciembre, a las 19:00 h, en el Instituto Cultural Paraguayo-Alemán. La entrada es libre y gratuita.

 

Foto: Aldo Valdez

El polifacético director Julio de Torres nos propone en esta ocasión un drama de sensaciones encontradas, vacilaciones, espejismos, angustia y placer. Todo esto en una puesta que tiene como protagonistas a dos personajes –encarnados por Juan Reyes y Julio Petrovich– que comparten una habitación, conversaciones de filosofía, tedio, sufrimiento y también, por supuesto, los infaltables momentos de felicidad que no pueden faltar ni en las vidas más sombrías.

Sin embargo, esta presencia resulta también muchas veces agobiante. Ese minúsculo mundo no permite esos necesarios momentos de soledad para reencontrarse con uno mismo, sentir el alivio de no ser observado, lo cual muchas veces puede llegar a transmitir la agradable sensación de que podemos dejar de existir en una suerte de solipsismo de los demás en que nuestra vida puede esfumarse si logramos no habitar en el pensamiento del otro.

El hilo de las acciones transcurre mediante indicios y fugas de tiempo que nos retratan unos personajes que están sumergidos en un mundo de ensueño, negando la realidad, sustrayéndose de su verdadera condición en el mundo. Pero esta ficción no debe ser entendida en sentido peyorativo, sino todo lo contrario. Ese mundo de la ficción se presenta sublime simbolizado sobre todo por la bella música, en cuyo papel se tiene la participación especial de Mónica Airaldi, quien presta su canto interpretando una pieza original compuesta especialmente para la obra por el compositor Juan Pablo González.

Por otro lado, esta ficción no se restringe al mero goce de los sentidos a través del arte, sino que también reviste un profundo sentido humano y antropológico. Esto desde el momento en que la humanidad, en su proceso de lucha por la sobrevivencia, ha recurrido a muy eficaces representaciones mentales para unirse y cooperar en torno a la concreción de objetivos comunes.

Imaginen lo eficaz que ha resultado la idea del paraíso cristiano en la construcción de la civilización occidental, que ha colonizado casi todo el planeta, al punto de que sin ella no sería posible entender muchos de sus aspectos. Sin embargo, no hay una sola prueba empírica que pruebe su existencia. Por tanto, no se trata de meras figuraciones sin sentido, sino mentiras necesarias y, sobre todo, útiles.

Y en este contexto no puede faltar la autoinculpación. El clímax del efecto dramático llega de gran manera ante la sospecha previa de que algo no calza. En efecto, los propios personajes se delatan a sí mismos en muchos pasajes instalando una permanente aprensión. Además, discursivamente resulta manifiesto el desfase entre el registro lingüístico, el “argot marginal”, con los temas tratados, que versan fundamentalmente sobre filosofía. Como materialización de esta dicotomía se presenta un risible juego de preguntas y respuestas con descargas eléctricas a manera de castigo.

El mismo nombre, “Veinticinco”, plantea un acertijo que no se resuelve sino hasta el final de la obra. Solo entonces se revela el significado de esa enigmática cifra que encarna el poder punitivo de la sociedad que siempre amenaza al individuo. 

Ficha técnica




Dramaturgia y dirección: Julio de Torres.

Actúan: Julio Petrovich en el papel de Ernesto y Juan Reyes en el papel de Guillermo. Participación especial de Mónica Airaldi en el papel de la música.

Asistencia escénica: Aldo Valdez.

Visualización: Carlo Spatuzza.

Musicalización original: Juan Pablo González Sander.

Luces: Santiago Schaerer.

Teatro del Errante es un proyecto emergente pluriestilístico y pluricultural que pretende, en el campo escénico, lograr la activación multidisciplinaria (música, danza, teatro, ópera), enfatizando la creación en diferentes ámbitos (escénico, dramatúrgico, musical, coreográfico, entre otros).


lunes, 22 de noviembre de 2021

Felipe Sosa: las memorias de un maestro

El docente, intérprete y compositor de guitarra clásica Felipe Sosa publicó en el 2019 una autobiografía titulada “Memorias del maestro, intérprete y compositor”, un valioso testimonio en primera persona escrito en un lenguaje sencillo pero estricto en cuanto a los datos cronológicos. Hoy le rindo este homenaje por el Día Internacional del Músico, que se recuerda cada 22 de noviembre.

Felipe Sosa, durante el lanzamiento de su libro en la galería Agustín Barrios del Centro Cultural Paraguayo-Americano (CCPA).


Sosa hizo sus primeras armas en el periodismo en el Instituto Americano, donde se graduó a los 23 años de edad, y condujo un programa musical de TV, por lo que el oficio no le resulta ajeno. Escrito en un lenguaje sencillo y por momentos ciertamente naif, es preciso destacar, sin embargo, la rigurosidad cronológica de esta autobiografía rebosante de entusiasmo al retratar una vida de película propia del American dream. 

 


Según nos cuenta al principio de sus memorias, nació un 11 de abril de 1945 en Isla Florida, departamento de Caazapá. Siendo el menor de nueve hermanos, luego de la muerte de su padre migró a la capital con su familia cuando tenía cuatro años de edad.

Una vez en Asunción, a raíz de la apremiante situación económica de su numeroso núcleo familiar, trabajó de lustrabotas; sin embargo, desde muy temprano sintió el llamado de la música. Al principio soñaba con cantar en una banda y hacer acompañamientos en guitarra. Empero, todo cambió cuando fue a un concierto de Cayo Sila Godoy en el Teatro Municipal, quien presentó un repertorio de obras de Agustín Barrios, Isaac Albéniz, Johann Sebastian Bach, Francisco Tárrega, entre otros. En ese momento descubrió que su vocación era ese instrumento tocado con maestría y virtuosismo.

Un encuentro casual

Desde el inicio su formación musical estuvo ligada a cómo la suerte se empeñó en sonreírle. Un día estaba trabajando en la plaza de la Independencia cuando de pronto un hombre impecablemente vestido posó los pies en su caja: era nada más y nada menos que el maestro Cayo Sila Godoy. Tras el infortunado incidente de mancharle el pantalón, el niño se apuró en manifestarle el motivo de su distracción: la noche anterior había estado en el concierto que brindó en el Teatro Municipal de Asunción, le declaró su admiración y el deseo de ser un maestro de la guitarra como él. Godoy quedó complacido con el entusiasta neófito, le ofreció su amistad y le sugirió que fuera a tomar clases en el Ateneo Paraguayo, donde enseñaba Dionicio Basualdo, exdiscípulo y amigo de Barrios.

Sosa cursó sus estudios secundarios en el Comercio 1 y cuando tenía 14 años participó de la recordada manifestación estudiantil de 1959 contra la suba del pasaje, que fue violentamente reprimida por el régimen de Alfredo Stroessner. 

 

Luego de ser detenido por su participación en la recordada huelga de 1959 contra la suba del pasaje, Sosa partió rumbo al Brasil para dedicarse al estudio de la guitarra.

 

Permaneció detenido durante dos semanas y poco tiempo después de ser liberado se decidió a organizar su viaje a la ciudad de Sao Paulo. Luego de una sucesión fortuita de hechos, de noches dormidas en la plaza y de largos ayunos involuntarios, logró encontrarse con el profesor al que estaba buscando, el pedagogo uruguayo Isaías Savio, quien residía en la ciudad brasileña.

Luego de darle clases gratuitas y de pagarle la pensión, el maestro intervino a su favor para que pueda ingresar al conservatorio a plena mitad de año. Con disciplina y dedicando nueve horas diarias a la práctica de la ejecución logró rápidos progresos y pronto se convirtió en asistente de Savio e incluso lo reemplazaba en algunas clases.

La consagración

En aquel tiempo Herminio Giménez fijó residencia en la urbe paulista. El maestro, además de brindarle algunos consejos sobre sus estudios, también le tendió una mano y le dio trabajo en un sello discográfico, donde su labor consistía en copiar y preparar partichuelas para las grabaciones de orquestas dirigidas por Giménez.

Así, con trabajo y sacrificio, aunque también respaldado por una feliz sucesión de circunstancias, Felipe fue convirtiéndose en un referente en la enseñanza y en la interpretación de la guitarra.

A fines de 1964, cuando tenía 19 años, mientras se encontraba en Asunción, recibió una carta del maestro Juan Carlos Moreno González, quien lo invitaba a sumarse al plantel de docentes del Conservatorio Municipal que se estaba formando entonces bajo la dirección del creador de la zarzuela paraguaya. 

En mayo de 1965 tuvo su primer encuentro con el público paraguayo en un concierto a sala llena que realizó en el Teatro Municipal. El profesor Moreno González opinó entonces lo siguiente sobre su presentación: “Felipe Sosa está llamado a completar el triángulo de oro cuyas bases indiscutibles son Agustín Barrios y Sila Godoy. Su sentido de la expresión, el poder que posee en transmitir al auditorio la emoción e intención que emana de la obra, todas estas cosas que hacen al artista nato, están sustentadas por una técnica bien dirigida”.

En 1976 participó de un seminario en la ciudad de Montevideo, donde ganó el primer premio del concurso de clausura durante unas jornadas de las que participaron cincuenta guitarristas de varios países latinoamericanos y europeos.

Asimismo, durante sus giras conoció y trabó amistad con importantes referentes de la escena artística nacional e internacional como el maestro Andrés Segovia, Luis Alberto del Paraná, José Asunción Flores, Atahualpa Yupanqui, Elvio Romero, entre otros.

La vocación de un maestro

Su pasión por la labor docente le hizo declinar una oferta de radicarse en los EEUU y a “cercenar”, en sus propias palabras, su carrera de intérprete, ya que en la cúspide de su carrera en los escenarios se abstuvo de realizar varias giras con el fin de concentrarse en la formación de nuevos valores en la ejecución del instrumento.

Entre las distinciones logradas durante sus 57 años de carrera cabe mencionar la medalla Héctor Villa-Lobos, el Premio Nacional de Música 2009, Catedrático honorífico de la Universidad de Música de Seúl, miembro honorario de la Sociedad Guitarrística Madrileña, entre otras. Pero entre todos sus logros y condecoraciones, Sosa pone en primer lugar los 112 diplomas de profesorado superior de música otorgados en su conservatorio privado, anteponiendo sobre todas las cosas su vocación de maestro. 

 

A consecuencia de un infarto sufrido durante el verano de 2011-2012, el maestro se retiró definitivamente de los escenarios tras 57 años de carrera.

 

Tras haber grabado 18 discos, entre ellos el primero en la historia realizado en homenaje a Agustín Barrios, y con 155 piezas musicales compuestas, además de haber realizado conciertos en numerosos países europeos, americanos, asiáticos y del Oriente Medio, en el verano del 2011-2012 un infarto de miocardio severo lo obligaría a retirarse definitivamente de los escenarios. No obstante, hasta la actualidad sigue dedicándose a sus labores de docente y compositor de manera más distendida y en la medida en que su salud se lo permite.